Acupuntura Social

Pequeños cambios, grandes transformaciones.

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Categoría: Terapia Cognitiva

Culpabilidad

La culpabilidad es un sentimiento por el que interpreto un comportamiento propio o ajeno como inadecuado, incorrecto o inaceptable. Se trata de uno de los sentimientos más poderosos y una de las herramientas de manipulación más efectivas que existen.

Sentirme culpable por no ser, no tener o no hacer lo suficiente, suele ser el pilar central sobre el que se articula la creencia de que no soy digno de recibir amor. Esta es la mayor trampa en la que nos podemos ver inmersos: concebir el amor como una moneda de cambio.

Hay en cualquier caso una culpabilidad funcional, y una culpabilidad disfuncional. En la funcional se refleja en mi el sufrimiento que he causado en otro para permitirme comprender las consecuencias de mis actos, y tener la opción tanto de enmendarlos, como de no incurrir en acciones semejantes con la misma persona o con otras.

La culpabilidad disfuncional sin embargo poco tiene que ver con mi impulso natural de no dañar al prójimo, sino con la sensación que tengo de ser inferior en alguna medida. En este pulso para sentirme mejor conmigo mismo suelo recurrir al juicio y a la crítica a terceros como motor que estimula mis centros de placer. A pesar de que en principio pueda existir cierta satisfacción inmediata en criticar a los demás, la realidad es que esta tendencia aumenta progresivamente mi sentimiento de culpa. Como decía Jung todo impulso de rechazo a los demás nos es más que una proyección de nuestras propias limitaciones.

Como comentaba, la culpabilidad puede ser también un gran instrumento de manipulación. Se trata de un sentimiento tremendamente incómodo que por lo general trato de evitar con todos los medios. A menudo prefiero ceder ante los deseos o necesidades del otro aunque entren en conflicto con las mías para evitar entrar en contacto este sentimiento. El victimismo se nutre de la culpabilidad para lograr sus propósitos. Este suele ser el eje central sobre el que giran la relaciones disfuncionales, ya sean en el núcleo familiar, en el trabajo, con los amigos, o en el ámbito de la pareja.

En gran medida reconozco lo que es mejor para mi. No hacerlo, ya sea por pura desidia, o bien porque perezco ante alguno de los innumerables placeres inmediatos que se presentan a mi alcance en el día a día, siempre aumenta mi culpabilidad. Cuando he tomado una decisión, pero no logro tener la disciplina suficiente para acometer las acciones necesarias que implican la consecución de este objetivo, se produce un conflicto interno que potencia que me sienta culpable.

También me suelo sentir culpables cuando mis deseos o mis necesidades entran en conflicto con las de alguien al que quiero. En el amor y la libertad sin embargo es importante  que haya espacio y respeto para que se produzca ese conflicto, y se acepte como una realidad inherente a nuestra humanidad.

De una forma más inconsciente quizá a veces pueda estar usando este sentimiento para alimentar mi adicción al sufrimiento.

No cabe duda de que la mayoría del sufrimiento que voy a experimentar en mi vida es mental. Somos la única especie que se regodea con el pasado de forma tan obsesiva. Mi cerebro no distingue entre la realidad y la imagen mental. La misma química que me induce malestar se repite una y otra vez cuando reiteradamente me castigo cuando he hecho algo que me induce culpabilidad.

¿Qué puedo hacer para salir de estar espiral que me hace despilfarrar esta tremenda cantidad de energía? Perdonar. El perdón es la fórmula mágica que me saca de este eterno bucle. Quizá me tenga que perdonar a mi mismo por haberme rechazado y haber tenido el impulso de ocultar quién soy.  También tener compasión con los demás y perdonar el dolor que me han podido causar. La realidad es que en la raíz del dolor que nos puedan causar suele estar el egoísmo o la ignorancia. La ignorancia es la simple falta de consciencia. El  egoísmo no es más que una ingénua y trágica fórmula para encontrar el amor, la atención y la aceptación que anhelo. Paradójico.

¿Qué es la perfección realmente?

Para mí lo perfecto es algo estático, ¿para qué va a cambiar, si ya es perfecto?

Lo perfecto es algo absoluto que no admite fisuras, no tiene nada que aprender porque ya es perfecto. Lo perfecto no crece, no madura, no tiene nada que celebrar porque ya lo tiene todo. Lo perfecto es impoluto siempre. Lo perfecto no llora, no se enfada, no se parte de risa, no hace el payaso, no caga, no enferma, no coge otro pedacito de chocolate más (mmm, ¡qué rico!), no se traba leyendo en alto, no tiene amigos, no tiene pareja, no encuentra a un igual, no tiene necesidades ni deseos. Lo perfecto no tiene la necesidad de comunicar nada, no necesita de relaciones, no necesita alimentarse, siempre pesa exactamente lo mismo. Lo perfecto cumple todos y cada uno de los requisitos en cualquier circunstancia, gana todos los concursos, aprueba todos los exámenes. Hablamos maravillas de lo que es perfecto, que si es tan perfecto, que si mira cómo hace esto y aquello perfecto. Lo perfecto, además, satisface todas nuestras expectativas, siempre piensa, siente, dice o hace lo que esperamos de él (¡es que es perfecto!). Lo perfecto es perfecto hasta en el último detalle, sin heridas, sin pasado, sin recuerdos, sin familia, sin presente, sin futuro. Lo perfecto, incluso, no muere.

Si lo perfecto representa todo esto, ¿qué demonios estoy tratando de hacer? ¿Por qué deseo algo tan inhumano para mí? ¿Acaso deseo sufrir? ¿Acaso quiero anularme, negar todas las cosas que me hacen humana?

Por lunático que parezca, así es.

Escrito de Caterina de la Portilla para la charla sobre el perfeccionismo:

Perfeccionismo

El perfeccionismo es un mecanismo de defensa disfuncional por el que trato de ganar aceptación, atención, validación y aprecio, por medio del valor que tiene el desempeño de ciertas tareas. Se trata de una forma deshumanización donde niego toda forma de vulnerabilidad.

Este es sin duda uno de mis peores defectos de carácter. Me me ha limitado mucho en muchos aspectos de mi vida. En lo relativo a las relaciones de pareja, este patrón ha bloqueado completamente mi capacidad para amar. He pretendido que mis parejas sean perfectas, y para  ello era necesario que cambiaran. Se trata de una proyección de la creencia de que no soy válido. El amor es aceptación incondicional. No es posible amar y a la vez comunicar que la otra persona no es lo suficiente.

