Acupuntura Social

Pequeños cambios, grandes transformaciones.

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Autor: Javier Alejandro Martín

Sobre el amor, la felicidad y el miedo

Para mi es muy importante estar en una constante revisión de los aspectos que considero más importantes en la vida. Gente a la que aprecio mucho me enseñaron que en ocasiones la comprensión profunda de un concepto se logra redescubriendo su antónimo.

Recientemente he revisado tres conceptos importantes. El amor es el primero de ellos. Lo primero que me viene a la cabeza para su antítesis tal vez sería el odio o el miedo. Pero la ausencia de estos sentimientos no implica en ninguna medida que exista amor.

Durante mucho tiempo he estado convencido de que el egoísmo era sin lugar a dudas la cara opuesta del amor. Pero si me paro a pensarlo, aunque la generosidad se parece mucho al amor, creo que no necesariamente lo incorpora. Hace pocas semanas llegué a una nueva conclusión : la separación es realmente su antagónico.  Sentirme unido a algo implica de forma inherente que lo amo. Pero cuidado, amar es una de nuestras necesidades por excelencia, saber amar implica dos aspectos: tanto ser capaz de abrirnos a la intimidad y al contacto, a ser capaz de dar y recibir, como a la habilidad para separarnos y relacionarnos como seres completos. Es muy fácil confundir el apego con el amor.

Hay una creencia con la que también comulgo: en la base de todos los fenómenos siempre se encuentra el amor. El odio o el rechazo no es más que amor estancado. 

¿Y qué hay de la felicidad? Deconstruir este concepto me ha resultado aún más complicado si cabe. Siguiendo la misma lógica, la ausencia de tristeza no implica felicidad. De hecho, esta en esencia es una de las grandes limitaciones de la psiquiatría: que la máxima para tratar aspectos como la depresión sea llegar a un punto donde hay ausencia de sufrimiento. Experimentar una vida sin gozo no me parece suficientemente ambicioso. 

En la esencia de felicidad esta la sensación de que seguimos un camino que nos va permitir evolucionar a nivel emocional, físico y espiritual. Por tanto el antónimo de la felicidad sería la duda.Una de las sensaciones más difíciles es no tener claridad a la hora de tomar una decisión. Hoy más que nunca, las posibilidades han aumentado exponencialmente. La duda me genera sufrimiento. Una elección implica desapegarme del resto de posibilidades. Gran parte del problema es mi inclinación a buscar respuestas en mi intelecto. Abrir el corazón esta favoreciendo el acceso a una sabiduría mucho más profunda donde no hay espacio para la duda. El viaje de la cabeza al corazón esta siendo una de las aventuras más apasionantes que he experimentado.

Ya solo nos queda el miedo. Quizá la valentía es lo primero que como a mi te pueda venir a la mente para sus antípodas. Pero de nuevo siento que hay algo más allá. Vivir con libertad se acerca más a una experiencia de la realidad sin miedo. Aún tengo mucho miedo a muchas cosas: el rechazo, la impotencia, la vergüenza, el fracaso, la soledad, el dolor físico, a la enfermedad…Pero ahora entiendo que superar esas limitaciones son parte de mi proceso de aprendizaje. Ahora soy capaz de ver que no son más que estados mentales. No diría que no son reales, porque creo que lo son, pero trascenderlos es parte de mi plan pedagógico

No es posible aprender a amar al prójimo sin haber diluido toda forma de rechazo. La experiencia del valor lleva intrínsecamente traspasar la vergüenza y el miedo. Y creo que en esencia de eso se trata, de transformar nuestras limitaciones y despertar a un mundo de posibilidades ilimitadas.

Cada vez tengo más herramientas y sobre todo mucha confianza en que el trabajo espiritual y mis prácticas diarias me va traer grandes frutos en ese sentido. Para este año te deseo que encuentres las tuyas para que experimentes la mayor de las felicidades.

¡Feliz año nuevo!

 

Me declaro la Paz

Hace poco leía que para poder construir con armonía, libre de cargas emociones, con el poder y la abundancia que el universo me permite expresar, lo primero que debía admitir es que soy un fracaso.

Tengo que aceptarlo, no he logrado todas las metas que mi ego anhelaba para mi. No tengo la vida que tantas veces proyecté. No estoy en el sitio que imaginaba. No tengo pareja. No soy rico. No tengo el cuerpo de un escalador. No bailo como Fred Astaire. No he viajado por todo el mundo. No he aprendido a cantar ni a tocar la trompeta. Las adolescentes no me reconocen  por las calles. Es curioso, cuando uno reflexiona sobre ello se da cuenta de que ha llegado a pensar que todo lo que había idealizado se cumpliría. En ese momento uno reconoce su propia locura  (y este sea el primer pasito para dejar de estarlo).

Las ideas son solo eso, ideas. Por eso se llaman “ideales”, sin un plan de acción no son más que pensamientos mágicos que ciertamente entretienen, pero no son más que la sopa boba mental que todos conocemos.

Ahora comprendo que si admito que soy un fracaso me libero de esa presión y de esa carga. Lo admito, no soy todo lo que esperaba, y además estoy en paz con ello. ¡Chúpate esa! Si lo piensas ese es un duro golpe para el ego. Es un reseteo épico que me permite caminar sin peso extra (y quiero confesarte que había acumulado mucho).

No somos nuestra mente, somos mucho más. Hay lecciones que nos nos podemos saltar. Hay procesos incómodos. Pero no me  enfrento con “problemas”, encaro las “lecciones” con la alegría y el reconocimiento de que esta experiencia no es más que un delicioso juego para que aprenda a amar, para que reconozca mi verdadera naturaleza.

“¿Ahora hacia dónde?” Voy a relajarme, disfrutar, observar y empezar a escuchar lo que el cosmos tiene empeñado que aprenda. Voy a dejar que las cosas pasen,  en lugar de empeñarme en que ocurran. Voy a mirar la cartas que tengo en mi mesa en lugar de esperar una baza mejor. He decidido dejar de preguntarme qué me debe el universo y centrarme en qué puedo aportar a los demás.

Tal vez sea un buen momento para reflexionar sobre el amor. Me apetece practicar de una forma más sana*  (*Nota: Empezando conmigo). Sin esperar nada a cambio. Disfrutando de ese magnífico misterio que tiene la única energía que existe que ¡crece cuando la das!

Me resulta muy irónico que estemos en un momento de “vanguardia tecnológica”  y en pleno desarrollo de “nuevas fuentes de energía” y tengamos tan olvidada nuestra propia luz y nuestras propias baterías vitales.  Trabajar en mi energía y poder personal me están haciendo comprender que la libertad y la voluntad para optar por lo que de verdad quiero (en lugar de lo que  quiero ahora mismito) reside en el nivel de vibración y frecuencia que emite mi ser. Cuanto más alto es mi nivel de energía, más sencilla es mi vida. “¿Difícil?” ¡Pues claro! “¿Merece la pena” Creo que sí. Pero como decían los estoicos, si quieres una vida fácil, vas a tener que tomar decisiones difíciles.

Otro lastre que voy soltanto poquito a poquito es el de la culpa. Es muy muy muy importante comprender  bien la culpa ya que es un programa mental que quita mucha energía vital. Me he dado cuenta de que en muchas ocasiones esa disonancia entre lo que decidía hacer, y lo que de verdad hacía, me generaba una culpa tremenda. Pero recuerda, hemos firmado la paz. Toda esa culpa ya no está. He aceptado mi fracaso. Me he perdonado de ahora en adelante. He sido amoroso conmigo y me permito avanzar con el espacio para equivocarme y seguir aprendiendo. No hay ninguna prisa. Lo que no aprenda ahorita…pues ya lo aprenderé más adelante.

 

 

Atracción

Hoy voy a hablarte de la atracción. Me ha parecido un tema interesante desgranar esa fuerza que hace permanecer a las personas unidas. Es un asunto harto complicado, ya que es una energía compuesta por varias fuerzas.

La primera, y las más obvia, es la admiración física. Para mí ha sido una auténtica obsesión. Le he dado mucho más poder del que me gusta reconocer.  Creo que en cierta medida he tenido la tendencia a divinizar la belleza. Un único pilar no mantiene un edificio, y el poder que otorga la belleza es la crónica de una muerte anunciada.  Puede ser una auténtica arma de doble filo atraer atención por la imagen. Debe ser fácil hacerse adicto a esa forma de aceptación  y poder. También quizá una estupenda máscara donde esconderse y mantener una distancia de seguridad. Sin duda  es una forma de manipulación muy efectiva. La belleza se puede usar de una forma muy disfuncional, y en general en nuestra sociedad quizá se haya desvirtuado el lugar que ocupa.

Parte de mi entrega a la belleza física en mis últimos años tenía que ver con mi necesidad de autoafirmar mi propio valor. Aún esta presente esta limitación, pero tener consciencia de ello me da mucha más libertad. Ahora por fin empiezo a experimentar  aquello de que la belleza esta en los ojos del que mira, y que la divinidad se esconde también en cada imperfección.

La segunda fuerza es la admiración emocional. Una persona que se hace responsable de sus emociones y logra no huir de ellas, es una persona fuerte, admirable y sin duda seduce por lo inédito que resulta en los tiempos que corren.  Estas maravillas únicas suelen ser además independientes y humildes. Han entendido que no son el instrumento de nadie. En el fondo el hombre busca una compañera, un vehículo de crecimiento. No quiero una hija y no quiero una madre. Quiero un espejo donde mirarme con el valor y la sensibilidad para decirme lo que necesito oir, y con la humildad para escuchar a los ojos. Alguien que comunique sus necesidades de forma directa. Alguien vulnerable en paz con sus sombras. Una mujer que lidera su vida conquista.

La tercera fuerza es la admiración espiritual. Esta tiene que ver con la relación que tenemos con algo más grande que nosotros, con los valores y las creencias propias de la esencia de la vida. Para mi es imprescindible esa relación. Es la que en cierto modo da un sentido y un propósito tanto a nuestra relación, como a la vida en general.

La última fuerza es la admiración intelectual. El humor, la curiosidad y  la creatividad son condimentos que potencian el sabor de la vida.

En mi experiencia también he podido observar que hay personas que logran ver lo que nadie ve, y que despiertan y potencian esas cualidades de una forma muy natural.

Creo que a menudo he creído que alguno de estos aspectos era más importante que el resto. Quizá no sea necesario tenerlo todo, y tal vez el perfeccionismo juego en mi contra ahí.  Tal vez en una nueva ocasión estoy intelectualizando algo que no se puede explicar. Lo que tengo claro es que la pareja tiene que amplificar lo que soy, y yo lo que es ella.

 

 

 

Mecanismos de defensa

El ser humano es una criatura del aquí y ahora, al igual que el resto de los mamíferos en este planeta. Toda nuestra consciencia esta enfocada a ayudarnos a permanecer en el espacio-tiempo actual ya que esto es imprescindible para poder sobrevivir. Tanto nuestra defensa como nuestra alimentación son efectivas en la medida que podemos estar conscientes en este aquí y ahora.

En la mayoría de las escuelas de desarrollo se enseña que permanecer observando y experimentando en el aquí y ahora no solo es la forma de mantenernos sanos y sin angustia, sino más aún es la forma de iluminarnos y de liberarnos. El aquí y ahora es la semilla de lo eterno y trascendente.

Cuando una persona experimenta algo que es muy difícil de integrar, de asimilar, entran en juego toda una serie de procesos de protección de la integridad del ser, incluyendo su presencia en el aquí y ahora. Aparte de esta protección, estos mecanismos tratan de que la experiencia no asimilada sea de alguna manera pospuesta para que después en un momento más favorable, podamos revivir la experiencia y asimilarla.

Todos estos mecanismos de defensa ocurren automáticamente y están regidos por el inconsciente por lo que generalmente su acción y presencia no es detectada por el consciente de la persona que los esta viviendo.

Con el paso del tiempo, estos mecanismos de defensa se van saturando por decirlo así de material no asimilado y empiezan a funcionar no solo para conservar la integridad de la persona sino que empiezan a convertirse en un problema porque actúan como mecanismos sostenedores de inconsciencia. Nuestras mismas defensas empiezan a convertirse en cadenas que nos mantienen en una constante lucha y defensa contra enemigos que muchas veces dejaron de existir hace años.

Normalmente esto pasa en la vida, algunas cosas las integramos y otras cosas no, la identidad verbal, la identidad consciente tiene que describir el mundo, dice”haber, haber, que paso aquí, aquí falta información”, la rehace, llena los huecos, y así vivimos tranquilos en la vida, y muchas veces pasa que nuestra historia, nuestra memoria, esta totalmente alterada de los hechos reales y nos convencemos que esa “historia “ es lo real.

Y eso pasa, porque nuestra identidad verbal tiene que tener una secuencia lógica y creamos toda una explicación de la realidad. Entonces, lo que sucede es que si tienes una experiencia que te esta sacando del aquí y ahora y que es dolorosa y que no puedes estar manejando, parte o toda la experiencia se guarda, queda aislada y esto es obviamente se transforma en un CA o un sámskara, y la persona regresa al aquí y ahora.

Ahora lo que pasa, es que entre más va pasando tiempo, es más difícil regresar al aquí y ahora porque se ve cargando la consciencia de momentos sin asimilar, entonces, más y más te vas alejando del aquí y ahora, vas perdiendo ese contacto, y más y más vas entrando en ansiedad y más y más empiezas a elaborar mecanismos de defensa más y más complejos para llenar los huecos, para explicarte, para estar tranquilo, para estar en el aquí y ahora, etc., etc., pero los mecanismos de defensa no son malos, lo que están pretendiendo es mantener al individuo en el aquí y ahora.

En la psicoterapia ontogónica vemos los mecanismos de defensa como un proceso de protección que en la medida que la persona se va desarrollando se van haciendo más ricos y complejos y también en la medida que las experiencias no asimiladas crezcan en número o en intensidad los mecanismos crecen en su complejidad y toman más energía libre de la persona, llegando a minar la salud y gozo de vivir.

Dividimos los mecanismos de defensa en cuatro sistemas yendo del más simple al más complejo. Cada sistema es sostenido por una dinámica particular que en esencia es inconsciente. Y cada sistema cuenta con cinco mecanismos de defensa que van desde el más simple, al más complejo y el mecanismo que entre en acción va a depender de la intensidad de la carga de la experiencia no asimilada.

Advierto que a varios de los mecanismos de defensa conocidos, les damos nuestra propia explicación.

Los cuatro sistemas son los siguientes:

1) NEGACIÓN.
2) DISTORSIÓN.
3) JUSTIFICACIÓN.
4) REIDENTIFICACIÓN.

Las dinámicas de consciencia asociadas con los sistemas son:

1) NEGACIÓN- dinámica = Represión.
2) DISTORSIÓN – dinámica = Fantasía.
3) JUSTIFICACIÓN – dinámica = Intelectualización .
4) REIDENTIFICACIÓN – dinámica = Confusión.
Ahora explicaré cada uno de los sistemas.

I) NEGACION:

La integridad de la persona esta en peligro, no es capaz de integrar la experiencia, esta se niega como válida, real o como perteneciente a nosotros y se guarda para su integración posterior y de esa manera salvaguardar el aquí y ahora. El primer mecanismo, así como el más primitivo, es negar.

Para poder negar una experiencia básicamente necesitamos de la dinámica de Represión, o de la facultad y la posibilidad de reprimir. La dinámica de represión consiste en tomar la energía libre en el individuo, densificarla en un globulito y mandarla fuera del contexto. La represión implica un mecanismo de densificación, de solidificación. Es la dinámica básica que hace que el inconsciente guarde las cosas en cualquier mecanismode defensa.

Sus cinco mecanismos de defensa en orden de complejidad y seriedad son:

1) AISLAMIENTO EMOCIONAL:

En la medida que hay más represión, sectores enteros de la vida emocional empiezan aislarse, entonces la persona empieza a ser incapaz de sentir plenamente primero ciertas emociones y después todas.

2) DEFLECCIÓN:

La deflexión es como tener un blindaje en el cual todo te rebota nada te toca, ya no sólo has aislado aspectos emocionales de tu identidad emocional, sino que ahora aprendes a deflectar la realidad, o sea, la estas viviendo pero siempre un poquito de
ladito, atrás de un vidrio blindado.

