Acupuntura Social

Pequeños cambios, grandes transformaciones.

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Categoría: Psicología

Culpabilidad

La culpabilidad es un sentimiento por el que interpreto un comportamiento propio o ajeno como inadecuado, incorrecto o inaceptable. Se trata de uno de los sentimientos más poderosos y una de las herramientas de manipulación más efectivas que existen.

Sentirme culpable por no ser, no tener o no hacer lo suficiente, suele ser el pilar central sobre el que se articula la creencia de que no soy digno de recibir amor. Esta es la mayor trampa en la que nos podemos ver inmersos: concebir el amor como una moneda de cambio.

Hay en cualquier caso una culpabilidad funcional, y una culpabilidad disfuncional. En la funcional se refleja en mi el sufrimiento que he causado en otro para permitirme comprender las consecuencias de mis actos, y tener la opción tanto de enmendarlos, como de no incurrir en acciones semejantes con la misma persona o con otras.

La culpabilidad disfuncional sin embargo poco tiene que ver con mi impulso natural de no dañar al prójimo, sino con la sensación que tengo de ser inferior en alguna medida. En este pulso para sentirme mejor conmigo mismo suelo recurrir al juicio y a la crítica a terceros como motor que estimula mis centros de placer. A pesar de que en principio pueda existir cierta satisfacción inmediata en criticar a los demás, la realidad es que esta tendencia aumenta progresivamente mi sentimiento de culpa. Como decía Jung todo impulso de rechazo a los demás nos es más que una proyección de nuestras propias limitaciones.

Como comentaba, la culpabilidad puede ser también un gran instrumento de manipulación. Se trata de un sentimiento tremendamente incómodo que por lo general trato de evitar con todos los medios. A menudo prefiero ceder ante los deseos o necesidades del otro aunque entren en conflicto con las mías para evitar entrar en contacto este sentimiento. El victimismo se nutre de la culpabilidad para lograr sus propósitos. Este suele ser el eje central sobre el que giran la relaciones disfuncionales, ya sean en el núcleo familiar, en el trabajo, con los amigos, o en el ámbito de la pareja.

En gran medida reconozco lo que es mejor para mi. No hacerlo, ya sea por pura desidia, o bien porque perezco ante alguno de los innumerables placeres inmediatos que se presentan a mi alcance en el día a día, siempre aumenta mi culpabilidad. Cuando he tomado una decisión, pero no logro tener la disciplina suficiente para acometer las acciones necesarias que implican la consecución de este objetivo, se produce un conflicto interno que potencia que me sienta culpable.

También me suelo sentir culpables cuando mis deseos o mis necesidades entran en conflicto con las de alguien al que quiero. En el amor y la libertad sin embargo es importante  que haya espacio y respeto para que se produzca ese conflicto, y se acepte como una realidad inherente a nuestra humanidad.

De una forma más inconsciente quizá a veces pueda estar usando este sentimiento para alimentar mi adicción al sufrimiento.

No cabe duda de que la mayoría del sufrimiento que voy a experimentar en mi vida es mental. Somos la única especie que se regodea con el pasado de forma tan obsesiva. Mi cerebro no distingue entre la realidad y la imagen mental. La misma química que me induce malestar se repite una y otra vez cuando reiteradamente me castigo cuando he hecho algo que me induce culpabilidad.

¿Qué puedo hacer para salir de estar espiral que me hace despilfarrar esta tremenda cantidad de energía? Perdonar. El perdón es la fórmula mágica que me saca de este eterno bucle. Quizá me tenga que perdonar a mi mismo por haberme rechazado y haber tenido el impulso de ocultar quién soy.  También tener compasión con los demás y perdonar el dolor que me han podido causar. La realidad es que en la raíz del dolor que nos puedan causar suele estar el egoísmo o la ignorancia. La ignorancia es la simple falta de consciencia. El  egoísmo no es más que una ingénua y trágica fórmula para encontrar el amor, la atención y la aceptación que anhelo. Paradójico.

¿Qué es la perfección realmente?

Para mí lo perfecto es algo estático, ¿para qué va a cambiar, si ya es perfecto?

Lo perfecto es algo absoluto que no admite fisuras, no tiene nada que aprender porque ya es perfecto. Lo perfecto no crece, no madura, no tiene nada que celebrar porque ya lo tiene todo. Lo perfecto es impoluto siempre. Lo perfecto no llora, no se enfada, no se parte de risa, no hace el payaso, no caga, no enferma, no coge otro pedacito de chocolate más (mmm, ¡qué rico!), no se traba leyendo en alto, no tiene amigos, no tiene pareja, no encuentra a un igual, no tiene necesidades ni deseos. Lo perfecto no tiene la necesidad de comunicar nada, no necesita de relaciones, no necesita alimentarse, siempre pesa exactamente lo mismo. Lo perfecto cumple todos y cada uno de los requisitos en cualquier circunstancia, gana todos los concursos, aprueba todos los exámenes. Hablamos maravillas de lo que es perfecto, que si es tan perfecto, que si mira cómo hace esto y aquello perfecto. Lo perfecto, además, satisface todas nuestras expectativas, siempre piensa, siente, dice o hace lo que esperamos de él (¡es que es perfecto!). Lo perfecto es perfecto hasta en el último detalle, sin heridas, sin pasado, sin recuerdos, sin familia, sin presente, sin futuro. Lo perfecto, incluso, no muere.

Si lo perfecto representa todo esto, ¿qué demonios estoy tratando de hacer? ¿Por qué deseo algo tan inhumano para mí? ¿Acaso deseo sufrir? ¿Acaso quiero anularme, negar todas las cosas que me hacen humana?

Por lunático que parezca, así es.

Escrito de Caterina de la Portilla para la charla sobre el perfeccionismo:

Perfeccionismo

El perfeccionismo es un mecanismo de defensa disfuncional por el que trato de ganar aceptación, atención, validación y aprecio, por medio del valor que tiene el desempeño de ciertas tareas. Se trata de una forma deshumanización donde niego toda forma de vulnerabilidad.