A nivel laboral me ha hecho juzgar duramente las limitaciones de mis compañeros y empleados. Ha bloqueado mi capacidad de empatizar y conectar con la humanidad y con el derecho a equivocarnos y aprender de ello.

A nivel más profundo me he dado cuenta que el perfeccionismo es una herramienta que alimenta mi adicción al sufrimiento. Querer ser o hacer algo perfecto, es en sí mismo un propósito abocado al fracaso. Se trata de un vehículo de mi ego para hacerme daño y validar la idea de que no soy suficiente.

Si algo he aprendido en este largo y tedioso camino de introspección, es que no he de creerme ninguna de las ideas que creo tener de mí mismo. Si de verdad quiero saber en qué estima me tengo, solo he de mirar mi comportamiento, hacia mí, y hacia los demás. No solo cuando estoy en compañía. Lo que soy también es lo que hago cuando nadie me ve. Si me avergüenzo de que alguien pudiera verme haciendo lo que hago en mi intimidad, probablemente no estoy en sintonía con lo que de verdad quiero ser. Esto evidentemente alimenta mi sentimiento de culpabilidad.

Nada por tanto es lo que parece. La idealización de los falsos ídolos que proliferan en Internet no es más que un mecanismo que valida la idea de que somos defectuosos, incompletos o inadecuados. Se trata de una forma de tortura contemporánea que nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y con nuestra vida.

Hace poco un buen amigo decía que el dolor se produce cuando tengo una doble agenda: si proyecto un propósito que comparto con los demás pero a escondidas tengo intereses ocultos que generan una falta de coherencia entre lo que digo ser, y lo que soy en realidad,  está disonancia provoca sufrimiento de manera ineludible.

He dejado de querer ser perfecto. Ahora celebro mi vulnerabilidad y mis defectos como la mayor herramienta para conectar conmigo y con los demás. He dejado de castigarme consumiendo redes sociales que alimentaban la idea de que me faltaba algo. Tengo y soy todo lo que necesito.

Vivimos en un sistema que se nutre de nuestro propio vacío existencial. La propaganda contemporánea se ha sofisticado hasta niveles muy sutiles, pero muy poderosos. Pero la verdad siempre encuentra una brecha. El amor siempre se abre camino. Celebra lo que en realidad eres: una expresión del poder y de la inteligencia del universo. Nada más. Nada menos.

Meditación

La meditación es una forma de entrenamiento mental donde se regula y potencia nuestro estado de consciencia. Su práctica diaria genera cambios neurológicos  en el cerebro después de ocho semanas (Sara Lazar, Ph.D, Harvard). Esta experta en neurociencia ha comprobado que la meditación aumenta el grosor de la corteza cingulada (sistema límbico), la parte del cerebro responsable de la mayoría de los sentimientos, desde la emoción hasta la atención, el aprendizaje y la memoria. El hipocampo izquierdo, imprescindible en el aprendizaje, las capacidades cognitivas, la memoria y la regulación de las emociones, también había aumentado de grosor. Así mismo aumentó la unión temporoparietal, asociada a las relaciones sociales, toma de perspectiva, la empatía y la compasión. La amígdala, la zona del cerebro responsable de la ansiedad, el miedo y el estrés, se redujo, con una consecuente disminución de los niveles de estrés en el individuo. Se observó del mismo modo una mayor cantidad de materia gris en la corteza sensorial. Por último se pudo comprobar que en individuos que habían meditado de forma regular a lo largo de sus vidas existía una menor degeración del cortex prefontal, es decir que habían detenido el envejecimiento de sus cerebros.

La contundencia de los resultados en estudios de neurociencia relacionados con la meditación en intervenciones de corta duración es absolutamente abrumadora. Otro buen ejemplo de ello es el Center for Healthy Minds, un proyecto de la Universidad Madison (Wisconsin, Estados Unidos) y el propio Dalai Lama. Su máximo responsable es Richard Davidson, neurocientífico de la universidad y uno de los investigadores más importantes de los entresijos del bienestar vinculados al funcionamiento del cerebro. Promueven investigaciones sobre diferentes hábitos mentales como la meditación, la potenciación de habilidades emocionales, la creatividad, la autoestima, la concentración… Potencian las mentes saludables mediante los resultados de estudios donde se analizan los beneficios de distintas rutinas mentales.   

A modo de ejemplo, en un estudio donde se integró la meditación durante 20 minutos en diferentes escuelas,  tres días a la semana,  durante 8 semanas,  un entrenamiento en meditación, gratitud, la cooperación, la amabilidad, la respiración consciente se obtuvieron los siguiente resultados:

Los profesores observaron el espíritu de colaboración ascendía drásticamente como muestra el siguiente gráfico.

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Por otro lado se realizó un experimento donde se instaba a niños de 4 y 5 a regalar pegatinas que se les entregaba. En 8 semanas el grado de empatía que se conseguía fue sorprendente como muestran las siguiente gráficas:

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También me dejó muy sorprendido el caso de la David Lynch Foundation, una fundación que apoya y promueve programas en las escuelas para que las tecnologías de la educación basada en la conciencia estén disponibles en todos los niveles  para los estudiantes, para los padres de familia, para los profesores, y para la sociedad alrededor, con becas y construcción de escuelas. La meditación trascendental se encuentra en la raíz de todas sus intervenciones.

El programa de educación basada en la conciencia es de fácil implementación en cualquier establecimiento educativo, sin necesidad de modificar el plan de estudios académicos existente.

Incluye las siguientes etapas:

  1. Enseñanza de las tecnologías de la conciencia. Un equipo de profesionales calificados enseñará estas simples técnicas mentales a los alumnos y profesores quienes practicarán este programa en clase por 10-15 minutos al principio y al final de la jornada escolar.
  1. Se realiza el seguimiento y revisión de los resultados. Se hace un seguimiento frecuente de la práctica de la tecnologías de la conciencia para asegurar su correcta aplicación. También se documenta los múltiples beneficios que los practicantes experimenten en el tiempo.