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Lidera tu vida

¿Para qué necesitamos líderes?

Para inspirarnos y hacer uso de la experiencia y las herramientas de los que han dejado de huir del miedo y han sido capaces de responsabilizarse de él. Pero no podemos olvidar que somos nosotros los que tenemos que hacer el trabajo y convertirnos en líderes de nuestras propias vidas. Para ello es necesario estar preparado para hacer frente a la incomodidad que conlleva la autoevaluación y la autocrítica. Es un proceso por el que detectamos nuestras auténticas necesidades y trascendemos nuestros deseos, que en mayor medida tienen que ver con estrategias compensatorias de nuestro ego para evitar conectar con nuestro vacío existencial, nuestro miedo,  nuestra tristeza, nuestro aburrimiento o nuestro sentimiento de inferioridad.

El miedo nos hace distorsionar la realidad. Nos convierte en seres egoístas, narcisistas y autosuficientes. Liderar mi vida conlleva tomar una serie de decisiones conscientes que ordenan mis principales planos existenciales: el físico, el mental y el espiritual. Es un proceso en el que construyo una nueva estructura mental y cultivo una serie de hábitos que facilitan que mi amor propio y mi autoestima florezcan.

El orden me lleva a la libertad, a establecer prioridades, a adoptar compromisos conmigo mismo, a alinear lo que pienso, lo que siento y lo que hago, y a tener la disciplina para transformar todas esas decisiones en acciones conscientes. Estos son los pilares del trabajo cognitivo.

¿La promesa?

Llegar a entender mi lugar en el mundo, el propósito de mi existencia, mi auténtica vocación, aquello que amo y que surge de forma natural, esa habilidad con la que me es posible servir a los demás, que expande mi consciencia, que me conecta conmigo, con los demás, y con la propia inteligencia del universo. El camino que me libera de mi propia ambición, de mis deseos y mi vacío existencial. Cuando eliminamos todo el ruido mental y tenemos confianza, el universo se pronuncia. Cuando encuentro mi vocación dejo de necesitar público, no tengo la intención oculta de que me quieran o que me admiren, no mendigo afecto, no cultivo el valor que tengo por medio de lo que hago y conecto con mi misión en este plano de realidad. Es el punto donde logro comprender lo que el universo espera de mí. La primera vocación no es más que saber cuidar de mí mismo.

Cuando hemos desarrollado la habilidad para amar –tanto a nosotros mismos, como a los demás– tenemos la disciplina para trascender el ego, y respondemos a los retos cotidianos con madurezla vocación aparece. Para ello también es indispensable respetar a los demás, ver la realidad tal y como es, y no deformada en base a mis deseos y a mis necesidades.

Este no es un proceso fácil. Existe una pronunciada tendencia al desorden y a que el amor se estanque: la entropía. Si me quedo quieto y permanezco pasivo, me convierto en una víctima, conecto con la tristeza, con el desasosiego, con el sufrimiento existencial, con el miedo, con el egoísmo.

Liderar mi vida conlleva colaborar con ella, hacerme cargo de mí mismo y tener el valor de trazar límites para que me traten como quiero ser tratado. El cosmos ayuda a quien se ayuda.

 

¿Qué energía puede motivar esta transformación?

La alegría. La vida nos regala un programa por defecto, una energía vital inagotable que nos facilita aprender a relacionarnos con espontaneidad, amor y confianza con la realidad y con los demás. Un motor para explorar el mundo. El combustible para descubrir la verdad. La alegría es nuestro estado natural. Es la esencia de la motivación y del entusiasmo por vivir.

Si nuestros progenitores forjan en nosotros la creencia de que su amor es condicional, aparece el miedo. Aquí se empieza a reprimir ese sistema por defecto y empezamos a perder toda esa energía que el universo había puesto a nuestra disposición. Comenzamos a justificarnos, enajenarnos, caemos en la pereza, en la postergación, nos convertimos en las víctimas y en los verdugos de nuestra propia existencia. La buena noticia es que esa energía sigue ahí. Siempre estuvo ahí y siempre estará ahí, esperando que nos reconciliemos con el amor, y perdonemos, a nuestros cuidadores, y a nosotros mismos por haber creído aquellas mentiras.

La alegría es uno de los principios de la vida. El impulso por el que los pájaros entonan melodías cada día. El respeto es otro de ellos. De este surge la ley kármica o ley espiritual: “todo lo que haces a los demás te lo haces a ti”. Junta a esta, la ley de la adicción “todo lo que quiero controlar, me acaba controlando”.

Y de estas surgen los principios del poder. Yo decido en todo momento a qué dar poder. Puedo elegir dárselo al materialismo, a la imagen, a la drogas, al hedonismo, al sexo, a la tecnología, al miedo… También puedo ponerlo al servicio de los demás, a apoyar al amor y la vida, a la colaboración, al equilibrio, a la creatividad, a la felicidad.

Hay quién dirá que hay personas que no tienen el lujo de elegir ya que andan preocupadas en sobrevivir. No se puede negar que a veces existen condiciones adversas. Quizá precisamente ese mismo egoísmo es el que les está negando la puerta a la abundancia del universo. Todos sabemos que nuestro comportamiento implica una decisión consciente o inconsciente: crear o destruir energía. Nuestro equilibrio interno determina la congregación a la que nos vamos a unir.

 

¿Qué impedimentos solemos encontrar a la alegría?

Tomarse las cosas de forma personal suele ser uno de ellos. Nos damos demasiada autoimportancia y amplificamos los problemas pensando que tienen que ver con nosotros. La realidad es que la mayoría de los problemas y los conflictos son fruto de la confusión colectiva en la que vivimos. La interpretación de lo que nos acontece depende en gran medida de lo que somos, por tanto si alguien piensa algo de mí, tiene más que ver con esa persona que conmigo. La proyección, el principio psicológico por el que se enfatizan nuestras debilidades de carácter en los demás, es el fenómeno por excelencia. Cuando te conviertes en una persona completa que es capaz de responsabilizarse de sí misma, y dejas de necesitar a los demás, empiezas a ser consciente de ello y automáticamente dejas de tomarte las cosas de forma personal.

Otro aspecto que suele bloquear que la alegría fluya es el sentido de lealtad insana. Siento que debo hacer o sentir de cierta manera por mis familiares, amigos, compañeros de trabajo… Creo que me siento en deuda con mis padres, y me dejo manipular por ellos. La realidad es que ellos han elegido libremente tenerme y en todo caso yo soy su responsabilidad y no al contrario. Todo lo que no se hace de corazón, se acaba convirtiendo en una carga. Además no debemos olvidar que cuando alguien hace algo, siempre lo hace por él y para él, y nunca para ti. Por tanto si mis padres no extienden su amor en mí, sino que proyectan sus miedos, se germinará el anhelo de lo que realmente necesito: sentir su amor.

A menudo los padres reiteradamente recalcan el profundo sentido de sacrificio para con sus hijos. Tienes que tener muy claro que eso no es amor, es codependencia y un poderoso instrumento de manipulación.

La falta de aceptación de las circunstancias es otro de los tapones para la alegría. Cuando reconocemos que todos estamos interrelacionados, y que, a pesar de las posibles diferencias que podamos percibir, en el fondo todos tenemos intereses comunes, comenzamos a ver la realidad de otro modo.

También es muy común conectar con la inseguridad que conlleva dar el poder a otros para sentirnos bien. La negatividad, y en general la adicción al drama y al sufrimiento se convierten en un hábito si empeñamos el suficiente espacio mental y emocional en ello.

Cabe mencionar el deseo infantil de ser el centro de atención. La dependencia del afecto de los demás nos convierte en seres viles preocupados únicamente por cómo controlar a los demás.

La soledad puede ser otro aspecto que nos amputa que la alegría recorra nuestro ser. En este sentido es importante mencionar que hay una soledad funcional, y una soledad disfuncional. En la primera atesoro un espacio de tiempo que invierto en la introspección, una energía que empleo en regular mi espacio interno, en entender mi estado emocional, en conectarme y relacionarme con mi poder superior (Dios, el amor, la naturaleza, o cualquier forma de consciencia superior). Se trata de un tiempo donde además cultivar la idea de unidad, y experimentar la totalidad en la forma de mi propio ser.

La soledad disfuncional sin embargo la utilizo para autocompadecerme, la uso para reforzar la creencia de que nadie me quiere y de que estoy solo. La experimento básicamente como una forma de hacerme daño.    

La última fórmula para desconectar de mi alegría es la pereza. Esta poderosa inercia hacia la pasividad no es más que el miedo ante mi propia grandeza. Para mi fue una auténtica revelación comprender que la pereza es una forma de egoísmo. Es un estado de angustia donde niego mi libertad para elegir. La pereza me convierte en un mentiroso, y lo peor es que me miento a mí mismo una vez que he decidido lo que creo que es mejor para mi. La pereza es miedo al amor. La pereza me convierte en una mala persona.

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Culpabilidad

La culpabilidad es un sentimiento por el que interpreto un comportamiento propio o ajeno como inadecuado, incorrecto o inaceptable. Se trata de uno de los sentimientos más poderosos y una de las herramientas de manipulación más efectivas que existen.

Sentirme culpable por no ser, no tener o no hacer lo suficiente, suele ser el pilar central sobre el que se articula la creencia de que no soy digno de recibir amor. Esta es la mayor trampa en la que nos podemos ver inmersos: concebir el amor como una moneda de cambio.

Hay en cualquier caso una culpabilidad funcional, y una culpabilidad disfuncional. En la funcional se refleja en mi el sufrimiento que he causado en otro para permitirme comprender las consecuencias de mis actos, y tener la opción tanto de enmendarlos, como de no incurrir en acciones semejantes con la misma persona o con otras.

La culpabilidad disfuncional sin embargo poco tiene que ver con mi impulso natural de no dañar al prójimo, sino con la sensación que tengo de ser inferior en alguna medida. En este pulso para sentirme mejor conmigo mismo suelo recurrir al juicio y a la crítica a terceros como motor que estimula mis centros de placer. A pesar de que en principio pueda existir cierta satisfacción inmediata en criticar a los demás, la realidad es que esta tendencia aumenta progresivamente mi sentimiento de culpa. Como decía Jung todo impulso de rechazo a los demás nos es más que una proyección de nuestras propias limitaciones.

Como comentaba, la culpabilidad puede ser también un gran instrumento de manipulación. Se trata de un sentimiento tremendamente incómodo que por lo general trato de evitar con todos los medios. A menudo prefiero ceder ante los deseos o necesidades del otro aunque entren en conflicto con las mías para evitar entrar en contacto este sentimiento. El victimismo se nutre de la culpabilidad para lograr sus propósitos. Este suele ser el eje central sobre el que giran la relaciones disfuncionales, ya sean en el núcleo familiar, en el trabajo, con los amigos, o en el ámbito de la pareja.

En gran medida reconozco lo que es mejor para mi. No hacerlo, ya sea por pura desidia, o bien porque perezco ante alguno de los innumerables placeres inmediatos que se presentan a mi alcance en el día a día, siempre aumenta mi culpabilidad. Cuando he tomado una decisión, pero no logro tener la disciplina suficiente para acometer las acciones necesarias que implican la consecución de este objetivo, se produce un conflicto interno que potencia que me sienta culpable.

También me suelo sentir culpables cuando mis deseos o mis necesidades entran en conflicto con las de alguien al que quiero. En el amor y la libertad sin embargo es importante  que haya espacio y respeto para que se produzca ese conflicto, y se acepte como una realidad inherente a nuestra humanidad.

De una forma más inconsciente quizá a veces pueda estar usando este sentimiento para alimentar mi adicción al sufrimiento.

No cabe duda de que la mayoría del sufrimiento que voy a experimentar en mi vida es mental. Somos la única especie que se regodea con el pasado de forma tan obsesiva. Mi cerebro no distingue entre la realidad y la imagen mental. La misma química que me induce malestar se repite una y otra vez cuando reiteradamente me castigo cuando he hecho algo que me induce culpabilidad.

¿Qué puedo hacer para salir de estar espiral que me hace despilfarrar esta tremenda cantidad de energía? Perdonar. El perdón es la fórmula mágica que me saca de este eterno bucle. Quizá me tenga que perdonar a mi mismo por haberme rechazado y haber tenido el impulso de ocultar quién soy.  También tener compasión con los demás y perdonar el dolor que me han podido causar. La realidad es que en la raíz del dolor que nos puedan causar suele estar el egoísmo o la ignorancia. La ignorancia es la simple falta de consciencia. El  egoísmo no es más que una ingénua y trágica fórmula para encontrar el amor, la atención y la aceptación que anhelo. Paradójico.

¿Qué es la perfección realmente?

Para mí lo perfecto es algo estático, ¿para qué va a cambiar, si ya es perfecto?

Lo perfecto es algo absoluto que no admite fisuras, no tiene nada que aprender porque ya es perfecto. Lo perfecto no crece, no madura, no tiene nada que celebrar porque ya lo tiene todo. Lo perfecto es impoluto siempre. Lo perfecto no llora, no se enfada, no se parte de risa, no hace el payaso, no caga, no enferma, no coge otro pedacito de chocolate más (mmm, ¡qué rico!), no se traba leyendo en alto, no tiene amigos, no tiene pareja, no encuentra a un igual, no tiene necesidades ni deseos. Lo perfecto no tiene la necesidad de comunicar nada, no necesita de relaciones, no necesita alimentarse, siempre pesa exactamente lo mismo. Lo perfecto cumple todos y cada uno de los requisitos en cualquier circunstancia, gana todos los concursos, aprueba todos los exámenes. Hablamos maravillas de lo que es perfecto, que si es tan perfecto, que si mira cómo hace esto y aquello perfecto. Lo perfecto, además, satisface todas nuestras expectativas, siempre piensa, siente, dice o hace lo que esperamos de él (¡es que es perfecto!). Lo perfecto es perfecto hasta en el último detalle, sin heridas, sin pasado, sin recuerdos, sin familia, sin presente, sin futuro. Lo perfecto, incluso, no muere.

Si lo perfecto representa todo esto, ¿qué demonios estoy tratando de hacer? ¿Por qué deseo algo tan inhumano para mí? ¿Acaso deseo sufrir? ¿Acaso quiero anularme, negar todas las cosas que me hacen humana?

Por lunático que parezca, así es.

Escrito de Caterina de la Portilla para la charla sobre el perfeccionismo:

Perfeccionismo

El perfeccionismo es un mecanismo de defensa disfuncional por el que trato de ganar aceptación, atención, validación y aprecio, por medio del valor que tiene el desempeño de ciertas tareas. Se trata de una forma deshumanización donde niego toda forma de vulnerabilidad.

Este es sin duda uno de mis peores defectos de carácter. Me me ha limitado mucho en muchos aspectos de mi vida. En lo relativo a las relaciones de pareja, este patrón ha bloqueado completamente mi capacidad para amar. He pretendido que mis parejas sean perfectas, y para  ello era necesario que cambiaran. Se trata de una proyección de la creencia de que no soy válido. El amor es aceptación incondicional. No es posible amar y a la vez comunicar que la otra persona no es lo suficiente.

A nivel laboral me ha hecho juzgar duramente las limitaciones de mis compañeros y empleados. Ha bloqueado mi capacidad de empatizar y conectar con la humanidad y con el derecho a equivocarnos y aprender de ello.

A nivel más profundo me he dado cuenta que el perfeccionismo es una herramienta que alimenta mi adicción al sufrimiento. Querer ser o hacer algo perfecto, es en sí mismo un propósito abocado al fracaso. Se trata de un vehículo de mi ego para hacerme daño y validar la idea de que no soy suficiente.

Si algo he aprendido en este largo y tedioso camino de introspección, es que no he de creerme ninguna de las ideas que creo tener de mí mismo. Si de verdad quiero saber en qué estima me tengo, solo he de mirar mi comportamiento, hacia mí, y hacia los demás. No solo cuando estoy en compañía. Lo que soy también es lo que hago cuando nadie me ve. Si me avergüenzo de que alguien pudiera verme haciendo lo que hago en mi intimidad, probablemente no estoy en sintonía con lo que de verdad quiero ser. Esto evidentemente alimenta mi sentimiento de culpabilidad.