Este es sin duda uno de mis peores defectos de carácter. Me me ha limitado mucho en muchos aspectos de mi vida. En lo relativo a las relaciones de pareja, este patrón ha bloqueado completamente mi capacidad para amar. He pretendido que mis parejas sean perfectas, y para  ello era necesario que cambiaran. Se trata de una proyección de la creencia de que no soy válido. El amor es aceptación incondicional. No es posible amar y a la vez comunicar que la otra persona no es lo suficiente.

A nivel laboral me ha hecho juzgar duramente las limitaciones de mis compañeros y empleados. Ha bloqueado mi capacidad de empatizar y conectar con la humanidad y con el derecho a equivocarnos y aprender de ello.

A nivel más profundo me he dado cuenta que el perfeccionismo es una herramienta que alimenta mi adicción al sufrimiento. Querer ser o hacer algo perfecto, es en sí mismo un propósito abocado al fracaso. Se trata de un vehículo de mi ego para hacerme daño y validar la idea de que no soy suficiente.

Si algo he aprendido en este largo y tedioso camino de introspección, es que no he de creerme ninguna de las ideas que creo tener de mí mismo. Si de verdad quiero saber en qué estima me tengo, solo he de mirar mi comportamiento, hacia mí, y hacia los demás. No solo cuando estoy en compañía. Lo que soy también es lo que hago cuando nadie me ve. Si me avergüenzo de que alguien pudiera verme haciendo lo que hago en mi intimidad, probablemente no estoy en sintonía con lo que de verdad quiero ser. Esto evidentemente alimenta mi sentimiento de culpabilidad.

Nada por tanto es lo que parece. La idealización de los falsos ídolos que proliferan en Internet no es más que un mecanismo que valida la idea de que somos defectuosos, incompletos o inadecuados. Se trata de una forma de tortura contemporánea que nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y con nuestra vida.

Hace poco un buen amigo decía que el dolor se produce cuando tengo una doble agenda: si proyecto un propósito que comparto con los demás pero a escondidas tengo intereses ocultos que generan una falta de coherencia entre lo que digo ser, y lo que soy en realidad,  está disonancia provoca sufrimiento de manera ineludible.

He dejado de querer ser perfecto. Ahora celebro mi vulnerabilidad y mis defectos como la mayor herramienta para conectar conmigo y con los demás. He dejado de castigarme consumiendo redes sociales que alimentaban la idea de que me faltaba algo. Tengo y soy todo lo que necesito.

Vivimos en un sistema que se nutre de nuestro propio vacío existencial. La propaganda contemporánea se ha sofisticado hasta niveles muy sutiles, pero muy poderosos. Pero la verdad siempre encuentra una brecha. El amor siempre se abre camino. Celebra lo que en realidad eres: una expresión del poder y de la inteligencia del universo. Nada más. Nada menos.

Emociones Vs Sentimientos

Emoción, del latín emotĭo, -ōnis,  el impulso que induce la acción. Sentimiento, del latín sentire, oír, vinculado a la raíz indoeuropea sent, ir adelante, tomar una dirección.

La emoción es el movimiento químico interno como resultado de un conjunto de pensamientos que nos hace experimentar una sensación corporal específica. El sentimiento es la valoración o la etiqueta que ponemos a esa emoción. Mis emociones son los nutrientes que riegan mis sentimientos, que no son más que interpretaciones de mis circunstancias.

En un contexto donde nos sentimos inadecuados, inseguros o hemos sido víctimas de dosis relevantes de agresividad física o psicológica, uno de los mecanismos de defensa más comunes es desconectarnos de nuestras emociones. Es un mecanismo efectivo pero que tiene un alto precio: desligarnos de nuestra humanidad.

No podía imaginar la importancia que tienen las emociones a la hora de comprender quién soy. Se trata de una herramienta que facilita reconocer mis tendencias de pensamiento, y en última instancia mis creencias centrales y secundarias. Son el mapa con el que me es posible comprender todas las mentiras que me he contado.

Los pensamientos son el eje central de este motor cognitivo. En la última fase de mi transformación personal uno de los puntos de inflexión más importantes ha sido despertar de la ilusión de que soy mi mente. Estaba tan identificado con mi pensamiento que he creído ser las cosas que sabía . Sin duda es una herramienta muy útil, cuando no es más que eso, una herramienta. Si dejamos que lidere el barco es muy fácil que el miedo gobierne nuestra vida. Esto tiene además una explicación evolutiva muy clara. La prioridad para nuestra mente es nuestra integridad física…nuestra supervivencia. El dolor emocional no es un elemento nada práctico para la mente ya que nos paraliza en gran medida. Pero somos mucho más que nuestra mente. Sin duda es el enemigo más poderoso al que jamás vamos a tener que hacer frente. Esa es la lucha más importante que tenemos que librar en nuestras vidas.

Lo más importante para mi ha sido entender por tanto que no hay emociones malas ni buenas. Permitirme conectar con mis sentimientos, contemplar con curiosidad mis emociones, me permite ver quién soy y qué necesito. El pánico a ver quién soy, qué necesito y cómo me siento hace que viva en un mentira tremenda y en el sumidero de la consciencia.

Si quieres emprender este viaje has de empezar por observar qué utilizas para desconectar de ti mismo. ¿Cómo escapas de esas sensaciones que evitas? ¿Qué anestesias usas? ¿Las compras?¿La comida?¿El sexo? ¿La procrastinación? ¿Las redes sociales? ¿Las drogas?¿El control?¿La codependencia? ¿Qué utilizas para evitar sentirte vulnerable? El primer ejercicio es un trabajo de honestidad con uno mismo.

No digo que sea fácil. Domesticar un ego que lleva descontrolado toda una vida, a esa voz que te habla con desprecio para intimidarte y tener el control sobre ti, no va a ser sencillo. Pero recuerda que tú no eres esa voz, tu eres el que decide escucharla, y darle el espacio que desees. La meditación es una forma de hacer las paces con esa vocecilla. Al principio la despreciaba y me hacía conectar con la frustración e incluso la ira. Pero pronto aprendí que es una parte de mi. Ahora me relaciono con ella de una forma más amorosa. Le pido espacio, respeto y silencio cuando lo necesito. No es más que la esencia de nuestros instintos primarios.