No hay ninguna duda de que la meditación aumenta la capacidad de concentración, potencia la capacidad para aprender, aumenta el ánimo y la capacidad de colaborar, la compasión, la creatividad, la capacidad de gestionar nuestras emociones, y en general el bienestar del individuo… ¿a qué demonios estamos esperando para cultivar este hábito?

Tal vez sea necesario vencer los prejuicios asociados a esta práctica. Al margen de la espiritualidad las ventajas cognitivas son evidenes.

Nuestro cerebro, al igual que nuestro corazón, tiene una carga eléctrica y una magnética. Me viene a la mente la frase de, en lo que a mi respecta, uno de los mayores genios que ha existido hasta el momento, Nikola Tesla: “Si quieres entender el Universo, piensa en energía, frecuencia y vibración”

En relación al cerebro, existen cinco frecuencias de ondas cerebrales distintas: Beta, Alfa, Theta, Delta y Gamma. Cada frecuencia, medida en ciclos por segundo (Hz), tiene su propio conjunto de características que representa un nivel específico de la actividad cerebral y por lo tanto un estado único de la conciencia.

  • Beta (14-40Hz) está presente en la conciencia normal de vigilia y el estrés.
  • Alfa (7.5-14Hz) en profunda relajación.
  • Theta (4-7.5Hz) en la meditación y el sueño ligero.
  • Delta (0.5-4Hz) en el sueño profundo sin sueños y la meditación trascendental.
  • Gamma son más rápidas (por encima de 40 Hz) y se asocian con una repentina introspección.
  • Alpha-Theta 7-8Hz – la puerta de entrada a la mente subconsciente.

Nuestro cerebro es un órgano muy complejo, pero en esencia es importante que comprendamos que tenemos áreas más primitivas relacionadas con la subsistencia y los impulsos primarios (cerebro reptiliano), y áreas evolutivamente más avanzadas que se relacionan con la creatividad y niveles más altos de consciencia.

Si percibimos que estamos en una situación de peligro, nuestra amígdala centraliza todos nuestros recursos energéticos en la huída. Literalmente desconecta todos nuestros sistemas que no tengan que ver con la capacidad física de escapar. Apaga nuestro sistema inmunológico y todas las zonas cerebrales más evolucionadas.

Vivimos en una sociedad donde se cultiva la idea de que estamos en peligro constante. Parece que estamos siempre en la antesala de un terrible desencuentro para el hombre y para el planeta. Puede que esta impresión sea más o menos cierta. La realidad es que las soluciones que requiere tanto el hombre como el planeta parten del potencial creativo  en cada una de nuestras mentes.

De una forma relativamente sencilla, la meditación facilita que pasemos de una frecuencia cerebral más baja (Beta), a una frecuencia con una mejor conexión entre ambos hemisferios del cerebro, donde nuestro lado derecho (asociado a la creatividad) gana protagonismo (nivel alfa).

El miedo nos mantiene separados, desconfiados, violentos, cohibidos, inconscientes, deshonestos, egoístas, insatisfechos, tristes y desconectados. El hedonismo, el materialismo y la gratificaciones son el único analgésico que nos logra sacar por unos instantes de ese vacío existencial.

Hay algo más. Hay una verdad más profunda. Siento que hay un propósito más noble por el que la naturaleza decidió desarrollar todo ese potencial en el hombre. Creo que es una cuestión de tiempo el que despertemos de esta mentira y empecemos a aprovechar todo el inmenso potencial que tenemos de serie.

Mi visión del ser humano como protector y potenciador de la naturaleza, como fuente de amor y creatividad, como motor de armonía entre las especies, es la mayor fuente de inspiración que tengo para mi desarrollo.

La meditación creo que es un pilar central de esa transformación que nos conecta con nuestra esencia y con nuestro auténtico potencial.

Dentro de poco dedicaré un artículo para explicarte de forma específica qué rutina de meditación practico cada mañana.

Cada persona tiene su propio proceso en cualquier caso. Como he descrito en artículos anteriores creo que es algo muy común ser adicto al sufrimiento y al malestar,  y el bienestar entra en conflicto con esa dependencia emocional. ¿Una de las fórmulas mágicas para aumentar tu nivel de paz interior y serenidad? Sin ningún tipo de duda…meditar.

Entropía VS Sintropía

La entropía es la tendencia energética hacia al desorden de ciertos sistemas complejos en la naturaleza. La sintropía es una metodología capaz de activar una serie de acciones conscientes que potencian la reestructuración, el equilibrio y la aceleración metabólica de ese sistema.

Antes de que sigas leyendo me gustaría que vieras algo que creo que va a facilitar mucho la compresión general del siguiente artículo. La primera vez que oí hablar de la sintropía como método fué de la mano del granjero investigador suizo Ernst Götsch. Te voy a recomendar encarecidamente que en este punto dediques unos minutos a ver este increíble vídeo donde se explica la base teórica y práctica de esta técnica. Como verás tiene que ver con un proceso de potenciación de la capacidad creativa de la naturaleza.

Creo que ese mismo potencial que Ernst descubre en este contexto, no solo es aplicable a ese sistema, sino a muchos más. Como puedes ver hoy toca hablar de algo un tanto complejo. Voy en cualquier caso a empezar acotando el marco de la entropía y la sintropía a un sistema complejo específico: el ser humano.

Muchos de los conceptos que a partir de ahora voy a compartir los he aprendido hace unas semanas en un magnífico seminario sobre liderazgo del gabinete psicoterapeútico Paradox. Quiero para empezar darles todo el crédito que merecen ya que gran parte de las reflexiones que voy a compartir, son de su cosecha.

En términos generales entropía y sintropía son dos conceptos que se relacionan con la idea de que la consciencia ordena nuestra realidad, y que si no cultivamos la misma, de forma individual y colectiva, se va a tener una tendencia al desorden, al miedo, y al dolor. La libertad por tanto es la capacidad que tengo de elegir entre el orden y el desorden. A su vez creo que esta decisión se relaciona con desarrollar la habilidad de comprender y neutralizar mi miedo para vibrar con amor.

Puesto de otra manera, cuando nacemos tenemos todos los nutrientes para ser felices y prosperar. La naturaleza nos entrega todas las herramientas necesarias para medrar. Nos regala la confianza, la alegría, la espontaneidad, la sinceridad, el humor, la capacidad para comunicarnos, para colaborar y sobre todo para amar sin miedo.

