Responsabilidad, del latín responsum, es la habilidad de responder. ¿De qué? ¿Ante quién? En lo que a mí respecta se vincula con el cultivo de una serie de comportamientos que atienden a mis necesidades físicas, emocionales y espirituales. Parte de un proceso reflexivo donde me es posible identificar mis necesidades de forma independiente sin el filtro moral y social de mi contexto. De alguna manera ser responsable es aceptar el reto que supone asumir que voy a ser capaz de cuidarme con efectividad y afectividad el resto de mi vida.

Las necesidades físicas son las relacionadas con mi supervivencia. Estos instintos están ubicados en la parte posterior de nuestro cerebro, en una zona llamada cerebelo o cerebro reptiliano. Responden esencialmente a nuestra necesidad de seguridad. Se trata de impulsos primarios relacionados con la alimentación, la sexualidad, el cobijo, las relaciones sociales…

Me parece muy irónico que en un contexto donde se puede decir que nuestra vida ha dejado de correr peligro, esta zona siga controlando en gran medida la mayor parte de nuestras motivaciones vitales.

En lo relativo a las necesidades físicas cabe mencionar la importancia de realizar ejercicio con cierta regularidad. La ciencia ha demostrado que veinte minutos de deporte tres veces a la semana son suficientes. Hace tiempo escuché algo a Tal Ben Shahar en este sentido que me pareció revelador. Comentaba que practicar esta cantidad mínima de actividad física era una condición indispensable para aceptar en terapia a un nuevo paciente. Desde su punto de vista no es solo que el deporte fuera un antidepresivo natural, sino que el sedentarismo es un potente depresivo. Si lo pensamos la evolución nos ha regalado un cuerpo con una capacidad excepcional. Su potencial es extraordinario. Vivimos una auténtica pandemia de pereza y sedentarismo que tiene un precio social altísimo, no solo en términos del coste de la salud pública, sino sobre todo en lo que a salud emocional se refiere.

Otro aspecto fundamental es la nutrición. Llevo unos 4 años estudiando este campo. De nuevo se puede decir que he estado desconectado de este acto tan íntimo. La comida ha sido más bien una expresión de hedonismo o de huída emocional, que una forma de amor, respeto y respuesta a mis necesidades físicas. No tengo nada en contra de los placeres de la vida y sin duda este, para mí, es uno de ellos. Como de costumbre la clave es el grado de orden que tiene esta actividad en mi vida. El desinterés y la desinformación por lo que comemos es brutal. Es alentadora la nueva tendencia que ha abierto un debate y una profunda reflexión sobre la industria alimenticia.

Hay dos factores que se vinculan con una gestión adecuada de este aspecto: por un lado los beneficios emocionales que fortalecen mi autoestima al respetarme en este sentido. Por otro, cuidar mi alimentación es una garantía para prevenir mi integridad ante la enfermedad. Ya lo dijo Hipócrates en el año IV antes de Cristo: “que la comida sea tu medicina”.

La alimentación merece todo nuestra interés y toda nuestra atención. Tenemos una increíble capacidad de adaptación a nuestro ambiente. Somos máquinas perfectas. No hay mas que ver cómo se llega uno a adaptar ante comportamientos alimenticios totalmente suicidas. Eso no quita que los beneficios de una dieta saludable sean mucho más que encajar en un arquetipo estético. Para mí comer ha sido en ocasiones una fuente de desconexión de mis emociones. Al igual que otro tipo de adiciones son una forma de negación de mí mismo y una auténtica traición a mi cuerpo.

En cuanto a las necesidades emocionales se refiere considero esencial la autoevaluación de los hábitos de pensamiento vinculados a mis procesos cognitivos. Mis sentimientos y mis emociones son un síntoma de mis hábitos de pensamiento. A su vez en mi inconsciente están integrados los programas que se ejecutan de forma automática ante estímulos físicos y emocionales en el ámbito consciente.

De nuevo una de nuestras grandes virtudes puede ser una de las mayores trampas de las que tenemos que ser conscientes: nuestra capacidad de adaptación. Tenemos una increíble capacidad para adoptar estrategias que nos permitan eludir el sufrimiento. Construimos todo un mundo de creencias para compensar las carencias afectivas y emocionales en nuestra niñez. A partir de entonces nuestro sistema de toma de decisiones puede estar limitado por esta circunstancia. Revisar mi desarrollo para evaluar daños, enfrentarme a mis miedos y abrazar mi vulnerabilidad son las formas en las que expreso mi responsabilidad emocional.

La madurez es este estado mental en que soy capaz de permitirme pensar y sentir sin la necesidad de negar mis sentimientos y mi ser, por medio de las adicciones físicas y emocionales. Es una forma de celebrar mi humanidad. Es una conquista donde me doy cuenta de que no tiene sentido seguir huyendo de los miedos que yo mismo he inventado.

¿Ante quién he de responder? Ante mí y ante los demás. En relación al prójimo la correcta gestión de mis emociones se traduce en paz interior, en aceptación de mí mismo y en una celebración de la vida que se proyecta en el bienestar del conjunto. Descubrir y poner en orden mi necesidades es una forma de amor al prójimo.

Por otro lado la madurez emocional y la correcta gestión de los hábitos mentales permite que los acontecimientos más difíciles a los que tenemos que hacer frente no deriven en comportamientos tóxicos o violentos hacia el resto. Responder ante los demás es elegir la honestidad, el amor, la compasión y la gratitud como monedas de cambio.

Por último voy hablar un poco de lo que para mí significa atender a mis necesidades espirituales. Solo una vez que he puesto en orden los aspectos inherentes a mi humanidad me es posible conectar con espacios vinculados a lo que considero divino. Esta es una faceta reservada para aceptar mis limitaciones cognitivas y mi impermanencia física. Es un estado de conciencia pura.

No creo que sea posible llegar a los estados que anhelo sin haber lidiado con toda mi oscuridad. Puedo aproximarme, pero mis miedos no resueltos me encadenan a lo mundano.

Me gustaría recalcar en este punto algo –desde mi punto de vista– importante. En ningún momento estoy hablando de deseos y necesidades. Quiero transmitir la idea de que el responder antes mis necesidades en gran medida tiende a tener bajo control mi deseo.

Me da la sensación de que principalmente el deseo tiene mucho que ver con la negación de mi ser y con el bloqueo de emociones que me hacen sentir malestar. La soledad, la tristeza, la culpabilidad, la vergüenza o la ira son algunos de los síntomas de un sistema de creencias que me hace sentir que no soy capaz de cuidarme o que no soy digno de amor. El deseo nos empuja a un círculo vicioso en que el bienestar siempre viene de lo externo. Dar prioridad a identificar y satisfacer mis necesidades marcará un precedente que eliminará en gran medida el yugo del «quiero». Al menos eso creo..