En cuanto a las emociones, he pasado de estar bien o mal, a tener un crisol de matices que me hacen sentir en una constante montaña rusa. Requiere un gran trabajo identificar emociones y sobre todo dar espacio a todas aquellas de las que he tratado tanto tiempo de huir: la soledad, la tristeza, la vergüenza, la impotencia, la inseguridad, el miedo al abandono… Poco a poco voy evaluando todos esos pensamientos automáticos. Ahora cuestiono la veracidad de lo que me digo. Observo con mucho cuidado mis pensamientos para lograr destripar las estrategias de control de mi ego. 

Las emociones son el viento que impulsa nuestra nave. Los sentimientos el timón. Los pensamientos las velas. Evitar tus emociones te hace permanecer inmóvil. Dicen que el viento nunca sopla a favor de las personas que nos saben a dónde van. ¿hacia dónde te diriges?

Amor propio VS Autoestima

En ocasiones aprendemos algo que nos cambia por dentro. La semana pasada he tenido uno de esos momentos en los que  alguien te enseña algo importante. En este caso se trata de la diferencia entre el amor propio y la autoestima. Para mi no había ninguna diferencia entre estos dos conceptos. Pero la hay, y mucha.

Creo que para la mayoría la autoestima es la confianza que profesamos en el valor que tiene lo que somos. Esta seguridad suele vincularse a nuestro aspecto físico, a nuestra inteligencia, a nuestra profesión, a nuestro carisma, a nuestra creatividad o incluso con nuestra capacidad adquisitiva. Es más, el materialismo es una de las monedas de cambio más comunes para obtener autoestima express en nuestra sociedad.

El amor propio sin embargo es algo mucho más profundo. Se trata de aceptarnos tal y como somos de forma incondicional sin que exista ninguna necesidad de esconder ni desconectar de nuestro ser. Nuestro valor se desliga de nuestras circunstancias. Es un sentimiento de libertad por el que nos sentimos capaces de cuidarnos, de responsabilizarnos de nosotros, y de ser dignos de amor y de felicidad. Es un compromiso donde nos mueve un deseo sincero por darnos amor a nosotros y a los demás. Es un proceso en el que nos es posible fluir sin miedo y conectar con el prójimo con honestidad y una generosidad genuina. Es un nivel de consciencia donde hemos hallado la fórmula para servir a los demás.

Por tanto se puede tener una gran autoestima y que esto no implique ningún tipo de amor propio. Sin embargo el amor propio sí implica de forma inherente la autoestima. Vivimos en la sociedad de los sucedáneos. Perecemos ante el camino más corto, divertido, cómodo o placentero. El amor propio conlleva generalmente un incómodo proceso de introspección y autoanálisis que pocos están dispuestos a emprender. Preferimos comprar esa blusa o esos pantalones que nos quedan tan bien.

El concepto de autoestima para mi ha cambiado en los últimos meses. Ahora se centra por un lado en la confianza en que voy a ser capaz de lidiar con la vida efectividad y afectividad hacia mi, y ser capaz de aprender con lo que me acontezca.  Por otro se relaciona con la humildad para saber cuándo necesito pedir ayuda a los demás. Mi enfermiza autosuficiencia me ha limitado muchísimo. Mi falta de humildad me ha hecho sufrir de forma innecesaria. Ahora es un regalo maravilloso contar con una red de apoyo que me ayuda a poder identificar el sano juicio cuando solo no me es posible vislumbrarlo.

Un buen amigo reflexionaba sobre el concepto del amor propio. Se planteaba creo que con cierta ironía qué sería lo contrario ¿el amor ajeno? Y con esta pequeña reflexión me di cuenta de que no existe tal cosa. Solo podemos experimentar nuestro amor. Podemos reflejar el amor que otros nos profesan, pero el amor siempre es algo que emana de nuestro ser. Si no sabemos amarnos, no nos es posible amar. Cuando hay amor propio no hay apego, ni dependencia. Amar deja de ser un trueque.

Probablemente es el objetivo más ambicioso y complejo al que puedo aspirar en mi existencia. En cualquier caso me ha sido revelador identificar que mi gran anhelo no es como pensaba fortalecer mi autoestima, sino aprender a amarme.

 

Victimismo

El victimismo es un trastorno de la personalidad donde el enfermo mental integra la creencia de que es impotente ante las constantes circunstancias desfavorables que le acontecen. Se trata de una estrategia de manipulación por la cual la “víctima” demanda atención, cuidado y afecto por medio de la compasión que despierta en el prójimo. Se trata de una forma de violencia donde se fuerza a otros a ocuparse de la vulnerabilidad del afectado.

Es muy importante diferenciar cuando una persona ha sido víctima de una agresión física o emocional en una situación de impotencia real concreta, y cuando se utiliza un contexto específico de debilidad para instalarse en una posición existencial donde se produce una distorsión paranoide constante. Se trata de una patología tan común que a menudo la tratamos con cierta frivolidad sin tener en consideración el sufrimiento que genera tanto a los enfermos como a las personas más cercanas.

Al igual que la mayoría de los trastornos mentales en la raíz del victimismo se esconde un pánico al abandono y la sensación de no ser digno de amor. Ante esta creencia central se acepta atención vinculada a la empatía o la pena como sustituto del amor. Esta distorsión pesimista de la realidad es una forma de invalidez emocional que bloquea el florecimiento de relaciones afectivas sanas basadas en el amor.

Este tipo de hábitos emocionales y comportamentales tienen muchas ventajas para el enfermo. Se trata de una fórmula que exime a la persona de hacerse responsable de sí misma y donde además se anula cualquier capacidad de autocrítica. El crecimiento personal se fundamenta en gran medida en esta habilidad, por lo que esta enfermedad conlleva un freno en la evolución emocional y la llegada de la madurez.