Si nos desarrollamos en un ambiente donde no existe el suficiente nivel de consciencia, la tendencia será a que el potencial de todos esos nutrientes se vea mermado por la creación de la creencia central de que vivir es un proceso hostil y me he de proteger a nivel tanto físico como emocional. Aquí se empiezan a vertebrar todos los mecanismos de defensa que esconden y niegan mi verdadero ser para que exista coherencia entre la idea de que no soy, o no tengo lo suficiente para que me acepten y me quieran,  y mi instinto natural a adaptarme al entorno y sobrevivir. Aquí empieza la fiesta.

Sin embargo si nos desarrollamos en un contexto donde nuestros progenitores han aprendido a amarse a sí mismos, a amarse entre ellos, y a tener capacidad de amar a los demás sin miedo, sin apego y con libertad, todo el potencial humano de serie se abre camino y la creatividad y el bienestar florecen en el nuevo ser.

Trabajar mi nivel de consciencia en este sentido es un sin duda uno de los mejores propósitos que he podido abrazar. A pesar de que es muy relevante el primer sistema de creencias de nuestra infancia, no nos determina de por vida. Nuestra plasticidad cerebral nos garantiza que podemos transformar en cualquier momento toda la estructura de ideas que hemos adoptado como ciertas. No es una tarea fácil, ya que pasa por acceder a la parte menos accesible de mi ser: el inconsciente.

Me gusta pensar que vencer el miedo y doblegar al ego es una oportunidad de ganar algo que puedo ofrecer a los demás. No puedo dar algo que no tengo. Si aprendo a amarme, puedo amar a los demás.     

¿Cómo puedo poner orden a nivel consciente en mi vida? En principio hay tres dimensiones: la emocional, la física y la espiritual.

En lo relativo a la dimensión emocional, me he pasado la vida intentando no sentir las emociones relacionadas con el miedo, la vergüenza o la culpabilidad. El desorden emocional se relaciona con la creencia de que hay sentimientos “buenos” o “malos”, “agradables” o “desagradables”. Este peligroso juicio niega mi propia humanidad y mi capacidad de estar en contacto con mi interior.

Todos los sentimientos tienen un propósito. Ordenarnos a nivel emocional es permitirme pensar y sentir cualquier cosa, y desarrollar la habilidad para encargarme de ello de forma construtiva. Tengo todo el derecho a sentirme de cualquier manera. No tengo que avergonzarme de ningún pensamiento ni de ningún sentimiento. La responsabilidad es decidir de forma consciente a qué acciones me van a llevar esos sentimientos. Una mala gestión del miedo me lleva a ser egoísta, manipulador y un mentiroso. Ser consciente de que el miedo es una ilusión que yo mismo he creado, permitirme sentir miedo, aceptarlo e integrarlo sin que se convierta en acciones destructivas para mi y para los demás, es uno de mis grandes objetivos.

Mi ego es muy inteligente. Trata de escapar de esos sentimientos y tiene mil escondrijos para ello: la adicción al trabajo, la intelectualidad, la sexualidad, el hedonismo, el materialismo, la procrastinación, la codependencia…La toxicidad emocional posiblemente sea uno de los mayores peligros y una de las grandes adicciones a las que tengo que hacer frente. La creencia de que no soy lo suficiente y los pensamientos ligados a ella, me han generado un hábito químico ligado a una serie de emociones a las que soy básicamente adicto. Para tener mi chute periódico a estas emociones interpretaré mis circunstancias de forma que me permitan alimentar esa dependencia.

Es irónico además cómo a nivel social no solo se ha acepta, sino que se vanagloria en gran medida la idea de que dejarse llevar por las emociones es algo positivo. Debemos encontrar nuestra “pasión” en la vida. La etimología de la palabra “pasión” viene del latín passio, y este del verbo pati, patior, padecer, sufrir, tolerar. Como su propio origen indica la palabra pasión define un estado pasivo donde soy una víctima de mis sentimientos.

Existe una tendencia a mi desorden emocional ligado a la entropía. Si no me ordenamos a nivel sentimental seré un esclavo de mis acciones ligadas a ese desorden.  Ya no me fío de mis deseos/pasiones. En su mayoría tienen por objeto compensar mis limitaciones de carácter. Ahora estoy completamente enfocado en cubrir las necesidades que me permitan aceptarme, amarme y cultivar una relación sana conmigo y con los demás. Para ello la honestidad, la confianza, la aceptación, la alegría, la buena voluntad y el amor son las principales monedas de cambio. Por ejemplo me he dado cuenta de que cuando conecto con sentimientos como la irritación o la ira, simplemente no estoy aceptado a alguien o algo tal y como es. El principio de igualdad es unos de los motores principales del amor.

El orden en la dimensión física se relaciona con aspectos como los nutrientes y el ejercicio físico. Si tengo una vida apática, si no me muevo lo suficiente, la entropía lleva a mi sistema físico a su degradación. De igual manera, si no mantengo un equilibrio alimenticio, o si castigo mi sistema físico con drogas o diferentes fuentes toxicidad, le envío un mensaje directo a mi inconsciente: no me quiero.  

Cuidarme en este sentido es un acto de amor que da coherencia a todo el trabajo emocional que he descrito con anterioridad. Si no hay una primera coherencia entre la acción para con nosotros mismos, y la gestión de nuestros pensamientos y nuestros sentimientos,  lógicamente se produce un conflicto interno. Si deseo quererme, pero mis actos no están en sintonía con esa voluntad consciente, me estoy comunicando inconsistencia. Quizá este deba ser un primer indicador de que creo que no merezco ni si quiera mi propio amor. Este debe ser el detonante para entrar en un proceso para recuperar todo lo que tenía de serie cuando nací,  que espera dormido dentro de mi ser.

Hay una sincronicidad directa entre los físico y lo emocional. Por poner un ejemplo, fumar es una forma de negar mis emociones. El único colocón del tabaco es el apagar en gran medida mi capacidad de sentir. Baja drásticamente mi nivel de oxígeno en sangre lo que conlleva esa respuesta psicológica. La respiración es una puerta súper potente a la consciencia, a la energía vital y a la paz interior.   Tener miedo a sentir y no dar espacio a mi verdadero ser es negar mi humanidad y un acto de cobardía. Otro mensaje directo al inconsciente.