Nada por tanto es lo que parece. La idealización de los falsos ídolos que proliferan en Internet no es más que un mecanismo que valida la idea de que somos defectuosos, incompletos o inadecuados. Se trata de una forma de tortura contemporánea que nos hace sentirnos mal con nosotros mismos y con nuestra vida.

Hace poco un buen amigo decía que el dolor se produce cuando tengo una doble agenda: si proyecto un propósito que comparto con los demás pero a escondidas tengo intereses ocultos que generan una falta de coherencia entre lo que digo ser, y lo que soy en realidad,  está disonancia provoca sufrimiento de manera ineludible.

He dejado de querer ser perfecto. Ahora celebro mi vulnerabilidad y mis defectos como la mayor herramienta para conectar conmigo y con los demás. He dejado de castigarme consumiendo redes sociales que alimentaban la idea de que me faltaba algo. Tengo y soy todo lo que necesito.

Vivimos en un sistema que se nutre de nuestro propio vacío existencial. La propaganda contemporánea se ha sofisticado hasta niveles muy sutiles, pero muy poderosos. Pero la verdad siempre encuentra una brecha. El amor siempre se abre camino. Celebra lo que en realidad eres: una expresión del poder y de la inteligencia del universo. Nada más. Nada menos.

¿Qué es el amor?

  • Reconocer y servir a Dios a través del otro.
  • Aceptar de forma incondicional.
  • Trascender el miedo.
  • Ser fiel a nuestra verdad.
  • Compartir.
  • Colaborar con la vida.
  • La presencia con todo tu ser.
  • La expansión de la consciencia.
  • Un vehículo de crecimiento.
  • Un compromiso consciente.
  • Devoción  y transmutación de la energía sexual.
  • Entrega, confianza y rendición.
  • Compañía.
  • Soledad elegida.
  • Conexión espiritual, emocional y física.
  • Flexibilidad, tolerancia y paciencia.
  • Comunicar de forma abierta y clara.
  • Elevarnos con la palabra.
  • Comprender por medio de la escucha activa.
  • Dedicar atención a las virtudes del otro, y comunicarlas para ponerlas en valor.
  • Admiración e inspiración.

Incomodidad

La incomodidad es un vehículo de crecimiento emocional, espiritual y físico. Evitar la incomodidad es rechazar nuestro impulso natural por mejorar. Nuestra actitud frente a la incomodidad va a determinar en gran medida nuestra capacidad para desarrollar nuevas habilidades.

Si tengo una tendencia hacia el hedonismo, en gran medida alimento la creencia de que la incomodidad es un estado negativo. Pero si no juzgo ni etiqueto este estado, sino que lo acepto como un aspecto inherente a la vida, facilito en gran medida el proceso pedagógico. De nuevo la mente y los pensamientos tienen un papel decisivo en este ámbito.

Todos tenemos una resistencia al cambio. Nuestros sistemas más primitivos tratan de salvaguardarnos de peligros y evitar que nos expongamos. Hoy en día estos miedos poco o nada tienen que ver con riesgos relacionados con nuestra integridad física, sino más bien con estados emocionales que queremos evitar a toda costa como la vergüenza, el ridículo, el rechazo social, el sentimiento de inadecuación, o la misma culpa.

Pero la realidad es que el verdadero bienestar viene de vencer la pereza y que las acciones motivadas por el amor hacia nosotros mismos, y hacia los demás, puedan más que la desidia. Esa sensación de victoria y de satisfacción cuando no nos vemos doblegados ante esa vocecilla interna que tratar de disuadirnos de nuestros nobles propósitos, es inigualable.

He confundido a menudo la comodidad con el bienestar, y la verdad es que a veces se parecen mucho. Pero la comodidad no implica bienestar, y el bienestar lleva implícito cierto grado de comodidad vital. Puedo estar muy cómodo, pero sentirme solo, vacío, insatisfecho…

El bienestar no depende de lo que tengo, sino de lo que entiendo que soy. Tiene que ver con la calidad de las relaciones que nutren mi alma, empezando con la que tengo conmigo mismo. También con el nivel de paz interior que he logrado cultivar en mi vida.

La comodidad es un sucedáneo que crea un espejismo de seguridad y nos da un cierto sentido de orientación existencial. La realidad es que como con muchos aspectos de la sociedad occidental, le hemos dado demasiado poder hasta convertirlo en toda una deidad. El constante impulso por tener un mayor confort material se han convertido en una de las mayores adicciones contemporáneas. Una mayor comodidad económica no implica un mayor grado de amor propio.

Hemos adquirido un tremendo nivel de confort. Hemos integrado completamente un sinfín de ventajas que nos hacen muy intolerantes a cualquier tipo de malestar esporádico. Se trata del poderoso principio psicológico del contraste: cuando más confort alcancemos, menos estaremos dispuestos a perderlo.

Pero esta peligrosa inercia nos hace personas dóciles, blandas,  maleables, muy egoístas, muy poco solidarias y muy desconectadas. Anteponemos no perder en ninguna medida ninguno de estos placeres, a salir de nuestra zona de confort para defender valores colectivos más nobles.

Es comprensible además que para las personas que no han disfrutado de todas las ventajas que tiene la sociedad del bienestar, disfrutar de un contexto así se les presente como  una auténtica panacea. Posiblemente se trate de la mentira mejor contada, la estrategia de manipulación mejor diseñada de la historia de la humanidad.

Es muy importante ver que esta mentira da carta blanca a los poderosos para campar a sus anchas. Estamos sacrificando nuestro derecho a medrar a cambio de unas cuentas migajas. La pasividad y el egoísmo nos convierten en cómplices de todos los excesos que sientas que se están cometiendo en este momento de la historia.

Forjemos un futuro en base a nuestras fortalezas, y no a nuestras debilidades. Somos esclavos de las distracciones, del materialismo , de la imagen… ¿de verdad crees que la evolución nos ha traído aquí para esto? Personalmente tengo una visión  más elevada para el hombre.

 

Afirmaciones

Creo mis pensamientos desde el amor a mi y a los demás.

Mis acciones están basadas en el amor.

Soy honesto conmigo, y con los demás.

Me siento capaz de hacerme cargo de mi de una forma responsable y amorosa.

Ayudo a los demás a crecer con libertad y dignidad permitiendo que elijan lo que es mejor para ellos.

Elijo sonreir a la vida.

Cultivo un espacio de juego e inocencia cada día.

Me permito sentir.

Logro percibir  siempre un ángulo jovial en lo que me acontece.

Entreno el agradecimiento y el aprecio a mi, a mi pareja, a mis amigos, a la madre tierra y a la conciencia universal todos los días de mi vida.

Un problema es siempre una oportunidad de crecimiento.

Permito que todos elijan su propio camino.

Voy a amar, y ser amado.

Creo en mi.

Me siento capaz de crear emociones positivas en mi y en otros.

Elijo estar presente y practicar la atención plena.

Soy libre.

Estoy sano.

Soy lo suficiente. Tengo todo lo que necesito.

Trato a las personas con amor.

Tengo compasión y respeto hacia mi, y hacia los demás.

Me lleno de emociones positivas para mi y para otros.

Me merezco lo mejor.

Tengo todo lo que necesito para ser feliz.

Mis sentidos, mi atención y mi consciencia me van a ayudar a comprender la realidad.

Voy a usar mi mente únicamente cuando la necesite.

Elijo tener una vida de constante crecimiento espiritual y emocional.

Soy una persona digna de confianza.

Construyo buenos hábitos que contribuyen a mi amor propio y mi autoestima.

Soy generoso conmigo y con los demás.

Soy paciente.

Me alimento de forma saludable y pausada.

Abrazo mi vulnerabilidad y la comparto.

Comunico mis necesidades de forma clara y directa.

Me relaciono con los demás usando el amor como referencia.

Soy el único responsable de mis sentimientos.

Me conecto con la alegría de vivir.

Medito cada día de mi vida.

Me perdono.

Elijo palabras que ayudan a elevarme a mi y a otros.

Dolor VS Sufrimiento

El dolor es una forma de sanación espiritual donde se acepta una pérdida o la necesidad de transformación de algo que nos concierne.

El sufrimiento es un mecanismo disfuncional mediante el que adoptamos acciones que sabemos consciente o inconscientemente (negación) que nos van a conectar con el malestar, pero que nos son útiles para eludir el dolor relativo a un aspecto de nuestra realidad que elegimos no aceptar.

A continuación voy a poner un ejemplo para tratar de aclarar la diferencia entre ambos conceptos. Supongamos que tengo una adicción a la comida. Yo utilizo esta herramienta para castigarme y sufrir, muy probablemente porque no quiero aceptar el dolor que siento por el vacío de no sentirme digno de ser amado. Es el bloqueo que evita  trascender que esto es una mentira que me cuento para no enfrentarme al miedo que siento al exponerme, y atreverme a que me vean tal y como soy. Uso la comida porque ayuda a mi miedo a protegerse

Casi todas las adicciones operan del mismo modo, son siempre herramientas del miedo que en mayor o menor medida nos generan culpabilidad y una desconexión emocional que permiten eludir el dolor existencial,  y  nos facilitan chutes instantáneos de bienestar hedónico.

La desconexión de nuestras emociones tiene un altísimo precio en nuestra sociedad. Se trata de toda una norma que nos amputa nuestra capacidad de comprender, empatizar y conectarnos a los demás a un nivel más profundo. Sin este nivel de comunión, sentimos un profundo vacío espiritual que de nuevo nos mete en el mismo círculo vicioso donde buscamos sucedáneos express para llenar este sinsentido.

La adicción y la dependencia a la tecnología es la gran pandemia contemporánea. Nos crea una ilusión de hiperconectividad donde se nutre la sensación de aprobación, de afecto, de atención, de reconocimiento inmediato, muy parecido al amor, que estimula nuestros centros de placer, pero sin la profundidad suficiente como para generar un valor existencial relevante (ya que en el fondo sabemos que no podemos contar de verdad con esas personas).

Se trata de un peligro porque se convierte en una adicción en forma de sucedáneo barato, pero hormonalmente efectivo, de una importantísima necesidad humana. Se trata de un súper sofisticafo placebo, de un espacio colectivo de autoengaño.

Nos han convencido para elegir multiplicar exponencialmente la relaciones sociales superficiales que copan toda nuestra atención y nuestro tiempo, limitando drásticamente nuestra capacidad para profundizar en las relaciones interpersonales en la vida analógica. Tengo tantos objetos de distracción que alimentan mi ego, que me hacen muy complicado estar presente y concentrarme en la persona que tengo frente a mi.

No tengo tiempo para aceptar y amar de verdad a un gran número de personas. Abrirse, dejarse ver, aceptar a alguien tal y como es, dedicarle tiempo y presencia, es una tarea que requiere de una gran energía. Personalmente he elegido tener un círculo de afecto reducido. He tomado la decisión de desengancharme de este sistema de recompensa que tenía con las redes sociales, que en mayor medida me traía más sufrimiento que otra cosa.

Ahora estoy aprendiendo a aceptar el dolor cuando viene. No juzgarlo, observarlo, entenderlo, y en la medida de lo posible trascenderlo. Lo más curioso es que cuando mayor aceptación y celebración del dolor experimento,  menos tiempo se tarda en que pase de largo.

 

La invitación

No me interesa saber cómo te ganas la vida,
lo que quiero saber yo es cuales son tus anhelos,
y si es que te atreves a soñar con realizarlos.

No me interesa saber tu edad,
lo que quiero saber yo es si te arriesgarías a pasar por tonto
por amor,
por tus sueños,
o por la simple aventura de sentirte vivo.

No me interesa saber qué planetas están en cuadratura con tu luna,
lo que quiero saber yo es si has tocado fondo en tu sufrimiento,
y si tu corazón se ha abierto por las traiciones de la vida,
o si se ha arrugado y cerrado
ante el temor de sufrir más.

Quiero saber yo si puedes tú aceptar el dolor,
el mío o el tuyo,
sin tratar de esconderlo
o de menguarlo
o de eliminarlo.

Quiero saber yo si puedes tú aceptar la alegría,
la mía o la tuya,
si puedes tú danzar con frenesí
y dejar que el éxtasis te colme hasta la punta de los dedos,
sin advertirnos de que tenemos
que tener cuidado,
o de que tenemos que ser realistas,
o de que debemos recordar las limitaciones de ser humanos.

No me interesa saber si es cierta
la historia que me cuentas.
Lo que quiero saber yo es si estás dispuesto
a decepcionar a otra persona
por ser honesto contigo mismo.

Si puedes tú soportar el ser acusado de traición
sin traicionar tu propio espíritu.
Si estás dispuesto a no creer en nada o en nadie,
y si eres por lo tanto digno de confianza.

Quiero saber yo si puedes ver la Belleza
aún cuando no todos los días
sean hermosos.
Y si puedes tú inspirar tu propia vida
con su presencia.

Quiero saber yo si puedes tú vivir con el fracaso,
el mío o el tuyo,
y aún detenerte al borde del lago
y gritar al brillo de luna llena,
“Sí.”

No me interesa saber donde vives
o cuánto dinero tienes.
Lo que quiero saber yo es si puedes levantarte
después de una noche de sufrimiento, desesperado,
cansado y magullado hasta la médula,
y aún hacer lo que se necesita
para alimentar a los niños.

No me interesa saber a quien tú conoces
o como llegaste aquí.
Lo que quiero saber yo es si estás dispuesto
a pararte en el medio del fuego
conmigo
sin arrugarte.

No me interesa saber qué, donde o con quién
has estudiado tú.
Lo que quiero saber yo es qué es lo que te sostiene
por dentro
cuando todo lo demás se desbarata

Quiero saber yo si puedes estar solo
contigo mismo,
y si disfrutas de tu propia compañía
en los momentos más vacíos.

© 1995 por Oriah House, de “Dreams Of Desire”
Publicado por Mountain Dreaming

Deshonestidad

La deshonestidad es un mecanismo de defensa disfuncional, motivado por el miedo, por el que nuestras acciones son el resultado de una distorsión de la realidad. Se trata de una forma de esclavitud que me encadena con la necesidad de aprobación de los demás.

En los últimos meses he estado tratando en mi tratamiento terapéutico este fenómeno. No podía imaginar la cantidad de mentiras que me cuento. Mi principal autoengaño es haber construido la creencia de que no soy lo suficiente. A partir de este programa instalado en mi núcleo central he desarrollado mecanismos que tratan de ocultar la persona que realmente soy.

La segunda mentira más gorda que me he contado es que yo puedo con todo. He sido muy  autosuficiente. En los últimos meses por fin he sido consciente de la importancia que tiene pedir ayuda cuando la necesito. Detrás de mi enfermiza autonomía se esconde el miedo al rechazo al mostrarme débil. En el hombre en especial se presupone fortaleza. Esta creencia colectiva creo que hace mucho daño, ya que no da espacio a la fragilidad humana. Ahora soy consciente de que para mostrarse vulnerable se requiere mucho valor y fortaleza interior. La humildad que entraña ser consciente de mis limitaciones y pedir ayuda, ha sido toda una catarsis espiritual.

Una de los aspectos en los que no había sido del todo consciente es en la cantidad de energía que requiere sostener una mentira. La deshonestidad me mantiene en un estado de alerta donde se deja poco espacio para la espontaneidad y el humor. Si tengo la tendencia a ocultar la persona que realmente soy, gran parte de mi energía emocional y física se ha de focalizar en sostener la coherencia de la personalidad que he construido.

Lo más curioso es que en el fondo tenemos muchísima capacidad para detectar la falta de honestidad. Quizá no de forma directa, pero sin duda percibimos el miedo,  la tensión y el malestar. Generalmente es una energía que se propaga como la pólvora generando una atmósfera poco confortable.

También es una forma de deshonestidad no ver a las personas o las situaciones  tal y como son, sino como me gustaría que fueran, o bien  tal y como soy yo. ¿Cómo ser consciente? Generalmente cuando hago responsables tanto de mi felicidad, como de mi desgracia a los demás, estoy alterando la realidad. Estos patrones de pensamiento me llevan a conectar con la ira, con la frustración o con el enfado. 