El victimista no pide directamente lo que necesita y generalmente muestra una gran resistencia a la crítica externa. Tampoco escatima en medios para conseguir la atención que anhela y por ejemplo es capaz de usar la salud como vehículo de extorsión psíquica. El uso de la culpabilidad como motor de manipulación es característico de estas patologías. La persona victimista necesita crear constantemente supuestos agresores que validen el pesimismo vital en el que se ha instalado. Existe por tanto un constante juicio moral de las personas y los comportamientos que afectan de forma directa o indirecta a estos individuos.

Esta estrategia de manipulación establece una relación de codependencia disfuncional. Esta tendencia emocional tóxica únicamente se prolonga temporalmente en la medida que se obtienen beneficios.

Sería del todo desacertado hacer un juicio moral de este tipo de comportamientos ya que como en cualquier otro tipo de estrategias compensatorias el enfermo se siente incapaz de hacer frente al sufrimiento que está experimentando y no tiene el grado de madurez para interpretar y reaccionar de forma sana en relación contexto que le acontece. Gran parte de los comportamientos disfuncionales se generan de forma inconsciente y están fuera del control del enfermo. En cualquier caso se trata de una enfermedad que requiere del pertinente tratamiento psicológico.

Las relaciones afectivas que se cultiva con las personas victimistas pueden ser muy dañinas. Los círculos familiares más cercanos se convierten en agresores recurrentes en los que el enfermo proyecta su falta de responsabilidad. La respuesta más habitual de los círculos de afecto de las personas victimistas es acumular una gran resentimiento y un gran rechazo ante este tipo de actitudes vitales. En este tipo de contextos se genera una encrucijada moral donde el comportamiento está condicionado por un sentido del deber que esconde la incapacidad para gestionar el sentimiento de culpabilidad que nos genera el rechazo de este tipo de conductas. Se trata por tanto una forma de violencia pasivo-agresiva donde es habitual la confrontación y las actitudes defensivas de ambas partes.

La adicción al sufrimiento es inherente a la patología victimista. Sentirse en una constante agresión provoca malestar emocional y degradación física acelerada. Esta adicción al drama dirige la atención hacia los pensamientos de escasez, tristeza, desconexión y desilusión por la vida.

El victimismo por tanto no es tan solo una actitud, sino una enfermedad mental grave que necesita ser diagnosticada y tratada por un terapeuta. En situaciones donde ha existido una exposición prolongada a este tipo de enfermedades también será recomendable tratamiento psicológico ya que lo normal es que para compensar ambientes de gran toxicidad se desarrollen mecanismos de defensa disfuncionales que nos protejan de esta violencia. La tendencia al control es una de las estrategias compensatorias más usuales ante el victimismo.

¿Cómo relacionarnos con las personas victimistas? Es esencial tratar de comunicar de forma amorosa la importancia del tratamiento psicológico para lidiar con esta patología. Vamos a encontrar como hemos dicho muchísima resistencia a siquiera que el enfermo considere que esta posibilidad. Cuando se trata de una estrategia que se ha usado toda una vida el enfermo se convierte en la propia enfermedad y es muy difícil que reaccione.

En estos casos es necesario establecer límites para que la enfermedad no afecte nuestra propia salud mental. Para ello será relevante limitar el tiempo que nos exponemos a sus síntomas. Otra estrategia se puede vincular a que la comunicación con estas personas se limite a un intercambio de información vinculada únicamente a las experiencias positivas y al aprecio y la gratitud de eventos vitales. Para ello debemos cortar la comunicación cuando se comience a dar espacio al lamento. El victimismo necesita una audiencia, si nos negamos a continuar siendo espectadores esta la patología pierde su sentido en gran medida.

Me gustaría concluir con una última reflexión. Como he mencionado bien es cierto que en el victimismo hay grandes dosis de violencia emocional. Todo ser tiene la tendencia de defenderse ante un ataque. Personalmente creo que la clave para lidiar con este tipo de conductas es transformar la interpretación que damos a esta enfermedad, y en lugar de ver un ataque y que nos sintamos en la necesidad de defendernos, veamos ese ruego suicida que reclama el amor que se anhela. Para ello debemos primero perdonar todo el daño que se nos ha infligido y perdonarnos el haber permanecido expuestos a estas agresiones sin haber reaccionado de forma sana y madura.

Compasión

La compasión es una habilidad que sirve, por un lado, para identificar el origen de una limitación emocional, física o espiritual que produce malestar en uno mismo o en el prójimo, y por otro, para responder con un comportamiento que mitigue en cierta forma ese sufrimiento.

Por tanto tiene tres dimensiones: una emocional (te siento), una cognitiva (te comprendo) y una motivacional (te ayudo). En occidente se tiende a asociar la compasión simplemente con la empatía hacia situaciones relacionadas con el dolor ajeno. Sin embargo la compasión es también una forma de identificar, aceptar y perdonar  la naturaleza de nuestros errores, y fortalecer la confianza y el compromiso con una transformación personal.

Es una forma de purgar nuestro espíritu y soltar la culpabilidad y el malestar vinculados a un comportamiento o a una decisión pasada que facilita no tener que seguir arrastrando un dolor innecesario. Somos la única especie que tiene una enfermiza tendencia a reproducir mentalmente una y otra vez situaciones dolorosas. A este fenómeno se le denomina “rumiar” pensamientos. Las mujeres tienen una tendencia más pronunciada hacia este tipo de hábitos mentales, lo que las hace estadísticamente más vulnerables a la depresión. En este aspecto es importantísimo tener una idea bien clara: nuestro cerebro no distingue entre la realidad y la ficción. No es posible distinguir si la actividad de un cerebro se vincula a una situación en la vida real, o una recreación mental del mismo evento. La actividad eléctrica en el cerebro es básicamente la misma y la segregación hormonal idéntica. Por tanto los bucles de pensamiento conectados a situaciones dolorosas nos producen exactamente el mismo malestar que la experiencia en origen.