Para terminar está el orden a nivel espiritual. La entropía en este sentido me hace sentir que estoy separado del resto. Tiene que ver con la dualidad, con la idea de lo bueno, de lo malo, de lo correcto, de lo incorrecto, del debo, del tengo. Es como si una de mis células no se sintiera parte de mi ser y se viera como un ente separado. Bien es cierto que se trata de un ser vivo autónomo, libre, vulnerable…pero a la vez forma parte de un todo.

Para trabajar este área de mi vida utilizo la meditación. Es una forma de reconectar con una fuente energía única más allá de mi individualidad.

Tengo la impresión que en el orden se abren nuevos caminos para acceder a una verdad más profunda, para una comprensión y una aceptación genuina de la vida. No lo puedo saber aún, ya que estoy muy lejos de tener coherencia entre lo que pienso, lo que siento y lo que hago. De momento es solo una promesa. Aún hay mucho conflicto en mí,  pero también mucha confianza en que estoy en el camino correcto.

 

El perdón

El perdón es una forma de sanación espiritual donde se suelta el dolor asociado a un comportamiento propio o ajeno. Me parece especialmente significativa para la comprensión de este concepto la etimología de la palabra “disculpas” del latín dis, separación, y culpas, remordimiento resultado de haber causado daño físico o psíquico. Se trata por tanto de una forma de desapego a un sufrimiento con el que me castigo emocionalmente.

He tenido la oportunidad de compartir impresiones sobre el perdón recientemente que han sido todo un regalazo. He comprendido que perdonar es una forma de aceptar la naturaleza de nuestra propia humanidad.

Personalmente a quien más me cuesta perdonarme es a mí mismo. Durante mucho tiempo me he rechazado y he creído que no era digno de recibir amor. Ese comportamiento requiere de una reconciliación muy profunda. He llegado a entender que quizá haya una parte de mi que no quiera perdonarme, ya que le viene muy bien ese dolor. Esa culpabilidad sigue siendo útil a la parte que quiere controlarme y me intimida con pensamientos abocados a hacerme sentir que no soy suficiente. La culpa es una poderosa moneda de cambio en ese juego interior por la lucha del poder.

Hay una paradoja que me ha sorprendido mucho en relación al perdón. Por un lado no siento que nadie tenga que disculparse conmigo. El dolor que me puedan causar es una oportunidad de desarrollar cualidades muy importantes como la compasión. Creo que cuando una persona daña a otra lo hace desde el miedo, o desde la inconsciencia.  He decidido tratar de comportarme siempre como si lo que me acontece fuera favorable. A veces es muy incómodo, pero no deja de ser un contexto para el crecimiento. Lidiar con la decepción y con el dolor, y practicar el amor incondicional, son una gran oportunidad para sentirme una persona de valor.

Creo en un “perdón original” que a diferencia del pecado original, nos exime de la responsabilidad  del dolor que causamos, ya que este es inherente a nuestra humanidad y a nuestro proceso de evolución interna. No siento que un bebé necesite pedir disculpas cada vez que se cae cuando empieza a caminar. No creo que la naturaleza que nos hace errar a lo largo de nuestra vida diste mucho de la de ese niño que experimenta y crece por medio de la experiencia.

Por otro lado sin embargo, es muy importante para mi pedir perdón cuando me he dado cuenta de que he causado dolor a otra persona. A veces ocurre sobre la marcha. A veces cuando llego a un punto de consciencia que no tenía en el momento que infligí el daño. Recalcar que he logrado reconocer el origen de ese dolor, identificar la limitación que lo ha originado y me estoy haciendo responsable de ella, compartir que experimento sufrimiento por ello, y que necesito ayuda para soltarlo, es un acto de humildad y respecto a mí y a lo demás.

Hay dos tipos de perdón: el egótico, y el espiritual. El egótico es el que se hace desde una posición de superioridad, que en muchas ocasiones es más un vehículo de manipulación, que una forma de catarsis. El perdón espiritual proviene desde la verdadera aceptación de nuestra vulnerabilidad, desde la empatía y el genuino amor hacia uno mismo, y hacia los demás.

Muchas aproximaciones psicológicas relevantes (gestalt, cognitiva…) creen que la culpa es algo que se transfiere de generación en generación. Tiene sentido que haya una carga emocional en las células que se traspase a nuestros descendientes. Quizá este sea el auténtico pecado original, la culta que arrastramos que no nos pertenece, pero que tenemos la oportunidad de enmendar en nombre de nuestros progenitores.

También hay veces que pienso que tengo rencor hacia un ser querido, y que me cuesta perdonar su comportamiento. Si profundizo un poco más en ese sentimiento, a quien no puedo perdonar es a mí mismo por no saber amar a esa persona que en el fondo es tan importante para mi. Ese sentimiento me genera una grandísima culpa.

Sin perdón no hay paz interior. Sin perdón no hay libertad. Sin perdón no hay amor, y en definitiva es lo que el mundo más necesita.

Compromisos, límites y consecuencias

Recientemente mi terapeuta me ha regalado unas herramientas tremendamente útiles para estructurar las bases de las relaciones sanas con uno mismo y con los demás. El pilar central de las mismas es el deseo sincero de un constante crecimiento personal en un marco libre de juicio. Para ello se han de delimitar tres aspectos: los compromisos, los límites y las consecuencias.

Los compromisos son decisiones conscientes que se toman libremente con objeto de alcanzar un objetivo, ya sea común, o en el ámbito personal. Se trata de un acuerdo vinculado con una necesidad personal, de un tercero, o de un colectivo por el que se asume una responsabilidad concreta. En el terreno del desarrollo personal los compromisos se relacionan con la transformación de comportamientos limitantes que bloquean o esconden la raíz emocional de nuestros miedos o insatisfacciones vitales.

Los límites son una forma de amor propio donde se define un marco de seguridad que establecemos para que se respeten nuestras necesidades, y donde a su vez nosotros respetamos la necesidades de los demás. Es un espacio que garantiza que podremos ser nosotros mismos libremente sin que exista ninguna forma de violencia. En muchas ocasiones el conflicto surge cuando no se han reflexionado, compartido ni consensuado los límites de cada parte. En esos casos no es que no existan los límites, sino que se establecen de forma tácita en base a nuestras creencias, que por lo general encierran muchos matices.