Existen dos formas de autoengaño, la consciente, y la inconsciente. En la primera tengo noción de mis necesidades, pero ni las atendiendo de forma directa, ni pido ayuda para satisfacerlas. En la inconsciente desestimo una necesidad física, emocional o espiritual por medio de un mecanismo de defensa disfuncional llamado la negación. Se trata de un sistema donde bloqueo ver una porción de la realidad tal y como es, ya que me da miedo o entiendo que será doloroso hacerme responsable de ella.

La pereza también es una forma de mentira. Dar espacio a la postergación, es no ser coherente con una decisión consciente que he tomado en relación a las acciones que se requieren para atender  mis necesidades, o las necesidades de un tercero.

Otra forma de deshonestidad es la creación de falsos ídolos. He divinizado la belleza física, la juventud y el materialismo. He entregado mi poder a estos aspectos externos. He consumido contenido de forma compulsiva en redes sociales que he usado para castigarme, para sufrir, para fomentar la idea de que no soy lo suficiente, o cultivar la ilusión de que si tuviera algo que no tengo sería totalmente feliz. En el fondo sé que es un mentira, ya que de otro moda las personas con cierto estatus económico, o cierto aspecto, experimentarían una forma de felicidad definitiva. Esto no puede estar más lejos de la realidad. Pero en esa mentira se esconde una herramienta muy útil para sufrir.

Adquirir el compromiso de ser totalmente honesto asusta muchísimo. La deshonestidad tiene muchas ventajas, pero progresar a nivel humano pasa por esta imprescindible transformación.

 

Meditación

La meditación es una forma de entrenamiento mental donde se regula y potencia nuestro estado de consciencia. Su práctica diaria genera cambios neurológicos  en el cerebro después de ocho semanas (Sara Lazar, Ph.D, Harvard). Esta experta en neurociencia ha comprobado que la meditación aumenta el grosor de la corteza cingulada (sistema límbico), la parte del cerebro responsable de la mayoría de los sentimientos, desde la emoción hasta la atención, el aprendizaje y la memoria. El hipocampo izquierdo, imprescindible en el aprendizaje, las capacidades cognitivas, la memoria y la regulación de las emociones, también había aumentado de grosor. Así mismo aumentó la unión temporoparietal, asociada a las relaciones sociales, toma de perspectiva, la empatía y la compasión. La amígdala, la zona del cerebro responsable de la ansiedad, el miedo y el estrés, se redujo, con una consecuente disminución de los niveles de estrés en el individuo. Se observó del mismo modo una mayor cantidad de materia gris en la corteza sensorial. Por último se pudo comprobar que en individuos que habían meditado de forma regular a lo largo de sus vidas existía una menor degeración del cortex prefontal, es decir que habían detenido el envejecimiento de sus cerebros.

La contundencia de los resultados en estudios de neurociencia relacionados con la meditación en intervenciones de corta duración es absolutamente abrumadora. Otro buen ejemplo de ello es el Center for Healthy Minds, un proyecto de la Universidad Madison (Wisconsin, Estados Unidos) y el propio Dalai Lama. Su máximo responsable es Richard Davidson, neurocientífico de la universidad y uno de los investigadores más importantes de los entresijos del bienestar vinculados al funcionamiento del cerebro. Promueven investigaciones sobre diferentes hábitos mentales como la meditación, la potenciación de habilidades emocionales, la creatividad, la autoestima, la concentración… Potencian las mentes saludables mediante los resultados de estudios donde se analizan los beneficios de distintas rutinas mentales.   

A modo de ejemplo, en un estudio donde se integró la meditación durante 20 minutos en diferentes escuelas,  tres días a la semana,  durante 8 semanas,  un entrenamiento en meditación, gratitud, la cooperación, la amabilidad, la respiración consciente se obtuvieron los siguiente resultados:

Los profesores observaron el espíritu de colaboración ascendía drásticamente como muestra el siguiente gráfico.

g1

Por otro lado se realizó un experimento donde se instaba a niños de 4 y 5 a regalar pegatinas que se les entregaba. En 8 semanas el grado de empatía que se conseguía fue sorprendente como muestran las siguiente gráficas:

g2

g3

También me dejó muy sorprendido el caso de la David Lynch Foundation, una fundación que apoya y promueve programas en las escuelas para que las tecnologías de la educación basada en la conciencia estén disponibles en todos los niveles  para los estudiantes, para los padres de familia, para los profesores, y para la sociedad alrededor, con becas y construcción de escuelas. La meditación trascendental se encuentra en la raíz de todas sus intervenciones.

El programa de educación basada en la conciencia es de fácil implementación en cualquier establecimiento educativo, sin necesidad de modificar el plan de estudios académicos existente.

Incluye las siguientes etapas:

  1. Enseñanza de las tecnologías de la conciencia. Un equipo de profesionales calificados enseñará estas simples técnicas mentales a los alumnos y profesores quienes practicarán este programa en clase por 10-15 minutos al principio y al final de la jornada escolar.
  1. Se realiza el seguimiento y revisión de los resultados. Se hace un seguimiento frecuente de la práctica de la tecnologías de la conciencia para asegurar su correcta aplicación. También se documenta los múltiples beneficios que los practicantes experimenten en el tiempo.

No hay ninguna duda de que la meditación aumenta la capacidad de concentración, potencia la capacidad para aprender, aumenta el ánimo y la capacidad de colaborar, la compasión, la creatividad, la capacidad de gestionar nuestras emociones, y en general el bienestar del individuo… ¿a qué demonios estamos esperando para cultivar este hábito?

Tal vez sea necesario vencer los prejuicios asociados a esta práctica. Al margen de la espiritualidad las ventajas cognitivas son evidenes.

Nuestro cerebro, al igual que nuestro corazón, tiene una carga eléctrica y una magnética. Me viene a la mente la frase de, en lo que a mi respecta, uno de los mayores genios que ha existido hasta el momento, Nikola Tesla: “Si quieres entender el Universo, piensa en energía, frecuencia y vibración”

En relación al cerebro, existen cinco frecuencias de ondas cerebrales distintas: Beta, Alfa, Theta, Delta y Gamma. Cada frecuencia, medida en ciclos por segundo (Hz), tiene su propio conjunto de características que representa un nivel específico de la actividad cerebral y por lo tanto un estado único de la conciencia.

  • Beta (14-40Hz) está presente en la conciencia normal de vigilia y el estrés.
  • Alfa (7.5-14Hz) en profunda relajación.
  • Theta (4-7.5Hz) en la meditación y el sueño ligero.
  • Delta (0.5-4Hz) en el sueño profundo sin sueños y la meditación trascendental.
  • Gamma son más rápidas (por encima de 40 Hz) y se asocian con una repentina introspección.
  • Alpha-Theta 7-8Hz – la puerta de entrada a la mente subconsciente.

Nuestro cerebro es un órgano muy complejo, pero en esencia es importante que comprendamos que tenemos áreas más primitivas relacionadas con la subsistencia y los impulsos primarios (cerebro reptiliano), y áreas evolutivamente más avanzadas que se relacionan con la creatividad y niveles más altos de consciencia.

Si percibimos que estamos en una situación de peligro, nuestra amígdala centraliza todos nuestros recursos energéticos en la huída. Literalmente desconecta todos nuestros sistemas que no tengan que ver con la capacidad física de escapar. Apaga nuestro sistema inmunológico y todas las zonas cerebrales más evolucionadas.

Vivimos en una sociedad donde se cultiva la idea de que estamos en peligro constante. Parece que estamos siempre en la antesala de un terrible desencuentro para el hombre y para el planeta. Puede que esta impresión sea más o menos cierta. La realidad es que las soluciones que requiere tanto el hombre como el planeta parten del potencial creativo  en cada una de nuestras mentes.

De una forma relativamente sencilla, la meditación facilita que pasemos de una frecuencia cerebral más baja (Beta), a una frecuencia con una mejor conexión entre ambos hemisferios del cerebro, donde nuestro lado derecho (asociado a la creatividad) gana protagonismo (nivel alfa).

El miedo nos mantiene separados, desconfiados, violentos, cohibidos, inconscientes, deshonestos, egoístas, insatisfechos, tristes y desconectados. El hedonismo, el materialismo y la gratificaciones son el único analgésico que nos logra sacar por unos instantes de ese vacío existencial.

Hay algo más. Hay una verdad más profunda. Siento que hay un propósito más noble por el que la naturaleza decidió desarrollar todo ese potencial en el hombre. Creo que es una cuestión de tiempo el que despertemos de esta mentira y empecemos a aprovechar todo el inmenso potencial que tenemos de serie.

Mi visión del ser humano como protector y potenciador de la naturaleza, como fuente de amor y creatividad, como motor de armonía entre las especies, es la mayor fuente de inspiración que tengo para mi desarrollo.

La meditación creo que es un pilar central de esa transformación que nos conecta con nuestra esencia y con nuestro auténtico potencial.

Dentro de poco dedicaré un artículo para explicarte de forma específica qué rutina de meditación practico cada mañana.

Cada persona tiene su propio proceso en cualquier caso. Como he descrito en artículos anteriores creo que es algo muy común ser adicto al sufrimiento y al malestar,  y el bienestar entra en conflicto con esa dependencia emocional. ¿Una de las fórmulas mágicas para aumentar tu nivel de paz interior y serenidad? Sin ningún tipo de duda…meditar.

Entropía VS Sintropía

La entropía es la tendencia energética hacia al desorden de ciertos sistemas complejos en la naturaleza. La sintropía es una metodología capaz de activar una serie de acciones conscientes que potencian la reestructuración, el equilibrio y la aceleración metabólica de ese sistema.

Antes de que sigas leyendo me gustaría que vieras algo que creo que va a facilitar mucho la compresión general del siguiente artículo. La primera vez que oí hablar de la sintropía como método fué de la mano del granjero investigador suizo Ernst Götsch. Te voy a recomendar encarecidamente que en este punto dediques unos minutos a ver este increíble vídeo donde se explica la base teórica y práctica de esta técnica. Como verás tiene que ver con un proceso de potenciación de la capacidad creativa de la naturaleza.

Creo que ese mismo potencial que Ernst descubre en este contexto, no solo es aplicable a ese sistema, sino a muchos más. Como puedes ver hoy toca hablar de algo un tanto complejo. Voy en cualquier caso a empezar acotando el marco de la entropía y la sintropía a un sistema complejo específico: el ser humano.

Muchos de los conceptos que a partir de ahora voy a compartir los he aprendido hace unas semanas en un magnífico seminario sobre liderazgo del gabinete psicoterapeútico Paradox. Quiero para empezar darles todo el crédito que merecen ya que gran parte de las reflexiones que voy a compartir, son de su cosecha.

En términos generales entropía y sintropía son dos conceptos que se relacionan con la idea de que la consciencia ordena nuestra realidad, y que si no cultivamos la misma, de forma individual y colectiva, se va a tener una tendencia al desorden, al miedo, y al dolor. La libertad por tanto es la capacidad que tengo de elegir entre el orden y el desorden. A su vez creo que esta decisión se relaciona con desarrollar la habilidad de comprender y neutralizar mi miedo para vibrar con amor.

Puesto de otra manera, cuando nacemos tenemos todos los nutrientes para ser felices y prosperar. La naturaleza nos entrega todas las herramientas necesarias para medrar. Nos regala la confianza, la alegría, la espontaneidad, la sinceridad, el humor, la capacidad para comunicarnos, para colaborar y sobre todo para amar sin miedo.

Si nos desarrollamos en un ambiente donde no existe el suficiente nivel de consciencia, la tendencia será a que el potencial de todos esos nutrientes se vea mermado por la creación de la creencia central de que vivir es un proceso hostil y me he de proteger a nivel tanto físico como emocional. Aquí se empiezan a vertebrar todos los mecanismos de defensa que esconden y niegan mi verdadero ser para que exista coherencia entre la idea de que no soy, o no tengo lo suficiente para que me acepten y me quieran,  y mi instinto natural a adaptarme al entorno y sobrevivir. Aquí empieza la fiesta.

Sin embargo si nos desarrollamos en un contexto donde nuestros progenitores han aprendido a amarse a sí mismos, a amarse entre ellos, y a tener capacidad de amar a los demás sin miedo, sin apego y con libertad, todo el potencial humano de serie se abre camino y la creatividad y el bienestar florecen en el nuevo ser.

Trabajar mi nivel de consciencia en este sentido es un sin duda uno de los mejores propósitos que he podido abrazar. A pesar de que es muy relevante el primer sistema de creencias de nuestra infancia, no nos determina de por vida. Nuestra plasticidad cerebral nos garantiza que podemos transformar en cualquier momento toda la estructura de ideas que hemos adoptado como ciertas. No es una tarea fácil, ya que pasa por acceder a la parte menos accesible de mi ser: el inconsciente.

Me gusta pensar que vencer el miedo y doblegar al ego es una oportunidad de ganar algo que puedo ofrecer a los demás. No puedo dar algo que no tengo. Si aprendo a amarme, puedo amar a los demás.     

¿Cómo puedo poner orden a nivel consciente en mi vida? En principio hay tres dimensiones: la emocional, la física y la espiritual.

En lo relativo a la dimensión emocional, me he pasado la vida intentando no sentir las emociones relacionadas con el miedo, la vergüenza o la culpabilidad. El desorden emocional se relaciona con la creencia de que hay sentimientos “buenos” o “malos”, “agradables” o “desagradables”. Este peligroso juicio niega mi propia humanidad y mi capacidad de estar en contacto con mi interior.

Todos los sentimientos tienen un propósito. Ordenarnos a nivel emocional es permitirme pensar y sentir cualquier cosa, y desarrollar la habilidad para encargarme de ello de forma construtiva. Tengo todo el derecho a sentirme de cualquier manera. No tengo que avergonzarme de ningún pensamiento ni de ningún sentimiento. La responsabilidad es decidir de forma consciente a qué acciones me van a llevar esos sentimientos. Una mala gestión del miedo me lleva a ser egoísta, manipulador y un mentiroso. Ser consciente de que el miedo es una ilusión que yo mismo he creado, permitirme sentir miedo, aceptarlo e integrarlo sin que se convierta en acciones destructivas para mi y para los demás, es uno de mis grandes objetivos.

Mi ego es muy inteligente. Trata de escapar de esos sentimientos y tiene mil escondrijos para ello: la adicción al trabajo, la intelectualidad, la sexualidad, el hedonismo, el materialismo, la procrastinación, la codependencia…La toxicidad emocional posiblemente sea uno de los mayores peligros y una de las grandes adicciones a las que tengo que hacer frente. La creencia de que no soy lo suficiente y los pensamientos ligados a ella, me han generado un hábito químico ligado a una serie de emociones a las que soy básicamente adicto. Para tener mi chute periódico a estas emociones interpretaré mis circunstancias de forma que me permitan alimentar esa dependencia.

Es irónico además cómo a nivel social no solo se ha acepta, sino que se vanagloria en gran medida la idea de que dejarse llevar por las emociones es algo positivo. Debemos encontrar nuestra “pasión” en la vida. La etimología de la palabra “pasión” viene del latín passio, y este del verbo pati, patior, padecer, sufrir, tolerar. Como su propio origen indica la palabra pasión define un estado pasivo donde soy una víctima de mis sentimientos.

Existe una tendencia a mi desorden emocional ligado a la entropía. Si no me ordenamos a nivel sentimental seré un esclavo de mis acciones ligadas a ese desorden.  Ya no me fío de mis deseos/pasiones. En su mayoría tienen por objeto compensar mis limitaciones de carácter. Ahora estoy completamente enfocado en cubrir las necesidades que me permitan aceptarme, amarme y cultivar una relación sana conmigo y con los demás. Para ello la honestidad, la confianza, la aceptación, la alegría, la buena voluntad y el amor son las principales monedas de cambio. Por ejemplo me he dado cuenta de que cuando conecto con sentimientos como la irritación o la ira, simplemente no estoy aceptado a alguien o algo tal y como es. El principio de igualdad es unos de los motores principales del amor.