Es importante es este punto realizar un apunte en este sentido. Una gran número de adicciones se asocian a emociones específicas. Es posible por ejemplo ser adicto al sufrimiento. Para ello sólo tenemos que hacer uso de pensamientos asociados con el miedo, la escasez, la tristeza, la desconexión o el odio a uno mismo o a los demás. Mucho cuidado con la sutilidad hacia estas dependencias. Revisa con mucho ojo tus pensamientos automáticos.

La evolución nos ha dotado de un cerebro con un sotifisticado sistema para mimetizar los sentimientos que vemos experimentar a otros. Este fenómeno de espejo nos ayuda a conectar con los demás e identificar sus necesidades. Hay que tener mucho cuidado de no confundir la compasión con el control. ¿Cómo diferenciarlos? En el control la ayuda se produce con el propósito de que el otro me necesite, me valore, o bien para evitar tomar responsabilidad y consciencia de mis propias necesidades. Se trata de una forma de manipulación en lugar de un vehículo para el amor.

La compasión es una fuerza tremendamente poderosa. Genera bienestar tanto cuando se proyecta hacia los demás, como cuando se autoadministra. En uno de los estudios de neurociencia más importantes que se han realizado hasta el momento –en diversos laboratorios en Madison, Wisconsin, Princeton, Harvard, Berkeley, y ahora en Zurich y Austria– se detectó que la mayor sensación de bienestar y felicidad registrada  se asocia a la actividad cerebral en el lóbulo frontal derecho cuando se realiza una meditación asociada a la compasión. Esta práctica por tanto es el elixir definitivo de la felicidad ¿Entonces por qué no la practicamos más?

Creo que tiene que ver con el potente mensaje que tanto los medios de comunicación como la publicidad nos repiten reiterativamente. Por un lado los anuncios no paran de incidir en la misma idea: no eres lo suficiente. Cuando tengas ese coche, te ligues a esa chica, uses ese perfume…serás y tendrás lo necesario para ser feliz. Evidentemente nuestras necesidades se vinculan  más a lo interno que a lo externo, pero compramos esta ilusión para evitar enfrentarnos a un trabajo personal que sería mucho más incómodo.

¿Qué hay de los medios de comunicación? El núcleo de su propaganda siempre ha estado en la misma idea: estás en peligro…el mundo es un lugar peligroso. Si nos dejamos influenciar y sugestionar por estas ideas viviremos conectados a un estrés que se cronificará a lo largo de nuestras vidas. En este contexto se conectan nuestros instintos primarios donde nuestra propia supervivencia prevalece sobre la del bien común.

Ya decía Göbbels que si repites una mentira mil veces se convierte en una verdad. Este es el mayor engaño jamás perpetrado. Si miras las estadística todos los principales indicadores muestran que el mundo progresa satisfactoriamente. ¿No me crees? Te dejo un poco de ciencia y un poco de estadística al respecto pinchando aquí.

Esta es la trampa. El único “peligro” que existe hoy en día es que despertemos de esta ilusión y vivamos todos como hermanos. No es comunismo, es cultivar y potenciar nuestro instinto por compartir y conectar con el prójimo. Ya lo hacemos cada día en otra escala y sabemos de buena tinta que se siente de maravilla.

En otro estudio se demostró que ver actos compasivos en el prójimo nos motiva a proceder de igual forma. La psicología positiva ha comprobado que introducir actos de generosidad espontánea de forma recurrente en nuestras vidas incrementa de forma sustancial nuestro grado de felicidad. Dar sin esperar nada a cambio, y quizá sin que siquiera se conozca la titularidad de estos gestos, refuerza nuestra autoestima y da cierto sentido y propósito a la vida.

La ingente cantidad de impactos asociados al sufrimiento ajeno ha insensibilizado y en cierta medida creo que atrofiado nuestra capacidad no solo para sentir, sino para actuar por los demás. Creo que existe una disociación entre las imágenes que vemos y el sentimiento que nos producen. Quizá sea una estrategia de supervivencia emocional. Tal vez el estrés de nuevo.

Conviene recordar por tanto el inmenso poder que tienen los medios de comunicación. Las creencias son el verdadero núcleo de control de la población. Esto no es nuevo, pero conviene recordarlo. En lo que a mí respecta desde hace muchísimo tiempo ni leo ni veo absolutamente ningún medio de comunicación. Tomé consciencia y la firme decisión de no alimentar mis días ni con miedo ni con odio.

No estás en peligro. No necesitas nada. Ya eres un ser completo. En todo caso necesitas soltar un poco de lastre para que tu conciencia alce el vuelo. Perdona. Perdónate. Es el gesto más práctico que existe. Y ahora ya lo sabes, la compasión es el verdadero secreto.

El Ministerio del Amor

A pesar de que quizá es la palabra más importante que existe, nos cuesta mucho hablar del amor. ¿Qué es? ¿Cómo funciona?  La falta de amor es la raíz de toda forma de sufrimiento y de la inmensa mayoría de los trastornos mentales. ¿Por qué no hablamos del significado del amor? ¿Por qué nos avergüenza abordar una cuestión tan importante? ¿No sería relevante llegar a un consenso en cuanto a su significado?

A pesar de que todos tenemos una idea de lo que el amor es para nosotros, se trata de una necesidad que se interpreta de muchísimas formas. El amor se confunde a menudo con el deseo, con la atracción, con la admiración, con el apego

El amor no es un sentimiento, se parece más a un comportamiento. Para mí es una forma de energía con la que nos podemos conectar cuando vibramos en una frecuencia específica. ¿Cuál? La que proviene de la conexión con nuestro ser, con nuestro prójimo y con nuestro entorno. Amamos cuando no juzgamos, cuando damos de corazón sin esperar nada a cambio, cuando simplemente centramos toda nuestra atención en escuchar, en comprender, simplemente en estar para los otros.

Conectar con nuestro ser quizá sea el mayor reto. Nos aterra estar con nosotros. Nos da pánico quedarnos a solas con nuestro “monstruo” interior. Por eso echamos mano de cualquier forma de evasión, desconexión o distracción para evitar ese encuentro. Pero sin darnos cuenta estamos negando y repudiando lo que somos. Lo más curioso es que cuando dejamos de huir de nuestros miedos y empezamos a encender luces internas, aquel monstruo no aparece porque nunca estuvo ahí.