La consecuencias son acuerdos vinculadas con los compromisos para  re-establecer el respeto y la confianza y reforzar la decisión  que hemos tomado cuando no hemos logrado cumplir los objetivos que nos hemos marcado. Cuando se rompe un acuerdo al que se ha llegado con uno mismo, la consecuencia es un recordatorio, un recurso del que hacemos uso para enviar un mensaje que reafirma la voluntad por la transformación del comportamiento específico. Todo esto puede parecer confuso, al menos a mi me lo pareció. Voy a describir algún ejemplo específico para poder aclarar un poco las cosas:

Pongamos que tengo un impulso recurrente de consumir chocolate cuando conecto con emociones tales como la sensación de fracaso, la vergüenza, el aburrimiento o la soledad. Estoy utilizando un elemento externo que va a contraestimular mi centro de placer para poder escapar de esas emociones. Llego a una decisión consciente de que el chocolate, no solo es malo para mi salud, sino que comerlo me hace sentir culpable y limita mi crecimiento personal al desconectarme de mí mismo. En ese contexto asumo el compromiso de no comer chocolate en un período de tiempo. Es importante en este punto ser sincero y evaluar correctamente mi grado de adicción. Cuanto mayor es, menor ha de ser el tiempo para el que aceptamos ese compromiso. Es esencial que nos sintamos capaces de conquistar nuestro objetivo; de hecho, lograrlo facilita el éxito de las siguientes metas. Esto no es más que una forma de “hackear” nuestro cerebro. De este fenómeno proviene la afamada frase de la asociación Alcohólicos Anónimos adoptada por todos los programas de doce pasos “Solo por hoy”.

Cuando asumimos el compromiso también tenemos que definir una consecuencia en caso de romper nuestro acuerdo. Pongamos que hemos establecido que no vamos a comer chocolate en el próximo mes. ¿Qué pasa si rompemos el compromiso? Es bien cierto que ya existe una consecuencia inherente al haber roto nuestro propósito, ya que evidentemente no nos vamos a sentir muy bien. A pesar de ello, conviene establecer una pauta que refuerce la idea de que el compromiso sigue en pie, y que no proseguir con el plan conlleva “daños colaterales”. ¿Qué tipo de consecuencias? En mi caso, por ejemplo, una de las consecuencias que he establecido al romper alguno de mis acuerdos es no poder oír música durante una semana. En otros casos puede ser una consecuencia económica. Todo vale. La mejor forma de validar que realmente nos va a ser de utilidad es nuestra resistencia a la hora de adoptarla.

No se trata de un castigo, es en gran medida una forma de contrarrestar los efectos negativos de los llamados pensamientos permisivos. Este tipo de esquemas mentales son estructuras de pensamiento donde se licita la idea de que, de forma “excepcional”, se va a romper “puntualmente” el compromiso dado el contexto que se nos presenta. Por ejemplo cuando tengo una pelea con mi pareja, o he tenido un día de trabajo durísimo, o pienso que es mejor empezar la semana que viene. Son expresiones del ego que se defiende ante la ruptura de sus estrategias de recompensa. Si tenemos definida una contraofensiva para el ego nos resulta más fácil salvaguardar el verdadero propósito que quedó definido mediante el compromiso.

Si experimentas un contexto en que se rompen constantemente los acuerdos definidos con otras personas, probablemente no hayas pactado de forma específica las consecuencias al incumplirlo. Es una forma, por tanto, de dar libertad pero, a la vez, dejar claro que si no se responde como se ha acordado se tendrá que asumir una serie de efectos prácticos y emocionales.

Es tan sencillo que parece absurdo. Prueba a definir compromisos, límites y consecuencias con tu familia, con tu pareja, con tus compañeros de trabajo, y, sobre todo, contigo mismo. Te aseguro que funciona de maravilla.

Comunicación no violenta

Hace pocos días he tenido la gran suerte de dar por casualidad con el vídeo de un taller sobre la comunicación no violenta impartida por un psicólogo llamado Marshall Rosenberg. Su forma de enseñar aspectos increíblemente trascendentes haciendo uso de un exquisito sentido del humor es sencillamente brillante.

He aprendido muchísimas cosas en las tres horas que dura la charla. Entre ellas una muy importante: solo somos capaces de comunicar dos cosas, “por favor” y “gracias”. Todas nuestras interacciones se fundamentan básicamente en estos dos propósitos. Estos a su vez están directamente relacionados con nuestras necesidades y cómo las mismas dependen de la colaboración y la generosidad de los demás, especialmente en lo que se refiere a nuestra parte emocional.

Marshall plantea la importancia de conseguir una calidad en la conexión que logre cubrir las necesidades de todos. Se trata de una forma de reconectar con nuestro instinto de generosidad. Estamos diseñados para disfrutar dando y tenemos una inclinación natural a colaborar. A pesar de ello no hay nada más común que las interacciones que tienen por objeto esclarecer qué postura es la correcta…quién tiene razón.

Y aquí precisamente reside el núcleo del conflicto: el juicio moral. Partimos de la ilusión de que hay un bueno y un malo, y un normal y un anormal, un correcto y un incorrecto, un ganar y un perder, un apropiado y un inapropiado. Una creencia subjetiva que convertimos en certeza a partir de la cual nos relacionamos con el prójimo.

Si nuestra dinámica de comunicación se vincula con el “¿quién tiene razón?” en lugar de “¿qué necesita?”, perdemos la oportunidad de dar, que en última instancia es nuestra mayor fuente de bienestar.

Un conflicto es una interacción que se fundamenta en necesidades no cubiertas. Lo más común es evaluar el comportamiento del otro por medio de un análisis que implica incorrección. Esto únicamente nos aleja de nuestro auténtico propósito, que es ver cubierta nuestra necesidad. Además, juzgar un comportamiento como inadecuado es una forma de agresividad emocional que incrementa sustancialmente las posibilidades de tener una respuesta defensiva-agresiva.

Cuanto más conocemos a la otra parte, más nos sentimos en el derecho de evaluar su comportamiento. También hay que tener mucho cuidado con palabras que son diagnósticos y que a menudo se confunden con emociones y que más bien definen más a la persona que a su comportamiento. Me “siento” incomprendido, usado, intimidado, manipulado, rechazado, ignorado, juzgado, traicionado o criticado son algunas de estas expresiones. Estas palabras hablan más de la interpretación del comportamiento que específicamente de la propia conducta.

