El victimismo es un trastorno de la personalidad donde el enfermo mental integra la creencia de que es impotente ante las constantes circunstancias desfavorables que le acontecen. Se trata de una estrategia de manipulación por la cual la “víctima” demanda atención, cuidado y afecto por medio de la compasión que despierta en el prójimo. Se trata de una forma de violencia donde se fuerza a otros a ocuparse de la vulnerabilidad del afectado.

Es muy importante diferenciar cuando una persona ha sido víctima de una agresión física o emocional en una situación de impotencia real concreta, y cuando se utiliza un contexto específico de debilidad para instalarse en una posición existencial donde se produce una distorsión paranoide constante. Se trata de una patología tan común que a menudo la tratamos con cierta frivolidad sin tener en consideración el sufrimiento que genera tanto a los enfermos como a las personas más cercanas.

Al igual que la mayoría de los trastornos mentales en la raíz del victimismo se esconde un pánico al abandono y la sensación de no ser digno de amor. Ante esta creencia central se acepta atención vinculada a la empatía o la pena como sustituto del amor. Esta distorsión pesimista de la realidad es una forma de invalidez emocional que bloquea el florecimiento de relaciones afectivas sanas basadas en el amor.

Este tipo de hábitos emocionales y comportamentales tienen muchas ventajas para el enfermo. Se trata de una fórmula que exime a la persona de hacerse responsable de sí misma y donde además se anula cualquier capacidad de autocrítica. El crecimiento personal se fundamenta en gran medida en esta habilidad, por lo que esta enfermedad conlleva un freno en la evolución emocional y la llegada de la madurez.

El victimista no pide directamente lo que necesita y generalmente muestra una gran resistencia a la crítica externa. Tampoco escatima en medios para conseguir la atención que anhela y por ejemplo es capaz de usar la salud como vehículo de extorsión psíquica. El uso de la culpabilidad como motor de manipulación es característico de estas patologías. La persona victimista necesita crear constantemente supuestos agresores que validen el pesimismo vital en el que se ha instalado. Existe por tanto un constante juicio moral de las personas y los comportamientos que afectan de forma directa o indirecta a estos individuos.

Esta estrategia de manipulación establece una relación de codependencia disfuncional. Esta tendencia emocional tóxica únicamente se prolonga temporalmente en la medida que se obtienen beneficios.

Sería del todo desacertado hacer un juicio moral de este tipo de comportamientos ya que como en cualquier otro tipo de estrategias compensatorias el enfermo se siente incapaz de hacer frente al sufrimiento que está experimentando y no tiene el grado de madurez para interpretar y reaccionar de forma sana en relación contexto que le acontece. Gran parte de los comportamientos disfuncionales se generan de forma inconsciente y están fuera del control del enfermo. En cualquier caso se trata de una enfermedad que requiere del pertinente tratamiento psicológico.

Las relaciones afectivas que se cultiva con las personas victimistas pueden ser muy dañinas. Los círculos familiares más cercanos se convierten en agresores recurrentes en los que el enfermo proyecta su falta de responsabilidad. La respuesta más habitual de los círculos de afecto de las personas victimistas es acumular una gran resentimiento y un gran rechazo ante este tipo de actitudes vitales. En este tipo de contextos se genera una encrucijada moral donde el comportamiento está condicionado por un sentido del deber que esconde la incapacidad para gestionar el sentimiento de culpabilidad que nos genera el rechazo de este tipo de conductas. Se trata por tanto una forma de violencia pasivo-agresiva donde es habitual la confrontación y las actitudes defensivas de ambas partes.

La adicción al sufrimiento es inherente a la patología victimista. Sentirse en una constante agresión provoca malestar emocional y degradación física acelerada. Esta adicción al drama dirige la atención hacia los pensamientos de escasez, tristeza, desconexión y desilusión por la vida.

El victimismo por tanto no es tan solo una actitud, sino una enfermedad mental grave que necesita ser diagnosticada y tratada por un terapeuta. En situaciones donde ha existido una exposición prolongada a este tipo de enfermedades también será recomendable tratamiento psicológico ya que lo normal es que para compensar ambientes de gran toxicidad se desarrollen mecanismos de defensa disfuncionales que nos protejan de esta violencia. La tendencia al control es una de las estrategias compensatorias más usuales ante el victimismo.

¿Cómo relacionarnos con las personas victimistas? Es esencial tratar de comunicar de forma amorosa la importancia del tratamiento psicológico para lidiar con esta patología. Vamos a encontrar como hemos dicho muchísima resistencia a siquiera que el enfermo considere que esta posibilidad. Cuando se trata de una estrategia que se ha usado toda una vida el enfermo se convierte en la propia enfermedad y es muy difícil que reaccione.

En estos casos es necesario establecer límites para que la enfermedad no afecte nuestra propia salud mental. Para ello será relevante limitar el tiempo que nos exponemos a sus síntomas. Otra estrategia se puede vincular a que la comunicación con estas personas se limite a un intercambio de información vinculada únicamente a las experiencias positivas y al aprecio y la gratitud de eventos vitales. Para ello debemos cortar la comunicación cuando se comience a dar espacio al lamento. El victimismo necesita una audiencia, si nos negamos a continuar siendo espectadores esta la patología pierde su sentido en gran medida.

Me gustaría concluir con una última reflexión. Como he mencionado bien es cierto que en el victimismo hay grandes dosis de violencia emocional. Todo ser tiene la tendencia de defenderse ante un ataque. Personalmente creo que la clave para lidiar con este tipo de conductas es transformar la interpretación que damos a esta enfermedad, y en lugar de ver un ataque y que nos sintamos en la necesidad de defendernos, veamos ese ruego suicida que reclama el amor que se anhela. Para ello debemos primero perdonar todo el daño que se nos ha infligido y perdonarnos el haber permanecido expuestos a estas agresiones sin haber reaccionado de forma sana y madura.