El amor es respeto. Es un encuentro con nuestro propósito en la vida. Poco o nada tiene que ver con lo que hacemos, y mucho con el nivel de consciencia que hemos adquirido. Es estar sintonizado con esa frecuencia donde la generosidad, la comprensión, la compasión y la alegría pueden resonar, no solo para los que comparten nuestras ideas, nuestra raza, nuestra religión, nuestro estrato social, sino para todos y cada uno de los seres que existen. Si hay egoísmo, no hay amor. Si hay miedo, no hay amor.

El amor es la confianza en que nada debería ser de otra manera. Es el deseo de que todos los seres prosperen. Es vivir en el “¿Qué tengo que ofrecer?” y no en el “¿Qué puedo sacar?”. Es un sentimiento profundo y sincero donde se proyecta el deseo por una evolución emocional, física y espiritual de todos los hombres sin excepción. Es un victoria ante los miedos que nosotros mismos hemos creado.

Hablamos de política, de economía, de fútbol, del tiempo…pero no hablamos del amor. Es trágico. Permitimos que los adolescentes confundan el amor con la ansiedad que experimentan al sentir “esas mariposas en el estómago”. Confundimos el amor con la necesidad de control de personas y emociones. Mezclamos churras con meninas mientras esa gloriosa fuente de energía – que no es más que un reencuentro con nuestro propio origen – espera a que nos reconectemos.

En relación al amor romántico nos han vendido muchas patrañas. Entre ellas que el amor es encontrar a esa persona que te complementa, que es una búsqueda para encontrar esa pieza que te falta y que completará el mecanismo de la felicidad definitiva. No te creas esos cuentos y termina tú mismo tu puzzle. No necesitas a nadie, y además si no lo completas no podrás estar preparado para dar lo que el verdadero amor requiere. Si tu bienestar depende de otra persona, no eres más que un parásito.

Hace poco vi una espectacular charla sobre los logros de Bután al haber introducido el índice de felicidad bruta en el centro de sus decisiones de gobierno. Esta idea ha inspirado un cambio radical que inspira al planeta. ¿Por qué no un Ministerio del Amor? ¿No sería estupendo que se invirtiera en potenciar el derecho y la obligación de amarse a uno mismo y a los demás? ¿Es más importante un Ministerio de Economía que un Ministerio del Amor? Personalmente creo que fomentaría muchísimo más la productividad y la creatividad.

Los principales líderes espirituales de todas y cada una de las culturas han comunicado un mismo mensaje de unidad y amor. Es el mensaje que más ha calado en nuestra humanidad. Es momento de replantear prioridades y dejarnos de pamplinas. El amor es un tema muy serio. ¿Qué importancia tiene en tu vida? ¿Cuándo hablaste por última vez de lo que significa para ti? Te animo con todo mi corazón a que te hagas el amor.

Felicidad

La felicidad (del latín felicitas, a su vez de felix, «colmado de suerte o fortuna»). Su propia etimología pone en evidencia la idea, desde mi punto de vista del todo errónea, de que la felicidad tiene que ver con un contexto propicio, en lugar de una actitud vital.

Hay una persona que me ha ayudado a comprender qué es la felicidad. Se trata del monje budista Mathieu Richard. Define la felicidad como “Una serenidad, un sentimiento de realización, un estado que impregna y subyace en el resto de los estados emocionales, en todas las alegrías y penas que aparecen en el camino».

A pesar de que la felicidad es algo que todos anhelamos, creo que hay mucha confusión a la hora de definir algo tan importante. En occidente, creo que por inercia, pensamos que seremos felices si llegamos a “tener todo lo que necesitamos”. Por tanto se externalizan los elementos necesarios para nuestro bienestar.

Por otro lado, y en una sociedad predominantemente materialista, se equipara la felicidad con el placer. Hemos aceptado esta ilusión. Creo que son cosas muy diferentes. El placer, a diferencia de la felicidad, no es una constante. Se trata de picos hormonales que estimulan nuestro cerebro por medio de “chutes” de dopamina, serotonina y endorfinas. Torrentes químicos que riegan nuestro sistema y que proporcionan una intensa sensación de bienestar.

La realidad es que son solo eso, instantes de placer. En un abrir y cerrar de ojos necesitamos la siguiente dosis. En este sentido aparece un término psicológico que me encanta: hedonismo adaptativo. Es un fenómeno por el cual la intensidad de las hormonas relacionadas con el placer que se producen cuando realizamos una actividad que estimula nuestros centros de recompensa, baja drásticamente en un corto espacio de tiempo. Si comieras tu plato favorito cada día, pronto acabarías aborreciéndolo. Por tanto, si piensas que ese trabajo, ese coche, esa casa, ese viaje, esa relación, esa cosa, te va a hacer feliz para siempre, te equivocas. De nuevo veo en este sistema toda una moraleja que nos indica que el bienestar ha de partir del interior, que se encuentra en el sentimiento de unicidad.

Identificar la felicidad con el hedonismo te lleva a una espiral interminable de insatisfacciónNo voy a negar que hay un grado de influencia en nuestro bienestar relacionado con nuestro contexto material. Pero la realidad es que hay personas que supuestamente lo tienen todo en este sentido, y se sienten tremendamente insatisfechas. Hay otras, sin embargo, que con recursos muy limitados proyectan una ilusión y unas ganas de vivir excepcionales.

Como decía para mí la felicidad es un rango. Es insustancial plantearse la pregunta ¿soy feliz? No hay una respuesta. Se trata de un nivel y siempre podemos incrementarlo.

En cuanto al sentimiento de realización, creo que se relaciona con sentirse útil para los demás de alguna manera. Es solo eso, una sensación, y no depende de la actividad que se desarrolle, sino de cómo se entienda que favorece al bienestar de otros.