Nos han educado para que no solo tengamos tolerancia hacia la violencia, incluso en esta sociedad se llega a entender como algo entretenido o divertido. La política y la religión llevan cultivando la idea de que hay un verdadero y un falso, un correcto y un incorrecto. Durante siglos han hecho buen uso de la culpabilidad y del “divide y vencerás”. Nos han entrenado para que solo vemos la imagen de nuestro enemigo. No logramos ver la diferencia entre una opinión y un hecho, tanto a nivel individual, a nivel social, a nivel nacional y a nivel global. Eso oscurece la realidad, no vemos el comportamiento.

Puede parecer sencillo, pero ya lo dijo el filósofo Krishnamurti “observar sin evaluar es la forma más alta de inteligencia humana”.

Dadas estas circunstancias la próxima vez que alguien te hable desde la ira, te insulte, te trate con desprecio, piensa que simplemente está utilizando “trágicas expresiones suicidas de ‘por favor’” como las define el propio Marshall.

¿Cuál es la fórmula mágica para lograr conectar cuando existe un contexto de tal violencia? La empatía. Si logras leer entre líneas y ver qué necesidad se esconde detrás de esa violencia y se la comunicas, aún hay una oportunidad para conectar.

Roserberg recalca la importancia de que la conexión se produzca motivada únicamente por un deseo sincero de dar donde el amor es el motor del comportamiento. Si nuestro comportamiento lo motiva un sentido del deber, el miedo a que nos abandonen, la culpabilidad, o cualquier sentimiento que difiere del amor, la entrega nos es más que una condena que castiga al que da y al que recibe.

Ha sido todo un regalo ver de forma tan clara lo poco práctico que resulta evaluar el comportamiento de los demás en términos de incorrección. Aprender a observar la conducta específica que está bloqueando la satisfacción de una necesidad sin que sea preciso el juicio, y lograr entrever el “por favor” que se esconde detrás de cada crítica a mi comportamiento son, por tanto, las claves de la comunicación no violenta.

Responsabilidad

Responsabilidad, del latín responsum, es la habilidad de responder. ¿De qué? ¿Ante quién? En lo que a mí respecta se vincula con el cultivo de una serie de comportamientos que atienden a mis necesidades físicas, emocionales y espirituales. Parte de un proceso reflexivo donde me es posible identificar mis necesidades de forma independiente sin el filtro moral y social de mi contexto. De alguna manera ser responsable es aceptar el reto que supone asumir que voy a ser capaz de cuidarme con efectividad y afectividad el resto de mi vida.

Las necesidades físicas son las relacionadas con mi supervivencia. Estos instintos están ubicados en la parte posterior de nuestro cerebro, en una zona llamada cerebelo o cerebro reptiliano. Responden esencialmente a nuestra necesidad de seguridad. Se trata de impulsos primarios relacionados con la alimentación, la sexualidad, el cobijo, las relaciones sociales…

Me parece muy irónico que en un contexto donde se puede decir que nuestra vida ha dejado de correr peligro, esta zona siga controlando en gran medida la mayor parte de nuestras motivaciones vitales.

En lo relativo a las necesidades físicas cabe mencionar la importancia de realizar ejercicio con cierta regularidad. La ciencia ha demostrado que veinte minutos de deporte tres veces a la semana son suficientes. Hace tiempo escuché algo a Tal Ben Shahar en este sentido que me pareció revelador. Comentaba que practicar esta cantidad mínima de actividad física era una condición indispensable para aceptar en terapia a un nuevo paciente. Desde su punto de vista no es solo que el deporte fuera un antidepresivo natural, sino que el sedentarismo es un potente depresivo. Si lo pensamos la evolución nos ha regalado un cuerpo con una capacidad excepcional. Su potencial es extraordinario. Vivimos una auténtica pandemia de pereza y sedentarismo que tiene un precio social altísimo, no solo en términos del coste de la salud pública, sino sobre todo en lo que a salud emocional se refiere.

Otro aspecto fundamental es la nutrición. Llevo unos 4 años estudiando este campo. De nuevo se puede decir que he estado desconectado de este acto tan íntimo. La comida ha sido más bien una expresión de hedonismo o de huída emocional, que una forma de amor, respeto y respuesta a mis necesidades físicas. No tengo nada en contra de los placeres de la vida y sin duda este, para mí, es uno de ellos. Como de costumbre la clave es el grado de orden que tiene esta actividad en mi vida. El desinterés y la desinformación por lo que comemos es brutal. Es alentadora la nueva tendencia que ha abierto un debate y una profunda reflexión sobre la industria alimenticia.

Hay dos factores que se vinculan con una gestión adecuada de este aspecto: por un lado los beneficios emocionales que fortalecen mi autoestima al respetarme en este sentido. Por otro, cuidar mi alimentación es una garantía para prevenir mi integridad ante la enfermedad. Ya lo dijo Hipócrates en el año IV antes de Cristo: “que la comida sea tu medicina”.

La alimentación merece todo nuestra interés y toda nuestra atención. Tenemos una increíble capacidad de adaptación a nuestro ambiente. Somos máquinas perfectas. No hay mas que ver cómo se llega uno a adaptar ante comportamientos alimenticios totalmente suicidas. Eso no quita que los beneficios de una dieta saludable sean mucho más que encajar en un arquetipo estético. Para mí comer ha sido en ocasiones una fuente de desconexión de mis emociones. Al igual que otro tipo de adiciones son una forma de negación de mí mismo y una auténtica traición a mi cuerpo.

En cuanto a las necesidades emocionales se refiere considero esencial la autoevaluación de los hábitos de pensamiento vinculados a mis procesos cognitivos. Mis sentimientos y mis emociones son un síntoma de mis hábitos de pensamiento. A su vez en mi inconsciente están integrados los programas que se ejecutan de forma automática ante estímulos físicos y emocionales en el ámbito consciente.

De nuevo una de nuestras grandes virtudes puede ser una de las mayores trampas de las que tenemos que ser conscientes: nuestra capacidad de adaptación. Tenemos una increíble capacidad para adoptar estrategias que nos permitan eludir el sufrimiento. Construimos todo un mundo de creencias para compensar las carencias afectivas y emocionales en nuestra niñez. A partir de entonces nuestro sistema de toma de decisiones puede estar limitado por esta circunstancia. Revisar mi desarrollo para evaluar daños, enfrentarme a mis miedos y abrazar mi vulnerabilidad son las formas en las que expreso mi responsabilidad emocional.