El orden en la dimensión física se relaciona con aspectos como los nutrientes y el ejercicio físico. Si tengo una vida apática, si no me muevo lo suficiente, la entropía lleva a mi sistema físico a su degradación. De igual manera, si no mantengo un equilibrio alimenticio, o si castigo mi sistema físico con drogas o diferentes fuentes toxicidad, le envío un mensaje directo a mi inconsciente: no me quiero.  

Cuidarme en este sentido es un acto de amor que da coherencia a todo el trabajo emocional que he descrito con anterioridad. Si no hay una primera coherencia entre la acción para con nosotros mismos, y la gestión de nuestros pensamientos y nuestros sentimientos,  lógicamente se produce un conflicto interno. Si deseo quererme, pero mis actos no están en sintonía con esa voluntad consciente, me estoy comunicando inconsistencia. Quizá este deba ser un primer indicador de que creo que no merezco ni si quiera mi propio amor. Este debe ser el detonante para entrar en un proceso para recuperar todo lo que tenía de serie cuando nací,  que espera dormido dentro de mi ser.

Hay una sincronicidad directa entre los físico y lo emocional. Por poner un ejemplo, fumar es una forma de negar mis emociones. El único colocón del tabaco es el apagar en gran medida mi capacidad de sentir. Baja drásticamente mi nivel de oxígeno en sangre lo que conlleva esa respuesta psicológica. La respiración es una puerta súper potente a la consciencia, a la energía vital y a la paz interior.   Tener miedo a sentir y no dar espacio a mi verdadero ser es negar mi humanidad y un acto de cobardía. Otro mensaje directo al inconsciente.

Para terminar está el orden a nivel espiritual. La entropía en este sentido me hace sentir que estoy separado del resto. Tiene que ver con la dualidad, con la idea de lo bueno, de lo malo, de lo correcto, de lo incorrecto, del debo, del tengo. Es como si una de mis células no se sintiera parte de mi ser y se viera como un ente separado. Bien es cierto que se trata de un ser vivo autónomo, libre, vulnerable…pero a la vez forma parte de un todo.

Para trabajar este área de mi vida utilizo la meditación. Es una forma de reconectar con una fuente energía única más allá de mi individualidad.

Tengo la impresión que en el orden se abren nuevos caminos para acceder a una verdad más profunda, para una comprensión y una aceptación genuina de la vida. No lo puedo saber aún, ya que estoy muy lejos de tener coherencia entre lo que pienso, lo que siento y lo que hago. De momento es solo una promesa. Aún hay mucho conflicto en mí,  pero también mucha confianza en que estoy en el camino correcto.

 

El perdón

El perdón es una forma de sanación espiritual donde se suelta el dolor asociado a un comportamiento propio o ajeno. Me parece especialmente significativa para la comprensión de este concepto la etimología de la palabra “disculpas” del latín dis, separación, y culpas, remordimiento resultado de haber causado daño físico o psíquico. Se trata por tanto de una forma de desapego a un sufrimiento con el que me castigo emocionalmente.

He tenido la oportunidad de compartir impresiones sobre el perdón recientemente que han sido todo un regalazo. He comprendido que perdonar es una forma de aceptar la naturaleza de nuestra propia humanidad.

Personalmente a quien más me cuesta perdonarme es a mí mismo. Durante mucho tiempo me he rechazado y he creído que no era digno de recibir amor. Ese comportamiento requiere de una reconciliación muy profunda. He llegado a entender que quizá haya una parte de mi que no quiera perdonarme, ya que le viene muy bien ese dolor. Esa culpabilidad sigue siendo útil a la parte que quiere controlarme y me intimida con pensamientos abocados a hacerme sentir que no soy suficiente. La culpa es una poderosa moneda de cambio en ese juego interior por la lucha del poder.

Hay una paradoja que me ha sorprendido mucho en relación al perdón. Por un lado no siento que nadie tenga que disculparse conmigo. El dolor que me puedan causar es una oportunidad de desarrollar cualidades muy importantes como la compasión. Creo que cuando una persona daña a otra lo hace desde el miedo, o desde la inconsciencia.  He decidido tratar de comportarme siempre como si lo que me acontece fuera favorable. A veces es muy incómodo, pero no deja de ser un contexto para el crecimiento. Lidiar con la decepción y con el dolor, y practicar el amor incondicional, son una gran oportunidad para sentirme una persona de valor.

Creo en un “perdón original” que a diferencia del pecado original, nos exime de la responsabilidad  del dolor que causamos, ya que este es inherente a nuestra humanidad y a nuestro proceso de evolución interna. No siento que un bebé necesite pedir disculpas cada vez que se cae cuando empieza a caminar. No creo que la naturaleza que nos hace errar a lo largo de nuestra vida diste mucho de la de ese niño que experimenta y crece por medio de la experiencia.

Por otro lado sin embargo, es muy importante para mi pedir perdón cuando me he dado cuenta de que he causado dolor a otra persona. A veces ocurre sobre la marcha. A veces cuando llego a un punto de consciencia que no tenía en el momento que infligí el daño. Recalcar que he logrado reconocer el origen de ese dolor, identificar la limitación que lo ha originado y me estoy haciendo responsable de ella, compartir que experimento sufrimiento por ello, y que necesito ayuda para soltarlo, es un acto de humildad y respecto a mí y a lo demás.

Hay dos tipos de perdón: el egótico, y el espiritual. El egótico es el que se hace desde una posición de superioridad, que en muchas ocasiones es más un vehículo de manipulación, que una forma de catarsis. El perdón espiritual proviene desde la verdadera aceptación de nuestra vulnerabilidad, desde la empatía y el genuino amor hacia uno mismo, y hacia los demás.

Muchas aproximaciones psicológicas relevantes (gestalt, cognitiva…) creen que la culpa es algo que se transfiere de generación en generación. Tiene sentido que haya una carga emocional en las células que se traspase a nuestros descendientes. Quizá este sea el auténtico pecado original, la culta que arrastramos que no nos pertenece, pero que tenemos la oportunidad de enmendar en nombre de nuestros progenitores.

También hay veces que pienso que tengo rencor hacia un ser querido, y que me cuesta perdonar su comportamiento. Si profundizo un poco más en ese sentimiento, a quien no puedo perdonar es a mí mismo por no saber amar a esa persona que en el fondo es tan importante para mi. Ese sentimiento me genera una grandísima culpa.

Sin perdón no hay paz interior. Sin perdón no hay libertad. Sin perdón no hay amor, y en definitiva es lo que el mundo más necesita.

Gratitud

La gratitud es una forma de espiritualidad en la que conectamos con el aprecio a un acontecimiento o un aspecto de nuestra vida. Es una forma de consciencia que potencia el bienestar. Cultivar este hábito garantiza en gran medida nuestra salud física y mental, y la calidad de las relaciones que tenemos con los demás y con nosotros mismos.

Es muy importante que seamos conscientes de una serie de inercias psicológicas que, en principio, tienen ventajas para la supervivencia, pero que en este punto evolutivo suponen un gran lastre. Una de ellas es el hedonismo adaptativo. Se trata de un principio por el que la satisfacción que nos produce un evento o una circunstancia placentera decrece dramáticamente con el tiempo.

Así se explica por ejemplo la fase de luna de miel al principio de las relaciones de pareja. Esa deliciosa regresión a la infancia donde nos vemos completamente inundados por un torrente hormonal que nos abstrae de nuestra realidad apenas dura unos meses. Los elementos que nos maravillaban de nuestra nueva pareja pronto se toman por descontado, y se integran en nuestra cotidianidad.

Tenemos la tendencia a idealizar cómo nos vamos a sentir cuando alcancemos cualquier objetivo material o circunstancial que anhelemos. Las mieles del éxito, cuando tienen que ver con elementos externos, no suelen perdurar y se quedan en el mundo de lo superfluo.

¿Qué sentido evolutivo tiene este terrible componente psicológico? Cuando nuestra supervivencia dependía de nuestra habilidad para cazar, de encontrar sustento y cobijo en un entorno hostil, regocijarnos en haber logrado capturar esa presa no nos resultaría de mucha utilidad. El ritmo del ciclo de la vida salvaje en la que hemos evolucionado durante miles de años requería de esa insatisfacción para promover la proactividad necesaria para subsistir.

Estamos por tanto en un delicado momento evolutivo donde tenemos la oportunidad de superar mecanismos relativos a la supervivencia que nos limitan, para tener una experiencia más gratificante a nivel emocional y espiritual.

¿Qué dice la ciencia de la gratitud? La psicología positiva ha estudiado ampliamente los beneficios de cultivar hábitos relacionados con el agradecimiento. Los resultados son absolutamente abrumadores.

Las personas que cultivan hábitos relacionados con la gratitud tienen una mayor satisfacción de la vida, gozan de más vitalidad y de una mejor percepción subjetiva de la felicidad (McCullough, Emmons y Tsang, 2002), tienen una menor tendencia al resentimiento con el pasado (Woodward, Moua y Watkins, 1998) y en ellos se reduce el riesgo de desarrollar trastornos psicológicos como la depresión, la ansiedad o el consumo de sustancias (Bono y MMcCullough, 2006)

Martin Seligman, el padre de la psicología positiva, realizó un curioso estudio donde se instaba a escribir cada noche durante una semana tres cosas que hubieran ido bien durante el día, y sus causas.

Después de tan solo una semana se comprobó que los sujetos eran un 2% más felices. Su felicidad siguió subiendo de forma constante en el siguiente mes hasta llegar al 5%, y llegó al 9% en los siguiente 9 meses. Aunque solo se les pedía que realizaran este ejercicio durante una semana, la mayor parte de los integrantes disfrutaron tanto de esta rutina que la integraron en su vida. Si nos vendieran un fármaco que nos garantizara un 10% extra de felicidad no dudaríamos en comprarlo. Ahora ya lo tienes a tu alcance.

En un estudio (McCraty, 1998) donde se encomendó a “cultivar el aprecio hacia otros y las emociones positivas” los resultados mostraron una reducción del 23% de cortisol (hormona que regula los niveles de estrés) después del período de intervención. Además de este impresionante resultado, el 80% de los participantes mostraron una mayor coherencia en los patrones cardíacos que indican inequívocamente un reducción tangible de los niveles de estrés.

En otro estudio (Seligman, Steen y Peterson, 2005) se les dio a los participantes una semana para escribir y enviar una carta de agradecimiento a alguien que hubiera sido especialmente generoso con ellos, pero a quienes sentían no haber manifestado adecuadamente su agradecimiento.

Este experimento se llevó a cabo en 3 simples fases: primero era necesario encontrar una persona que hubiera hecho algo importante o maravilloso por ti, y que no hubiera sido correctamente agradecida por ello. Después se reflejarían los beneficios obtenidos gracias a lo que esa persona te había aportado. Finalmente se tenía que entregar y leer en persona y dedicar un rato a hablar sobre lo que se había escrito.

Los participantes reflejaron un considerable aumento de su nivel de felicidad en el siguiente mes que perduró en los meses sucesivos. De igual modo un gran número de los participantes decidió de forma espontánea seguir escribiendo cartas de agradecimiento ante los beneficios de la experiencia.

No cabe duda de que cultivar hábitos relacionados con la gratitud es beneficioso. Llevo ya varios años desarrollando el hábito de seleccionar tres cosas por las que me sienta agradecido cada día. Es muy difícil explicar el cambio tan importante que ha tenido en mi vida. Creo que en gran medida hace que siempre esté muy atento para advertir las cosas positivas más significativas que me pasan día a día. Dirigir por un lado nuestra atención hacia esos eventos, los hace en muchas ocasiones pasar menos desapercibidos. Por otro lado ya sabemos que el cerebro no distingue entre la realidad y la ficción, por tanto rememorar esos eventos cada día amplifica sus efectos. En mi caso, por la noche cuando me voy a dormir, repaso mentalmente cuales han sido esos tres sucesos. A la mañana siguiente escribo en mi libreta los detalles de los mismos. De esta forma he triplicado los beneficios químicos de las bondades en mi vida.

Una de las mayores formas de ingratitud que desde mi punto de vista existen se relaciona con el milagro de nuestra factoría interna. Parece que solo nos acordamos de la salud cuando nos falta. Por poner un par de ejemplos, tu corazón bombea diariamente cinco toneladas de sangre. Tus riñones filtran cada semana una tonelada y media de sangre. Sin que nosotros nos tengamos que preocupar de absolutamente nada, en nuestro organismo suceden billones de acciones químicas que nos mantienen vivos. Personalmente creo que todo este trabajo se merece respeto, admiración y sin duda algunos momentos diarios de agradecimiento.

Vibrar con aprecio hace irrelevante las posibles interpretaciones sobre el vaso medio lleno o medio vacío, ya que nos decantamos por celebrar que hay vaso, y que hay agua dentro.

Da la impresión de que en general entendemos la vida como una carrera para hacer frente a nuestras limitaciones. Esto solo trae consigo inseguridad, culpabilidad y frustración. Personalmente tengo una regla infalible y es muy simple. Si en mi vida hay el doble de aprecio que de anhelo, siempre tendré la sensación de que hay bienestar y abundancia. El problema viene cuando este porcentaje se invierte.

Estoy muy agradecido de mi vida. Tengo todo lo que necesito. Te agradezco que estés dedicando unos minutos de tu precioso tiempo a leer estas palabras. Aprecio tu interés por la gratitud. Gracias por estar aquí.

 

Miedo

El miedo es un mecanismo de defensa relacionado con una serie de reacciones fisiológicas originadas por un conjunto de emociones y sentimientos asociados a pensamientos en los que se proyectan situaciones de peligro plausible. Sigmund Freud diferenció en su Teoría del miedo dos tipos de miedo: el real y el neurótico. El primero se relaciona con un riesgo a una amenaza real para nuestra integridad física. El miedo neurótico es un miedo que construimos en base a una creencia irracional donde reproducimos mentalmente, por medio de pensamientos automáticos recurrentes, una serie de posibilidades poco probables.

Este mecanismo se vincula por un lado a nuestro cerebro reptiliano, encargado de gestionar las tareas esenciales para la supervivencia, como comer o respirar; y,  por otro lado, con el sistema límbico, que es el encargado de regular las emociones, la lucha, la huida, la evitación del dolor y en general todas las funciones de conservación del individuo y de la especie. Este sistema revisa de manera constante (incluso durante el sueño) toda la información que se recibe a través de los sentidos. Lo hace mediante un conjunto de núcleos de neuronas localizadas en la profundidad de los lóbulos temporales llamadas amígdala cerebral. Esta controla las emociones básicas, como el miedo y el afecto, y se encarga de localizar la fuente del peligro.

El miedo produce cambios fisiológicos inmediatos: se incrementa el metabolismo celular, aumenta la presión arterial, la glucosa en sangre y la actividad cerebral, así como la coagulación sanguínea. El sistema inmunitario se detiene (al igual que toda función no esencial), la sangre fluye a los músculos mayores (especialmente a las extremidades inferiores, en preparación para la huida) y el corazón bombea sangre a gran velocidad para llevar hormonas a las células (especialmente adrenalina).

Hay 4 tipos de emociones relacionadas con el miedo neurótico: las relacionadas con la escasez, las vinculadas a la desconexión, las relativas a la tristeza y las del odio.

Los pensamientos y las emociones de escasez son las que se fundamentan en la creencia de que vivimos en un mundo limitado en relación a los recursos físicos y afectivos. El apego material y emocional están muy vinculados con esta tipología de miedo donde la falta de confianza en el futuro es característica.

La desconexión se asocia al conjunto de pensamientos y emociones que nos hacen sentir incomprendidos, rechazados, aislados, desamparados, desatendidos, desaprobados…

La tristeza es una expresión del miedo que generalmente está conectada con la nostalgia, la impotencia, el rechazo, la impaciencia, el dolor, la apatía, la depresión y la aflicción.

El odio es la expresión con la carga emocional y la agresividad más intensa que suele ser resultado de una frustración vinculada con necesidades no cubiertas, o bien de tener que aceptar situaciones inesperadas o incómodas.  