Quizá tenga que ver con encontrar una motivación vital, un propósito que dé sentido a mi vida. Picasso dijo: “el sentido de la vida es encontrar tu talento, el propósito de la vida es entregárselo al resto”.

La verdad es que pienso que es una idea bastante “romántica” que puede generar mucha angustia a todos lo que no tengan la suerte de haber recibido esa “llamada”. Creo que con una buena actitud, uno se puede sentir útil para los demás desarrollando absolutamente cualquier profesión. Somos un punto energético en una marea sensorial. Nuestra vibración, nuestra energía, alimenta para bien o para mal al resto de personas que interactúan con nosotros. Siempre podemos elegir servir a los demás con ilusión. No es una cuestión de aptitud, sino de actitud.

Pero vivimos en una sociedad donde la presión está muy presente en un modelo donde la competitividad es protagonista. No se tiene en cuenta ni se celebra que seamos seres únicos. Me parece más bien un modelo abocado a adoctrinarnos, a convertirnos en dóciles entes productivos que se adaptan a un sistema rígido lleno de reglas.

Es curioso, la palabra “competición” proviene de Grecia. Consistía en un juego que motivaba a los corredores a ser mejores. Esa hermosa idea, que entendía la superación personal como un juego, se ha desvirtuado totalmente.

Hay un factor hormonal que no se suele tener en cuenta. Tener una vocación o una pasión concreta significa invertir una cantidad ingente de horas desarrollando esa actividadLa excelencia viene de la mano de la repetición. Sin embargo hay un patrón hormonal que hace que algunos individuos no encuentren satisfactorio dedicarse exclusivamente a una tarea. No es una cuestión de preferencias personales, es algo  relacionado exclusivamente con una tendencia química. En este tipo de personas se ha detectado que los niveles de dopamina bajan drásticamente cuando no se exponen constantemente a diferentes tipos de aprendizaje. Si eres una de esas personas a las que no les gusta exclusivamente una cosa, no te castigues, quizá estés predestinado a desarrollar más de una capacidad.

Hemos vertebrado una cultura que presupone que alcanzar la excelencia en lo que hacemos debe ser nuestro principal objetivo. Debemos elegir una tarea y desarrollarla hasta alcanzar nuestro máximo potencial. Estas ideas de perfeccionismo son del todo tóxicas. Creo que es mucho más importante que la vida no sea una carrera, sino un agradable paseo. Que nuestra profesión sea una forma de juego, y no un pulso para medir nuestra valía.

Otro elemento clave parece ser la calidad de nuestras relaciones personales. Conectar con los demás nos hace sentir bien. Tener una red de afecto donde nos podamos sentir libres, expresar aprecio, crecer y compartir. La psicología positiva hace especial hincapié en este factor. El sentimiento de pertenencia, el sentir que se nos tiene en cuenta en la toma de decisiones, es vital para nuestro bienestar. En este sentido, y en relación a nuestros mayores, creo que hacemos muchísimo daño psicológico al considerar que dejan de ser útiles por el mero hecho de no seguir encajando en los ciclos de productividad. Es todo un síntoma de una civilización poco compasiva por un lado, y además bastante ignorante. Aprovechar su sabiduría y escuchar lo que tienen que decir y enseñar es un regalo que les hacemos a ellos y a nosotros.  Es un forma de ayudarles a que sientan que su vida aún tiene un propósito: transmitir su experiencia.

La felicidad también tiene que ver indudablemente con el altruismo. ¿Por qué? Para empezar, si doy algo a los demás, me estoy enviando varios mensajes. El primero, que tengo algo que ofrecer, por tanto me digo que tengo valor. Cuando hago algo por alguien sin esperar nada a cambio, me estoy diciendo que soy una buena persona. Es una forma de conectar conmigo mismo y con los demás. Quizá lo que tenga que ofrecer sea un poco de paciencia, una sonrisa, un abrazo, una disculpa, un ‘gracias’. Siempre hay algo que puedo decidir ofrecer. Todo suma. Que no te importe la sutilidad del acto. Además no te olvides de tí. Ofrécete cosas. Cultiva buenos hábitos que emitirán un mensaje claro: me quiero, me aprecio.

Matt Killingsworth, desarrolló un estudio en el que, por medio de una app, se analizaba qué hábitos hacían sentir mejor a las personas. Los mayores niveles de felicidad se detectaron cuando las personas sentían que estaban “presentes” en el momento. Cuando dejaban a un lado los saltos hacia el pasado y hacia el futuro, cuando se centraban en aquello que tenían frente a sus ojos. Recientemente he encontrado en este hábito una fuente de felicidad excepcional. He dejado de empeñarme en controlar lo externo. Me he desprendido de la ilusión de que tengo esa capacidad. Simplemente tengo confianza en que lo que llegue me va a permitir seguir creciendo. Me dedico a cultivar la atención en el ahora. Además ejercito la compasión, la gratitud, la felicidad, el humor y, en general, el amor, cada día. Como dice Mathieu, “el entrenamiento emocional va a determinar cada instante de mi vida y va a condicionar la calidad de mi experiencia”. Considero que la serenidad procede en gran medida de la decisión de pararse en seco en la carrera del «tengo», el «debo» y el «quiero».

Rabí Hyman Schachtel en 1954 escribió un libreo llamado «El verdadero placer de vivir». En él sugería que la felicidad no consiste en tener lo que queremos, sino en querer lo que tenemos. Creo que ser feliz es mi mayor responsabilidad. Lo quiera o no, voy a proyectar lo que soy con mi pensamiento y con mi comportamiento. Tenemos mucha más influencia en los demás de lo que imaginamos. Si no encuentro un antídoto para salir de los estados de miedo, angustia, ira,  odio, celos, arrogancia, deseo obsesivo, avaricia…eso es lo que voy a darme a mí y a los demás. Esos estados merman la visión y la consideración que tengo de mí mismo. Si les doy espacio en mi corazón, estoy entrenando mi capacidad para conectar con esas emociones; químicamente estoy engrasando todas las reacciones biológicas que me hacen sentir malestar. 