La madurez es este estado mental en que soy capaz de permitirme pensar y sentir sin la necesidad de negar mis sentimientos y mi ser, por medio de las adicciones físicas y emocionales. Es una forma de celebrar mi humanidad. Es una conquista donde me doy cuenta de que no tiene sentido seguir huyendo de los miedos que yo mismo he inventado.

¿Ante quién he de responder? Ante mí y ante los demás. En relación al prójimo la correcta gestión de mis emociones se traduce en paz interior, en aceptación de mí mismo y en una celebración de la vida que se proyecta en el bienestar del conjunto. Descubrir y poner en orden mi necesidades es una forma de amor al prójimo.

Por otro lado la madurez emocional y la correcta gestión de los hábitos mentales permite que los acontecimientos más difíciles a los que tenemos que hacer frente no deriven en comportamientos tóxicos o violentos hacia el resto. Responder ante los demás es elegir la honestidad, el amor, la compasión y la gratitud como monedas de cambio.

Por último voy hablar un poco de lo que para mí significa atender a mis necesidades espirituales. Solo una vez que he puesto en orden los aspectos inherentes a mi humanidad me es posible conectar con espacios vinculados a lo que considero divino. Esta es una faceta reservada para aceptar mis limitaciones cognitivas y mi impermanencia física. Es un estado de conciencia pura.

No creo que sea posible llegar a los estados que anhelo sin haber lidiado con toda mi oscuridad. Puedo aproximarme, pero mis miedos no resueltos me encadenan a lo mundano.

Me gustaría recalcar en este punto algo –desde mi punto de vista– importante. En ningún momento estoy hablando de deseos y necesidades. Quiero transmitir la idea de que el responder antes mis necesidades en gran medida tiende a tener bajo control mi deseo.

Me da la sensación de que principalmente el deseo tiene mucho que ver con la negación de mi ser y con el bloqueo de emociones que me hacen sentir malestar. La soledad, la tristeza, la culpabilidad, la vergüenza o la ira son algunos de los síntomas de un sistema de creencias que me hace sentir que no soy capaz de cuidarme o que no soy digno de amor. El deseo nos empuja a un círculo vicioso en que el bienestar siempre viene de lo externo. Dar prioridad a identificar y satisfacer mis necesidades marcará un precedente que eliminará en gran medida el yugo del «quiero». Al menos eso creo..

Vulnerabilidad

Este año he tenido una auténtica revelación. He descubierto que gran parte de mi sufrimiento proviene del sentimiento de no encajar en mi propia idea de perfección. Este excepcional momento se produjo mientras admiraba la belleza de un imponente bosque en pleno otoño. La mayor fuente de belleza que he encontrado es la propia naturaleza. Mientras observaba la armonía de este escenario me di cuenta de que no era preciso que todos los árboles tuvieran una estructura concreta. No era importante que los troncos estuvieran especialmente rectos, ni fueran especialmente altos. Todos y cada uno de ellos eran perfectos a su manera como parte un todo llamado bosque. Incluso los que habían caído al suelo tenían un propósito y alimentaban el suelo que pronto arroparía nueva vida.

Hemos construido muchas creencias colectivas que no son más que la ilusión de que la perfección es posible o deseable a nivel personal. Este es el caldo de cultivo que está generando la mayor pandemia de falta de amor propio que haya existido hasta el momento. Este marco de referencia define un modelo físico, material y emocional que delimita lo que se supone que debería ser. Si no encajo es que no soy lo suficiente, o bien, lo que soy no debe de estar bien. Esta sensación en última instancia degenera en la necesidad de desconectar por medio de distintas adicciones de la sensación de vacío y vergüenza que siento al experimentar que no soy lo suficiente y que me van a rechazar por ello.

En lo que nunca había reparado es que si uso alguna sustancia o conducta para anestesiar las emociones con las que no deseo conectar, por extensión bloqueo el resto de las emociones, entre ellas todas las que me pueden facilitar el bienestar. Las adicciones no inmovilizan emociones de forma selectiva. En este saco no olvidemos incluir toda la química legal que se prescribe en la psiquiatría y para la que parece ser suficiente el cese del sufrimiento en lugar de anhelar la plenitud del individuo.

Toda forma de dependencia química o emocional generalmente lleva consigo un profundo sentimiento de culpa. En el fondo tengo claro que estoy atentando contra mi propia integridad.  Esta última es una poderosa palabra. Hace pocos días escuchaba a la investigadora Brené Brown compartir su propia definición tras su desacuerdo con las existentes. Para ella la integridad se reduce a elegir la el coraje frente al confort, a escoger lo correcto en lugar de lo que es más fácil, rápido o divertido para mi. Tiene que ver con la importancia de poner en práctica mis valores por encima de únicamente profesarlos. En pocas palabras vivir una vida de ejemplo donde no hay espacio para el juicio, ni a uno mismo, ni a los demás.  Lincoln dijo que la disciplina es elegir entre lo que quieres ahora, y lo que de verdad quieres.

¿Para qué estamos aquí? Creo que sin duda parte del sentido de la vida se relaciona con conectar con uno mismo y con los demás. En el proceso de evaluación y crecimiento personal en el que estoy inmerso me he dado cuenta de que la mejor forma de conectar es aceptando, compartiendo y celebrando mi  vulnerabilidad. Crea un espacio de confianza, tolerancia y admite que las limitaciones son inherentes a mi propia naturaleza. Cuando dejo de pretender ser lo que debería ser y me permito ser lo que soy. Es aquí donde empieza el verdadero amor propio.

Estoy tumbando muchos mitos. Toda mi vida he adoptado la certeza de que la vulnerabilidad era un signo de debilidad. Ahora me doy cuenta de que es el mayor síntoma de fortaleza.

Por fin estoy empezando a dejarme ver, con mis limitaciones, con mis miedos y con mis defectos. Lo que soy se esconde detrás de todas mis capas de autosuficiencia. Estoy muy lejos de ser perfecto. Ahora comprendo que no hay ningún problema en ello sino todo lo contrario. Esto requiere coraje, del latín cor, corazón. Para ser uno mismo se requiere mucho corazón.

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