A continuación voy a hablar de alguno de los miedos que considero más comunes. Me gustaría empezar con el miedo al abandono. Se relaciona con los pensamientos de escasez. Algo que me han enseñado hace poco y de lo que no había sido consciente hasta el momento es que no se puede abandonar a un adulto. Se puede abandonar a un niño, o a una persona dependiente con necesidades especiales. Un adulto es responsable de sí mismo y por tanto no es posible abandonarlo. La gran ironía es que en la mayor parte de las ocasiones, las personas que temen el abandono, o se sienten abandonadas por otros, en realidad se han abandonado a sí mismas. Me abandono cuando no respondo a mis necesidades, no soy capaz de detectarlas, no las satisfago directamente o bien no las expreso de forma específica cuando dependen de la ayuda de otros. El haberme abandonado implica no haber cultivado hábitos mentales y físicos saludables durante un largo período de tiempo. Uno de los primeros procesos que implica ser consciente de este autorechazo es el de reconciliarnos con nosotros mismos.

Este miedo se conecta de forma directa con el miedo al rechazo. Si pensamos que no somos los suficiente nos veremos presa de estos sentimientos. Personalmente he evolucionado muchísimo en relación a las limitaciones derivadas de esta tendencia de pensamiento. Para mí ha sido muy útil ser consciente de que dar el poder a los demás para que me rechacen proviene de no haber sido capaz de haberme aceptado yo mismo.

Muy relacionado con la anterior está el miedo a la soledad. Personalmente he usado mucho este tipo de emociones y sentimientos para autocompadecerme. La realidad es que en muchas ocasiones tememos quedarnos solos, a pesar de que tengamos un círculo de afecto amplio y sólido. De nuevo si trabajamos la relación con nosotros mismos, nunca nos sentiremos solos. Sin embargo sentirnos incómodos con nosotros mismos debe ser el primer indicador de que se hace necesario emprender un viaje de autoconocimiento y transformación personal.

Conectar con los demás es una de nuestras necesidades básicas. Estar conectados con nuestras vulnerabilidades y ser honestos nos garantiza tener relaciones sanas con los demás.

Hay un miedo extremadamente limitante: el miedo al ridículo. La vergüenza tiene una enorme capacidad para bloquearnos. Uno de los aspectos más importantes en los que personalmente creo que se ha de incidir a nivel pedagógico, es la importancia de no estigmatizar el error. Fallar no solo es algo deseable, sino algo inherente a cualquier proceso de aprendizaje. Si no aprendemos a fallar, fallaremos en aprender. Uno de las características esenciales de las personas con éxito es su resiliencia.

Muy conectado con el miedo al ridículo se encuentra el miedo al fracaso. Hay sin embargo un miedo menos evidente, y sin embargo igualmente limitante: el miedo al éxito. Tenemos la tendencia a temer lo desconocido. Somos tremendamente hábiles para adaptarnos a cualquier circunstancia. Una vez adaptados, preferimos el contexto conocido que exponernos a un nuevo proceso de adaptación. A pesar de que en principio puede parecer paradójico, creo que es muy común tener miedo al fracaso y al éxito a la vez.

También está el característico miedo a la muerte. Es muy curioso que el miedo a la muerte en la mayor parte de las ocasiones se traduzca en miedo a la vida. Tener apego a la vida nos limita. Personalmente he tenido un punto de inflexión en ese sentido. He tomado la decisión de vivir la vida como si el tiempo no fuera una limitación. Es una forma de recibir con agradecimiento lo que la cocina cósmica tenga a bien regalarme. Tengo muchos sueños, pero no voy a dejar que mis expectativas sobre un futuro incierto no me permitan oler las flores que cada día se asoman a mi vida.

Estos son solo algunos ejemplos de los miedos que quizá te limitan. ¿Cómo validar si tu miedo está fundamentado en una situación real de peligro o bien se trata de miedo neurótico? Analizando la naturaleza de los pensamientos que lo originan con ayuda del Cuestionario Socrático.

Responde a las siguientes preguntas:

– ¿Qué tipo de sentimiento es? ¿Automático?¿Rápido y sutil? ¿Difícil de reconocer?¿Negativo?

-¿Qué sentimiento experimentas una vez que estás siendo consciente de los que estás pensando?

– ¿Es del todo cierto lo que estás pensando?

– ¿Estás exagerando o dramatizando la realidad con ese pensamiento?

– ¿Tienes alguna evidencia de lo que estás pensando?

– ¿Es un pensamiento racional?

– ¿Para qué estás pensando de esta manera ahora?

– ¿Qué ventajas te da pensar de esa manera?

– ¿Qué inconvenientes tienes pensando de esa manera?

– ¿De qué otra manera podrías pensar?

– ¿Qué puedes hacer para mejorar esa idea o pensamiento?

– ¿Ese pensamiento te ayuda a avanzar?

 

Apelar a nuestros instintos primarios es el arma de manipulación más efectiva que existe. Es hacer uso de potentes sistemas químicos que tienen prioridad total en nuestro organismo. No solo es efectivo que se usen externamente, nuestro ego es buen conocedor de la capacidad que tiene el miedo para paralizarnos y hacer que le entreguemos todo nuestro poder.

Si te controlan tus miedos vas a vivir una vida de segunda. El universo no te hubiera creado si no le hicieras falta. Analiza tus limitaciones. Actúa a pesar del miedo y enviarás un mensaje claro a tu ego: soy libre.

Patrones de control

Patrones de control: Los codependientes…

  • Creen que la mayoría de las personas son incapaces de cuidarse a sí mismas.
  • Tratan de convencer a otros de lo que deben pensar o sentir.
  • Ofrecen consejos y guía sin que nadie se lo pida.
  • Se resienten cuando otros rehúsan su ofrecimiento para ayudarlos.
  • Hacen favores y regalos a otras personas sobre las que quieren influir.
  • Usar el sexo para lograr aprobación y aceptación.
  • Tienen que sentirse necesitados para tener una relación con los demás.
  • Exigen a otros que satisfagan sus necesidades.
  • Utilizan el encanto y el carisma para convencer a otros de su capacidad de ser cariñosos y compasivos.
  • Usan la culpa y la vergüenza para explotar a otros emocionalmente.
  • Se niegan a cooperar, hacer compromisos o negociar.
  • Adoptan una actitud de indiferencia, impotencia, autoridad o rabia para manipular los resultados.
  • Usan términos de recuperación en un intento de controlar la conducta de los otros.
  • Fingen estar de acuerdo con otros para obtener lo que desean.

El control es un mecanismo de defensa disfuncional directamente conectado con la creencia de que no soy lo suficiente y que vivir es un proceso doloroso. Se trata de una forma de adicción psicológica por la que se tiene la tendencia a juzgar constantemente el comportamiento de los demás como incorrecto.

El control es mi principal defecto de carácter. Llevo tiempo desgranando con ayuda de mi terapeuta las causas, el alcance y las consecuencias de que el  control sea una parte inherente a mí. No podía llegar a imaginar hasta qué punto el control está integrado en mi persona.

He aprendido muchas cosas en estos meses. Una de ellas es que a la persona a la que más controlo es a mí mismo. Mi ego utiliza los pensamientos compulsivos para inundarme emocionalmente e inducirme estados de los que deseo escapar. Estoy aprendiendo a detectar la compulsividad en mi mente y a poder pararla antes de que se disparen cadenas de pensamientos automáticos que me llevan a comportamientos compulsivos con la comida, el sexo o la procrastinación.

El control es una forma de egoísmo. Roba la libertad y la energía a las personas que manipulo para que me necesiten. Amputa la dignidad de los sujetos a las que hago creer que no son capaces de cuidar de sí mismos. Es una forma de mantener una distancia emocional con los demás, ya que si planteo que los comportamientos del otro son incorrectos, la respuesta natural va a ser que sientan malestar y que, en general, adopten un actitud defensiva.

Esta enfermedad se alimenta de dependencia a la aprobación de los demás y de la necesidad de tener la razón. Parte de la creencia de que tener razón es una forma de poder. Otra mentira. Tener esa enfermiza necesidad de tener razón no es más que una forma de debilidad e inseguridad. Lo que ahora lamento es que haber estado totalmente enfocado en convencer a los demás de mis ideas me ha robado la oportunidad de tener empatía, de lograr identificar lo que el otro necesitaba, y de haber contribuido a crear un clima amoroso donde cada uno exprese lo que desea con libertad sin que haya vencedores ni vencidos, un clima donde se celebran nuestras diferencias.

La necesidad de control pone en tela de juicio el plan pedagógico que la inteligencia del universo tiene para cada uno de nosotros.

Es una forma de vida donde el bienestar está muy ligado al resultado. Si no obtengo lo que quiero, o las cosas no salen como espero, conecto con la ira y con la frustración. Es verdaderamente ingenuo llegar a pensar que si las cosas no salen exactamente como imagino en mis trailers mentales, es que la vida no me está sonriendo.

El control está directamente conectado de igual modo a mi perfeccionismo. Querer ser o hacer algo perfecto denota pánico a que rechacen lo que hago o lo que soy. Mi control también se relaciona con mi profesión por tanto. Trato de acumular éxitos profesionales y riqueza como medida de aprobación y valoración de mi persona. Se trata de un espejismo que me hace tener la ilusión de que mi amor propio se puede gestar en algo externo.

También he tratado de controlar mi aspecto físico para buscar la aprobación que no encontraba en mí, en los demás. He estado muy condicionado en este sentido, ya que no solo he utilizado mi propia imagen como medida de valor, sino que he dado mucho poder a la imagen de las mujeres como motor de atracción sobre mí. Este comportamiento me comunica que soy una persona superficial y frívola.

No solo me controlo a mí mismo, sino que existe un amplio abanico de personas a las que trato de controlar: mis amigos, mi familia, mis compañeros de trabajo…

No creo que pienses que compartir todo esto es algo fácil para mí. No lo es. Está siendo un proceso muy incómodo. He decidido compartir mi defecto de carácter ya que por un lado confío en que tal vez le sea de utilidad a alguien que sufre por el mismo motivo. Por otro lado el control es una forma de soberbia, y permitirme ser vulnerable y tener la humildad para expresar que tengo un problema quizá sea parte de la solución. La honestidad es la mejor medicina para casi todo. De lo único que no podemos escapar es de la verdad. Antes o después nos vamos a dar de bruces contra ella.

Creo que he mejorado mucho pero estoy aún lejos de estar curado de esta enfermedad. Quizá te viene a la cabeza alguien que sigue este mismo patrón. Vivimos en una sociedad tan enferma que tal vez te parezca que es algo normal. No lo es. Tal vez sea una patología muy común, no por ello deja de ser una gran limitación para que seamos libres y seamos capaces de amar y ser amados.

Este es solo uno de los patrones de la codependencia. Para mí, el más acusado en mi comportamiento, pero definitivamente no es el único. Cuanto más profundizo en la codependencia, más me parece un programa de crecimiento espiritual y autoconocimiento perfecto. Es mágico cómo se ha logrado vertebrar una fórmula donde el origen de todo tipo de sufrimiento psicológico se puede identificar.

Como conclusión te puedo decir que una de las cosas más importantes que he aprendido del control es que sentirme conectado a los demás, integrarme espiritualmente con una energía única que trasciende a todos los seres, lleva inherentemente un proceso donde cultivo la idea de que todos somos iguales. Sentirme en alguna medida superior a los demás es una forma de invalidez emocional y espiritual.

Emociones Vs Sentimientos

Emoción, del latín emotĭo, -ōnis,  el impulso que induce la acción. Sentimiento, del latín sentire, oír, vinculado a la raíz indoeuropea sent, ir adelante, tomar una dirección.

La emoción es el movimiento químico interno como resultado de un conjunto de pensamientos que nos hace experimentar una sensación corporal específica. El sentimiento es la valoración o la etiqueta que ponemos a esa emoción. Mis emociones son los nutrientes que riegan mis sentimientos, que no son más que interpretaciones de mis circunstancias.

En un contexto donde nos sentimos inadecuados, inseguros o hemos sido víctimas de dosis relevantes de agresividad física o psicológica, uno de los mecanismos de defensa más comunes es desconectarnos de nuestras emociones. Es un mecanismo efectivo pero que tiene un alto precio: desligarnos de nuestra humanidad.

No podía imaginar la importancia que tienen las emociones a la hora de comprender quién soy. Se trata de una herramienta que facilita reconocer mis tendencias de pensamiento, y en última instancia mis creencias centrales y secundarias. Son el mapa con el que me es posible comprender todas las mentiras que me he contado.

Los pensamientos son el eje central de este motor cognitivo. En la última fase de mi transformación personal uno de los puntos de inflexión más importantes ha sido despertar de la ilusión de que soy mi mente. Estaba tan identificado con mi pensamiento que he creído ser las cosas que sabía . Sin duda es una herramienta muy útil, cuando no es más que eso, una herramienta. Si dejamos que lidere el barco es muy fácil que el miedo gobierne nuestra vida. Esto tiene además una explicación evolutiva muy clara. La prioridad para nuestra mente es nuestra integridad física…nuestra supervivencia. El dolor emocional no es un elemento nada práctico para la mente ya que nos paraliza en gran medida. Pero somos mucho más que nuestra mente. Sin duda es el enemigo más poderoso al que jamás vamos a tener que hacer frente. Esa es la lucha más importante que tenemos que librar en nuestras vidas.

Lo más importante para mi ha sido entender por tanto que no hay emociones malas ni buenas. Permitirme conectar con mis sentimientos, contemplar con curiosidad mis emociones, me permite ver quién soy y qué necesito. El pánico a ver quién soy, qué necesito y cómo me siento hace que viva en un mentira tremenda y en el sumidero de la consciencia.

Si quieres emprender este viaje has de empezar por observar qué utilizas para desconectar de ti mismo. ¿Cómo escapas de esas sensaciones que evitas? ¿Qué anestesias usas? ¿Las compras?¿La comida?¿El sexo? ¿La procrastinación? ¿Las redes sociales? ¿Las drogas?¿El control?¿La codependencia? ¿Qué utilizas para evitar sentirte vulnerable? El primer ejercicio es un trabajo de honestidad con uno mismo.

No digo que sea fácil. Domesticar un ego que lleva descontrolado toda una vida, a esa voz que te habla con desprecio para intimidarte y tener el control sobre ti, no va a ser sencillo. Pero recuerda que tú no eres esa voz, tu eres el que decide escucharla, y darle el espacio que desees. La meditación es una forma de hacer las paces con esa vocecilla. Al principio la despreciaba y me hacía conectar con la frustración e incluso la ira. Pero pronto aprendí que es una parte de mi. Ahora me relaciono con ella de una forma más amorosa. Le pido espacio, respeto y silencio cuando lo necesito. No es más que la esencia de nuestros instintos primarios.

En cuanto a las emociones, he pasado de estar bien o mal, a tener un crisol de matices que me hacen sentir en una constante montaña rusa. Requiere un gran trabajo identificar emociones y sobre todo dar espacio a todas aquellas de las que he tratado tanto tiempo de huir: la soledad, la tristeza, la vergüenza, la impotencia, la inseguridad, el miedo al abandono… Poco a poco voy evaluando todos esos pensamientos automáticos. Ahora cuestiono la veracidad de lo que me digo. Observo con mucho cuidado mis pensamientos para lograr destripar las estrategias de control de mi ego. 

Las emociones son el viento que impulsa nuestra nave. Los sentimientos el timón. Los pensamientos las velas. Evitar tus emociones te hace permanecer inmóvil. Dicen que el viento nunca sopla a favor de las personas que nos saben a dónde van. ¿hacia dónde te diriges?

Agentes Secretos

Ahora que ya nos vamos conociendo tengo que contarte algo que quizá te sorprenda; he pasado gran parte de mi vida siendo un agente secreto. A pesar de que ha tenido muchas ventajas, he decidido cambiar de profesión.

No dejarme ver ha sido una forma de control y una traición a mi propio ser. Mi comportamiento me ha comunicado que pensaba que no era lo suficiente. Ha sido una forma de aniquilar mi autoestima.

Ser agente secreto genera pánico crónico a que descubran mi verdadera identidad. Es muy complicado relajarse en un contexto así. Uno se toma muy en serio, lo que dificulta tomarse la vida con el humor y la filosofía que se precisa.