Me he comprometido a centrarme en mis fortalezas y dejar de una vez de entender la vida como una carrera en la que corregir mis debilidades. Claro que hay que mejorar, pero sin prisa, sin castigarme todo el tiempo. La felicidad quizá sea esa sensación de que progreso. Para mejorar he aceptado que es necesario dejar de tener miedo a cambiar. Estoy aprendiendo lo importante que es equivocarme mucho.   Voy a disfrutar del camino y no proyectar felicidad en ninguna meta futura. Lo que soy ya tiene valor. Decido ser feliz ahora y celebrar esta increíble experiencia que es vivir.

José Ortega y Gasset proclamó la afamada sentencia: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Creo que me ha llegado el momento de ser más yo, y menos mi circunstancia.

 

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Ego

¿Qué es?  Creo que es esa vocecilla interior que me habla. Yo soy el que escucha. Mi espíritu atiende a mi mente. Además no tiene ningún interés en contestar. Se dedica a sentir en sintonía con mi diálogo interior.

Una de mis grandes pasiones es el diseño. Siempre lo ha sido. Mi gran inspiración es la naturaleza. A esta corriente se le denomina biomímesis (de bio, vida y mimesis, imitar). Imitar los mecanismos de la vida. Me parece que no puede haber nada más obvio.

¿Por qué me refiero al biomimetismo? Mi impresión es que ciertas formas en la naturaleza encierran un mensaje preciso. Voy a hablar un poco del órgano más sofisticado que la evolución ha desarrollado: el cerebro humano.

Físicamente consta de dos hemisferios totalmente independientes; dos fuentes cognitivas muy diferentes. Si pudieras sostener en este momento tu cerebro  entre las manos, cada hemisferio caería hacia un lado por su propio peso. Este órgano sigue siendo un gran misterio para la ciencia dada su complejidad. En cualquier caso, se han descubierto algunos aspectos muy interesantes.

Para empezar, y volviendo a la voz en mi cabeza, se puede afirmar que el ego vive en el hemisferio izquierdo. Las personas que sufren daños en este área, pierden las habilidades del lenguaje así como la noción de su propia identidad.

Esta zona del cerebro piensa lineal y metódicamente. Seleciona detalles muy específicos del presente para registrar momentos. Asocia las nuevas experiencias con todo el pasado, y proyecta hacia el futuro todas nuestras posibilidades. Básicamente organiza, categoriza, y almacena nuestras vivencias. Piensa en entidades y fragmenta para poder etiquetar cada parte. Además sufre el sesgo de mis creencias: decide quedarse con lo que considera importante, lo que ayuda a validar lo que creo ser. Delimita la consciencia de mi espacio físico. Es lo que define mi identidad en base a mi experiencia vital.

A diferencia de este, nuestro hemisferio derecho tiene que ver con el momento presente, el aquí y el ahora. Es el receptor de toda la ingente cantidad de información que percibimos por medio de nuestros sentidos a cada instante. Piensa en imágenes y aprende cinestésicamente mediante el movimiento de nuestros cuerpos. Es un lugar sin fronteras físicas.

Nuestra individualidad procede únicamente de una mitad de nuestro cerebro. La otra fluye en una mar de energía sensorial.

Creo que vivimos en la ilusión de que somos predominantemente nuestro hemisferio izquierdo. La meditación, por ejemplo, nos conecta con nuestro hemisferio derecho, donde nos es posible sentirnos parte de un todo.

Creo que además se tiene la tendencia a mirar al cerebro como el órgano por excelencia, y considero que existe una interacción mucho más compleja de lo que pensamos con otros órganos. Hace poco más de un año leía atónito que en nuestros intestinos hay una red de más de cien millones de neuronas. A nivel energético, por ejemplo, el corazón es unas 100 veces más potente que el cerebro eléctricamente y 5000 veces más potente a nivel magnético. Disciplinas ancestrales como el yoga llevan hablando miles de años sobre los chakras. Ahora parece que la ciencia  empieza a validar estos conocimientos.

Sinceramente creo que estamos en la antesala de una revolución cognitiva. Llega un cambio de consciencia. Estamos en un punto de confluencia holística entre todas las tradiciones espirituales y la propia ciencia. Al menos así lo siento.

La gente con un pensamiento predominantemente científico me dirá que lo que somos tiene que ver con nuestra actividad cerebral. La realidad es que la ciencia no ha localizado la consciencia. Hace tiempo escuché una metáfora en este sentido que me encantó.Quizá nuestro cerebro es como un ordenador. Cuando desconectamos el enchufe, el ordenador deja de funcionar. Eso no quita para que la corriente siga ahí, y lo que nosotros somos , tal vez sea esa energía universal.

He pensado durante mucho tiempo que el ego era algo malo. Ahora veo que es parte de lo que somos. El problema son los “ismos”.Vivimos en el Ego-ismo. La geometría de nuestro cerebro nos habla de equilibrio.

El ego va ganando la batalla entre nuestros dos hemisferios. Le llevo toda mi vida entregándole mi poder. Quiere controlarme , y para eso no duda en usar todas las herramientas de manipulación de las que puede hacer uso. Me habla con desprecio, me intimida para generarme dudas sobre mi valía, me convence para que me instale en la pereza y en el miedo. Es como un niño malcriado y caprichoso que suplica atención. Quiere siempre más control sobre mí.

Ahora entiendo que la raíz del conflicto no está en el ego en sí mismo, sino en el “ismo”. Estoy en un proceso de domesticación de mi ego. Lo contemplo. Lo comprendo. Lo siento. Tengo compasión con él, pero no permito que me defina. Soy el que escucha, no el que habla. En cualquier caso las palabras, y en general el lenguaje, tienen un increíble potencial para hacer el bien, en nosotros, y en los demás. Nos ayudan a comunicarnos y a colaborar. Son otra herramienta muy poderosa para relacionarnos con parte de lo que somos.

Todos somos unos. Por tanto soy la propia energía del universo. No encajo en algo tan pequeño como el ego.

Es irónico que precisamente la derecha se vincule a la unión, y la izquierda a la individualidad. Vivimos en el mundo al revés..