He desarrollado un sin fin de habilidades para esconderme. Ahora entiendo que ha sido una energía, una atención y sobretodo un tiempo muy mal invertidoDesde la negación a mi verdadero ser no se emite luz.

Cuanto más tiempo hacía ese papel, más me identificaba con el personaje, y menos tiempo me dedicaba a saber quien soy, o quién deseo ser. Ser honesto y permitirme ser yo además es dar la libertad al otro para que elija invertir su tiempo conmigo. En la deshonestidad y en la manipulación se puede dilapidar algo tan precioso como el tiempo de los demás.

Los agentes secretos son personas solitarias. No dan mucho espacio a la vulnerabilidad y para ello suelen suprimir los sentimientos de su vida. Tienen un fuerte sentido de deber. Se entregan al ingenuo convencionalismo de lo correcto y lo incorrecto. Es muy útil tener siempre un enemigo al que hacer responsable de tu destino y al que dedicar toda tu atención. De esta forma evitan tener que hacer frente a sus propios demonios.

Sus relaciones íntimas son muy superficiales y la imagen es el pilar central. Es evidente que no se entregan nunca a los demás. No son capaces de amar ni ser amados. Eso les expondría y tienen que evitarlo a toda costa. Son grandes maestros del disfraz y mimetizan todo aquello que pueda ser objeto de seducción y manipulación, todo lo que que sirva para conseguir lo que quieren.

Es muy curioso que la vida de los agentes secretos nos seduzca tanto. Habla de nuestra propia ingenuidad emocional y de nuestra putrefacta escala de valores.

Ahora toca perdonarme por haberme abandonado y reconciliarme con lo que verdaderamente soy. Lo más curioso es que dejar de ser agente secreto es un gran alivio. Creo que nunca me hubiera perdonado no haber empezado a ser un poquito más yo.

 

Amor propio VS Autoestima

En ocasiones aprendemos algo que nos cambia por dentro. La semana pasada he tenido uno de esos momentos en los que  alguien te enseña algo importante. En este caso se trata de la diferencia entre el amor propio y la autoestima. Para mi no había ninguna diferencia entre estos dos conceptos. Pero la hay, y mucha.

Creo que para la mayoría la autoestima es la confianza que profesamos en el valor que tiene lo que somos. Esta seguridad suele vincularse a nuestro aspecto físico, a nuestra inteligencia, a nuestra profesión, a nuestro carisma, a nuestra creatividad o incluso con nuestra capacidad adquisitiva. Es más, el materialismo es una de las monedas de cambio más comunes para obtener autoestima express en nuestra sociedad.

El amor propio sin embargo es algo mucho más profundo. Se trata de aceptarnos tal y como somos de forma incondicional sin que exista ninguna necesidad de esconder ni desconectar de nuestro ser. Nuestro valor se desliga de nuestras circunstancias. Es un sentimiento de libertad por el que nos sentimos capaces de cuidarnos, de responsabilizarnos de nosotros, y de ser dignos de amor y de felicidad. Es un compromiso donde nos mueve un deseo sincero por darnos amor a nosotros y a los demás. Es un proceso en el que nos es posible fluir sin miedo y conectar con el prójimo con honestidad y una generosidad genuina. Es un nivel de consciencia donde hemos hallado la fórmula para servir a los demás.

Por tanto se puede tener una gran autoestima y que esto no implique ningún tipo de amor propio. Sin embargo el amor propio sí implica de forma inherente la autoestima. Vivimos en la sociedad de los sucedáneos. Perecemos ante el camino más corto, divertido, cómodo o placentero. El amor propio conlleva generalmente un incómodo proceso de introspección y autoanálisis que pocos están dispuestos a emprender. Preferimos comprar esa blusa o esos pantalones que nos quedan tan bien.

El concepto de autoestima para mi ha cambiado en los últimos meses. Ahora se centra por un lado en la confianza en que voy a ser capaz de lidiar con la vida efectividad y afectividad hacia mi, y ser capaz de aprender con lo que me acontezca.  Por otro se relaciona con la humildad para saber cuándo necesito pedir ayuda a los demás. Mi enfermiza autosuficiencia me ha limitado muchísimo. Mi falta de humildad me ha hecho sufrir de forma innecesaria. Ahora es un regalo maravilloso contar con una red de apoyo que me ayuda a poder identificar el sano juicio cuando solo no me es posible vislumbrarlo.

Un buen amigo reflexionaba sobre el concepto del amor propio. Se planteaba creo que con cierta ironía qué sería lo contrario ¿el amor ajeno? Y con esta pequeña reflexión me di cuenta de que no existe tal cosa. Solo podemos experimentar nuestro amor. Podemos reflejar el amor que otros nos profesan, pero el amor siempre es algo que emana de nuestro ser. Si no sabemos amarnos, no nos es posible amar. Cuando hay amor propio no hay apego, ni dependencia. Amar deja de ser un trueque.

Probablemente es el objetivo más ambicioso y complejo al que puedo aspirar en mi existencia. En cualquier caso me ha sido revelador identificar que mi gran anhelo no es como pensaba fortalecer mi autoestima, sino aprender a amarme.

 

Victimismo

El victimismo es un trastorno de la personalidad donde el enfermo mental integra la creencia de que es impotente ante las constantes circunstancias desfavorables que le acontecen. Se trata de una estrategia de manipulación por la cual la “víctima” demanda atención, cuidado y afecto por medio de la compasión que despierta en el prójimo. Se trata de una forma de violencia donde se fuerza a otros a ocuparse de la vulnerabilidad del afectado.

Es muy importante diferenciar cuando una persona ha sido víctima de una agresión física o emocional en una situación de impotencia real concreta, y cuando se utiliza un contexto específico de debilidad para instalarse en una posición existencial donde se produce una distorsión paranoide constante. Se trata de una patología tan común que a menudo la tratamos con cierta frivolidad sin tener en consideración el sufrimiento que genera tanto a los enfermos como a las personas más cercanas.

Al igual que la mayoría de los trastornos mentales en la raíz del victimismo se esconde un pánico al abandono y la sensación de no ser digno de amor. Ante esta creencia central se acepta atención vinculada a la empatía o la pena como sustituto del amor. Esta distorsión pesimista de la realidad es una forma de invalidez emocional que bloquea el florecimiento de relaciones afectivas sanas basadas en el amor.

Este tipo de hábitos emocionales y comportamentales tienen muchas ventajas para el enfermo. Se trata de una fórmula que exime a la persona de hacerse responsable de sí misma y donde además se anula cualquier capacidad de autocrítica. El crecimiento personal se fundamenta en gran medida en esta habilidad, por lo que esta enfermedad conlleva un freno en la evolución emocional y la llegada de la madurez.

El victimista no pide directamente lo que necesita y generalmente muestra una gran resistencia a la crítica externa. Tampoco escatima en medios para conseguir la atención que anhela y por ejemplo es capaz de usar la salud como vehículo de extorsión psíquica. El uso de la culpabilidad como motor de manipulación es característico de estas patologías. La persona victimista necesita crear constantemente supuestos agresores que validen el pesimismo vital en el que se ha instalado. Existe por tanto un constante juicio moral de las personas y los comportamientos que afectan de forma directa o indirecta a estos individuos.

Esta estrategia de manipulación establece una relación de codependencia disfuncional. Esta tendencia emocional tóxica únicamente se prolonga temporalmente en la medida que se obtienen beneficios.

Sería del todo desacertado hacer un juicio moral de este tipo de comportamientos ya que como en cualquier otro tipo de estrategias compensatorias el enfermo se siente incapaz de hacer frente al sufrimiento que está experimentando y no tiene el grado de madurez para interpretar y reaccionar de forma sana en relación contexto que le acontece. Gran parte de los comportamientos disfuncionales se generan de forma inconsciente y están fuera del control del enfermo. En cualquier caso se trata de una enfermedad que requiere del pertinente tratamiento psicológico.

Las relaciones afectivas que se cultiva con las personas victimistas pueden ser muy dañinas. Los círculos familiares más cercanos se convierten en agresores recurrentes en los que el enfermo proyecta su falta de responsabilidad. La respuesta más habitual de los círculos de afecto de las personas victimistas es acumular una gran resentimiento y un gran rechazo ante este tipo de actitudes vitales. En este tipo de contextos se genera una encrucijada moral donde el comportamiento está condicionado por un sentido del deber que esconde la incapacidad para gestionar el sentimiento de culpabilidad que nos genera el rechazo de este tipo de conductas. Se trata por tanto una forma de violencia pasivo-agresiva donde es habitual la confrontación y las actitudes defensivas de ambas partes.

La adicción al sufrimiento es inherente a la patología victimista. Sentirse en una constante agresión provoca malestar emocional y degradación física acelerada. Esta adicción al drama dirige la atención hacia los pensamientos de escasez, tristeza, desconexión y desilusión por la vida.

El victimismo por tanto no es tan solo una actitud, sino una enfermedad mental grave que necesita ser diagnosticada y tratada por un terapeuta. En situaciones donde ha existido una exposición prolongada a este tipo de enfermedades también será recomendable tratamiento psicológico ya que lo normal es que para compensar ambientes de gran toxicidad se desarrollen mecanismos de defensa disfuncionales que nos protejan de esta violencia. La tendencia al control es una de las estrategias compensatorias más usuales ante el victimismo.

¿Cómo relacionarnos con las personas victimistas? Es esencial tratar de comunicar de forma amorosa la importancia del tratamiento psicológico para lidiar con esta patología. Vamos a encontrar como hemos dicho muchísima resistencia a siquiera que el enfermo considere que esta posibilidad. Cuando se trata de una estrategia que se ha usado toda una vida el enfermo se convierte en la propia enfermedad y es muy difícil que reaccione.

En estos casos es necesario establecer límites para que la enfermedad no afecte nuestra propia salud mental. Para ello será relevante limitar el tiempo que nos exponemos a sus síntomas. Otra estrategia se puede vincular a que la comunicación con estas personas se limite a un intercambio de información vinculada únicamente a las experiencias positivas y al aprecio y la gratitud de eventos vitales. Para ello debemos cortar la comunicación cuando se comience a dar espacio al lamento. El victimismo necesita una audiencia, si nos negamos a continuar siendo espectadores esta la patología pierde su sentido en gran medida.

Me gustaría concluir con una última reflexión. Como he mencionado bien es cierto que en el victimismo hay grandes dosis de violencia emocional. Todo ser tiene la tendencia de defenderse ante un ataque. Personalmente creo que la clave para lidiar con este tipo de conductas es transformar la interpretación que damos a esta enfermedad, y en lugar de ver un ataque y que nos sintamos en la necesidad de defendernos, veamos ese ruego suicida que reclama el amor que se anhela. Para ello debemos primero perdonar todo el daño que se nos ha infligido y perdonarnos el haber permanecido expuestos a estas agresiones sin haber reaccionado de forma sana y madura.

Deidades

Hablar de niveles de consciencia superiores es un tanto difícil para mí. Tengo mucha resistencia a utilizar el concepto de Dios, ya que me siento fuertemente condicionado por la influencia de las distintas religiones y tradiciones espirituales. Detrás de esta relación tan personal con formas de inteligencia sobrehumanas ha existido y existe una tremenda manipulación y control sobre las creencias y comportamientos en el género humano.

En general el hombre, y es especial en la cultura occidental, el pensamiento se organiza en torno a entidades, ya sean físicas o abstractas. Es posible conceptualizar y visualizar física o mentalmente los objetos: tú, yo, el coche, la comida… En gran medida nuestra mente está encadenada al mundo de las formas y los conceptos específicos. En mi concepción de Dios esta inercia bloquea la percepción de una idea no sujeta a una parcela específica de la realidad, sino a formas que trascienden a todos y cada uno de los elementos del universo.

Hay dos formas de consciencia superior con las que me siento especialmente identificado. Por un lado me relaciono con el campo inteligente de energía que une todos los elementos del universo: la propia consciencia del cosmos. Einstein dijo que no puede haber leyes en la naturaleza sin un legislador. Es esa chispa de vida en cada ser que nos brinda todas las herramientas que necesitamos para que progresemos por medio de nuestra experiencia vital.

Por otro lado conecto con una fuerza que asocio a la feminidad. Se trata de una fuente de creatividad y transformación. Es la encargada de velar por el bien común de todos los seres. Se ha representado y denominado de muchas formas a lo largo de la historia del hombre: Gaia, Atenea, Isis, Freya, Artemisa, Lilit, Selene, Xochiquétzal, Bastet, Yemayá, Nut, Ishtar…

No puedo evitar pensar que en la idea de la Virgen María se esconde ese mismo concepto de alguna forma ha sido mal interpretado. Esa madre con un bebé en las manos que fue concebido por el Espíritu Santo para mí nos es más que una metáfora y una representación de esa misma deidad.

El amor es hilo conductor entre ambas fuerzas: el que conecta la energía y la consciencia con la capacidad de crear y transformar. La unión entre lo masculino y lo femenino.

Al margen de estas dos fuerzas universales, personalmente creo que existen muchos más niveles en diferentes planos de consciencia. Simpatizo con la idea de la reencarnación como forma de evolución espiritual. También con que en cierta medida arrastramos un bagaje emocional vinculado vidas anteriores.

Las religiones no son más que distintas metáforas sobre estas formas de consciencia. También la síntesis de una serie de principios morales que es su gran mayoría y en prácticamente todas sus formas dicen esencialmente lo mismo. Se trata de verdades universales inherentes a nuestra propia evolución. De ahí el calado en las diferentes civilizaciones.

Pero todo concepto que vibra en el imaginario colectivo puede ser un potente instrumento de manipulación. Si en lugar de entender que es el mismo mensaje envuelto en diferentes símbolos, se cae en la ingenuidad de otorgar una genuinidad y una autoría específica a estas ideas se vertebra el caldo de cultivo perfecto para el conflicto.

Mi relación con esta formas de energía ha evolucionado mucho en los últimos años. En general están más presentes en mis días. En mi rutina de meditación diaria introduzco el agradecimiento y el amor incondicional a ellas. En general creo que es importante dejar claro a esas fuerzas mis necesidades y deseos, pero no como una forma de requerimiento, sino más bien como una forma de comunicación e intercambio. Pensar que puedo saber o intuir lo que de verdad necesito en esta experiencia como hombre en la tierra de nuevo denotaría una tremenda necedad.

Para los escépticos me gustaría acabar con una reflexión. Por un lado, en general, tenemos una visión catastrofista del hombre. Eso nos hace tener serias dudas sobre este tipo de fuerzas. Personalmente creo que existe una clara evolución de la conciencia en el hombre;  el problema es que solemos evaluar el desarrollo de nuestra curva evolutiva sobre la base del ínfimo período que duran nuestras vidas. Nuestro ego no solo quiere que las cosas cambien, sino que desea experimentar el cambio. Creo que en los próximos 1000 años veremos una profunda transformación de nuestra especie, y un milenio en el tiempo del universo y del hombre no es más que una gota en el océano.

Creer en algo más grande que nosotros es lo más práctico que puede existir. En el fondo todo pensamiento es una forma de interpretación de la realidad. Podemos por tanto elegir ser una casualidad y sentirnos solos, o bien estar conectados a formas de inteligencia que velan por nuestros intereses. ¿Qué crees que te va a hacer sentir mejor en este corto período en este plano de la realidad?

Compasión

La compasión es una habilidad que sirve, por un lado, para identificar el origen de una limitación emocional, física o espiritual que produce malestar en uno mismo o en el prójimo, y por otro, para responder con un comportamiento que mitigue en cierta forma ese sufrimiento.

Por tanto tiene tres dimensiones: una emocional (te siento), una cognitiva (te comprendo) y una motivacional (te ayudo). En occidente se tiende a asociar la compasión simplemente con la empatía hacia situaciones relacionadas con el dolor ajeno. Sin embargo la compasión es también una forma de identificar, aceptar y perdonar  la naturaleza de nuestros errores, y fortalecer la confianza y el compromiso con una transformación personal.

Es una forma de purgar nuestro espíritu y soltar la culpabilidad y el malestar vinculados a un comportamiento o a una decisión pasada que facilita no tener que seguir arrastrando un dolor innecesario. Somos la única especie que tiene una enfermiza tendencia a reproducir mentalmente una y otra vez situaciones dolorosas. A este fenómeno se le denomina “rumiar” pensamientos. Las mujeres tienen una tendencia más pronunciada hacia este tipo de hábitos mentales, lo que las hace estadísticamente más vulnerables a la depresión. En este aspecto es importantísimo tener una idea bien clara: nuestro cerebro no distingue entre la realidad y la ficción. No es posible distinguir si la actividad de un cerebro se vincula a una situación en la vida real, o una recreación mental del mismo evento. La actividad eléctrica en el cerebro es básicamente la misma y la segregación hormonal idéntica. Por tanto los bucles de pensamiento conectados a situaciones dolorosas nos producen exactamente el mismo malestar que la experiencia en origen.

Es importante es este punto realizar un apunte en este sentido. Una gran número de adicciones se asocian a emociones específicas. Es posible por ejemplo ser adicto al sufrimiento. Para ello sólo tenemos que hacer uso de pensamientos asociados con el miedo, la escasez, la tristeza, la desconexión o el odio a uno mismo o a los demás. Mucho cuidado con la sutilidad hacia estas dependencias. Revisa con mucho ojo tus pensamientos automáticos.

La evolución nos ha dotado de un cerebro con un sotifisticado sistema para mimetizar los sentimientos que vemos experimentar a otros. Este fenómeno de espejo nos ayuda a conectar con los demás e identificar sus necesidades. Hay que tener mucho cuidado de no confundir la compasión con el control. ¿Cómo diferenciarlos? En el control la ayuda se produce con el propósito de que el otro me necesite, me valore, o bien para evitar tomar responsabilidad y consciencia de mis propias necesidades. Se trata de una forma de manipulación en lugar de un vehículo para el amor.

La compasión es una fuerza tremendamente poderosa. Genera bienestar tanto cuando se proyecta hacia los demás, como cuando se autoadministra. En uno de los estudios de neurociencia más importantes que se han realizado hasta el momento –en diversos laboratorios en Madison, Wisconsin, Princeton, Harvard, Berkeley, y ahora en Zurich y Austria– se detectó que la mayor sensación de bienestar y felicidad registrada  se asocia a la actividad cerebral en el lóbulo frontal derecho cuando se realiza una meditación asociada a la compasión. Esta práctica por tanto es el elixir definitivo de la felicidad ¿Entonces por qué no la practicamos más?

Creo que tiene que ver con el potente mensaje que tanto los medios de comunicación como la publicidad nos repiten reiterativamente. Por un lado los anuncios no paran de incidir en la misma idea: no eres lo suficiente. Cuando tengas ese coche, te ligues a esa chica, uses ese perfume…serás y tendrás lo necesario para ser feliz. Evidentemente nuestras necesidades se vinculan  más a lo interno que a lo externo, pero compramos esta ilusión para evitar enfrentarnos a un trabajo personal que sería mucho más incómodo.

¿Qué hay de los medios de comunicación? El núcleo de su propaganda siempre ha estado en la misma idea: estás en peligro…el mundo es un lugar peligroso. Si nos dejamos influenciar y sugestionar por estas ideas viviremos conectados a un estrés que se cronificará a lo largo de nuestras vidas. En este contexto se conectan nuestros instintos primarios donde nuestra propia supervivencia prevalece sobre la del bien común.

Ya decía Göbbels que si repites una mentira mil veces se convierte en una verdad. Este es el mayor engaño jamás perpetrado. Si miras las estadística todos los principales indicadores muestran que el mundo progresa satisfactoriamente. ¿No me crees? Te dejo un poco de ciencia y un poco de estadística al respecto pinchando aquí.

Esta es la trampa. El único “peligro” que existe hoy en día es que despertemos de esta ilusión y vivamos todos como hermanos. No es comunismo, es cultivar y potenciar nuestro instinto por compartir y conectar con el prójimo. Ya lo hacemos cada día en otra escala y sabemos de buena tinta que se siente de maravilla.

En otro estudio se demostró que ver actos compasivos en el prójimo nos motiva a proceder de igual forma. La psicología positiva ha comprobado que introducir actos de generosidad espontánea de forma recurrente en nuestras vidas incrementa de forma sustancial nuestro grado de felicidad. Dar sin esperar nada a cambio, y quizá sin que siquiera se conozca la titularidad de estos gestos, refuerza nuestra autoestima y da cierto sentido y propósito a la vida.

La ingente cantidad de impactos asociados al sufrimiento ajeno ha insensibilizado y en cierta medida creo que atrofiado nuestra capacidad no solo para sentir, sino para actuar por los demás. Creo que existe una disociación entre las imágenes que vemos y el sentimiento que nos producen. Quizá sea una estrategia de supervivencia emocional. Tal vez el estrés de nuevo.

Conviene recordar por tanto el inmenso poder que tienen los medios de comunicación. Las creencias son el verdadero núcleo de control de la población. Esto no es nuevo, pero conviene recordarlo. En lo que a mí respecta desde hace muchísimo tiempo ni leo ni veo absolutamente ningún medio de comunicación. Tomé consciencia y la firme decisión de no alimentar mis días ni con miedo ni con odio.

No estás en peligro. No necesitas nada. Ya eres un ser completo. En todo caso necesitas soltar un poco de lastre para que tu conciencia alce el vuelo. Perdona. Perdónate. Es el gesto más práctico que existe. Y ahora ya lo sabes, la compasión es el verdadero secreto.

El Ministerio del Amor

A pesar de que quizá es la palabra más importante que existe, nos cuesta mucho hablar del amor. ¿Qué es? ¿Cómo funciona?  La falta de amor es la raíz de toda forma de sufrimiento y de la inmensa mayoría de los trastornos mentales. ¿Por qué no hablamos del significado del amor? ¿Por qué nos avergüenza abordar una cuestión tan importante? ¿No sería relevante llegar a un consenso en cuanto a su significado?

A pesar de que todos tenemos una idea de lo que el amor es para nosotros, se trata de una necesidad que se interpreta de muchísimas formas. El amor se confunde a menudo con el deseo, con la atracción, con la admiración, con el apego

El amor no es un sentimiento, se parece más a un comportamiento. Para mí es una forma de energía con la que nos podemos conectar cuando vibramos en una frecuencia específica. ¿Cuál? La que proviene de la conexión con nuestro ser, con nuestro prójimo y con nuestro entorno. Amamos cuando no juzgamos, cuando damos de corazón sin esperar nada a cambio, cuando simplemente centramos toda nuestra atención en escuchar, en comprender, simplemente en estar para los otros.

Conectar con nuestro ser quizá sea el mayor reto. Nos aterra estar con nosotros. Nos da pánico quedarnos a solas con nuestro “monstruo” interior. Por eso echamos mano de cualquier forma de evasión, desconexión o distracción para evitar ese encuentro. Pero sin darnos cuenta estamos negando y repudiando lo que somos. Lo más curioso es que cuando dejamos de huir de nuestros miedos y empezamos a encender luces internas, aquel monstruo no aparece porque nunca estuvo ahí.

El amor es respeto. Es un encuentro con nuestro propósito en la vida. Poco o nada tiene que ver con lo que hacemos, y mucho con el nivel de consciencia que hemos adquirido. Es estar sintonizado con esa frecuencia donde la generosidad, la comprensión, la compasión y la alegría pueden resonar, no solo para los que comparten nuestras ideas, nuestra raza, nuestra religión, nuestro estrato social, sino para todos y cada uno de los seres que existen. Si hay egoísmo, no hay amor. Si hay miedo, no hay amor.

El amor es la confianza en que nada debería ser de otra manera. Es el deseo de que todos los seres prosperen. Es vivir en el “¿Qué tengo que ofrecer?” y no en el “¿Qué puedo sacar?”. Es un sentimiento profundo y sincero donde se proyecta el deseo por una evolución emocional, física y espiritual de todos los hombres sin excepción. Es un victoria ante los miedos que nosotros mismos hemos creado.

Hablamos de política, de economía, de fútbol, del tiempo…pero no hablamos del amor. Es trágico. Permitimos que los adolescentes confundan el amor con la ansiedad que experimentan al sentir “esas mariposas en el estómago”. Confundimos el amor con la necesidad de control de personas y emociones. Mezclamos churras con meninas mientras esa gloriosa fuente de energía – que no es más que un reencuentro con nuestro propio origen – espera a que nos reconectemos.

En relación al amor romántico nos han vendido muchas patrañas. Entre ellas que el amor es encontrar a esa persona que te complementa, que es una búsqueda para encontrar esa pieza que te falta y que completará el mecanismo de la felicidad definitiva. No te creas esos cuentos y termina tú mismo tu puzzle. No necesitas a nadie, y además si no lo completas no podrás estar preparado para dar lo que el verdadero amor requiere. Si tu bienestar depende de otra persona, no eres más que un parásito.

Hace poco vi una espectacular charla sobre los logros de Bután al haber introducido el índice de felicidad bruta en el centro de sus decisiones de gobierno. Esta idea ha inspirado un cambio radical que inspira al planeta. ¿Por qué no un Ministerio del Amor? ¿No sería estupendo que se invirtiera en potenciar el derecho y la obligación de amarse a uno mismo y a los demás? ¿Es más importante un Ministerio de Economía que un Ministerio del Amor? Personalmente creo que fomentaría muchísimo más la productividad y la creatividad.

Los principales líderes espirituales de todas y cada una de las culturas han comunicado un mismo mensaje de unidad y amor. Es el mensaje que más ha calado en nuestra humanidad. Es momento de replantear prioridades y dejarnos de pamplinas. El amor es un tema muy serio. ¿Qué importancia tiene en tu vida? ¿Cuándo hablaste por última vez de lo que significa para ti? Te animo con todo mi corazón a que te hagas el amor.

Compromisos, límites y consecuencias

Recientemente mi terapeuta me ha regalado unas herramientas tremendamente útiles para estructurar las bases de las relaciones sanas con uno mismo y con los demás. El pilar central de las mismas es el deseo sincero de un constante crecimiento personal en un marco libre de juicio. Para ello se han de delimitar tres aspectos: los compromisos, los límites y las consecuencias.

Los compromisos son decisiones conscientes que se toman libremente con objeto de alcanzar un objetivo, ya sea común, o en el ámbito personal. Se trata de un acuerdo vinculado con una necesidad personal, de un tercero, o de un colectivo por el que se asume una responsabilidad concreta. En el terreno del desarrollo personal los compromisos se relacionan con la transformación de comportamientos limitantes que bloquean o esconden la raíz emocional de nuestros miedos o insatisfacciones vitales.

Los límites son una forma de amor propio donde se define un marco de seguridad que establecemos para que se respeten nuestras necesidades, y donde a su vez nosotros respetamos la necesidades de los demás. Es un espacio que garantiza que podremos ser nosotros mismos libremente sin que exista ninguna forma de violencia. En muchas ocasiones el conflicto surge cuando no se han reflexionado, compartido ni consensuado los límites de cada parte. En esos casos no es que no existan los límites, sino que se establecen de forma tácita en base a nuestras creencias, que por lo general encierran muchos matices.

La consecuencias son acuerdos vinculadas con los compromisos para  re-establecer el respeto y la confianza y reforzar la decisión  que hemos tomado cuando no hemos logrado cumplir los objetivos que nos hemos marcado. Cuando se rompe un acuerdo al que se ha llegado con uno mismo, la consecuencia es un recordatorio, un recurso del que hacemos uso para enviar un mensaje que reafirma la voluntad por la transformación del comportamiento específico. Todo esto puede parecer confuso, al menos a mi me lo pareció. Voy a describir algún ejemplo específico para poder aclarar un poco las cosas:

Pongamos que tengo un impulso recurrente de consumir chocolate cuando conecto con emociones tales como la sensación de fracaso, la vergüenza, el aburrimiento o la soledad. Estoy utilizando un elemento externo que va a contraestimular mi centro de placer para poder escapar de esas emociones. Llego a una decisión consciente de que el chocolate, no solo es malo para mi salud, sino que comerlo me hace sentir culpable y limita mi crecimiento personal al desconectarme de mí mismo. En ese contexto asumo el compromiso de no comer chocolate en un período de tiempo. Es importante en este punto ser sincero y evaluar correctamente mi grado de adicción. Cuanto mayor es, menor ha de ser el tiempo para el que aceptamos ese compromiso. Es esencial que nos sintamos capaces de conquistar nuestro objetivo; de hecho, lograrlo facilita el éxito de las siguientes metas. Esto no es más que una forma de “hackear” nuestro cerebro. De este fenómeno proviene la afamada frase de la asociación Alcohólicos Anónimos adoptada por todos los programas de doce pasos “Solo por hoy”.

Cuando asumimos el compromiso también tenemos que definir una consecuencia en caso de romper nuestro acuerdo. Pongamos que hemos establecido que no vamos a comer chocolate en el próximo mes. ¿Qué pasa si rompemos el compromiso? Es bien cierto que ya existe una consecuencia inherente al haber roto nuestro propósito, ya que evidentemente no nos vamos a sentir muy bien. A pesar de ello, conviene establecer una pauta que refuerce la idea de que el compromiso sigue en pie, y que no proseguir con el plan conlleva “daños colaterales”. ¿Qué tipo de consecuencias? En mi caso, por ejemplo, una de las consecuencias que he establecido al romper alguno de mis acuerdos es no poder oír música durante una semana. En otros casos puede ser una consecuencia económica. Todo vale. La mejor forma de validar que realmente nos va a ser de utilidad es nuestra resistencia a la hora de adoptarla.

No se trata de un castigo, es en gran medida una forma de contrarrestar los efectos negativos de los llamados pensamientos permisivos. Este tipo de esquemas mentales son estructuras de pensamiento donde se licita la idea de que, de forma “excepcional”, se va a romper “puntualmente” el compromiso dado el contexto que se nos presenta. Por ejemplo cuando tengo una pelea con mi pareja, o he tenido un día de trabajo durísimo, o pienso que es mejor empezar la semana que viene. Son expresiones del ego que se defiende ante la ruptura de sus estrategias de recompensa. Si tenemos definida una contraofensiva para el ego nos resulta más fácil salvaguardar el verdadero propósito que quedó definido mediante el compromiso.

Si experimentas un contexto en que se rompen constantemente los acuerdos definidos con otras personas, probablemente no hayas pactado de forma específica las consecuencias al incumplirlo. Es una forma, por tanto, de dar libertad pero, a la vez, dejar claro que si no se responde como se ha acordado se tendrá que asumir una serie de efectos prácticos y emocionales.

Es tan sencillo que parece absurdo. Prueba a definir compromisos, límites y consecuencias con tu familia, con tu pareja, con tus compañeros de trabajo, y, sobre todo, contigo mismo. Te aseguro que funciona de maravilla.

Comunicación no violenta

Hace pocos días he tenido la gran suerte de dar por casualidad con el vídeo de un taller sobre la comunicación no violenta impartida por un psicólogo llamado Marshall Rosenberg. Su forma de enseñar aspectos increíblemente trascendentes haciendo uso de un exquisito sentido del humor es sencillamente brillante.

He aprendido muchísimas cosas en las tres horas que dura la charla. Entre ellas una muy importante: solo somos capaces de comunicar dos cosas, “por favor” y “gracias”. Todas nuestras interacciones se fundamentan básicamente en estos dos propósitos. Estos a su vez están directamente relacionados con nuestras necesidades y cómo las mismas dependen de la colaboración y la generosidad de los demás, especialmente en lo que se refiere a nuestra parte emocional.

Marshall plantea la importancia de conseguir una calidad en la conexión que logre cubrir las necesidades de todos. Se trata de una forma de reconectar con nuestro instinto de generosidad. Estamos diseñados para disfrutar dando y tenemos una inclinación natural a colaborar. A pesar de ello no hay nada más común que las interacciones que tienen por objeto esclarecer qué postura es la correcta…quién tiene razón.

Y aquí precisamente reside el núcleo del conflicto: el juicio moral. Partimos de la ilusión de que hay un bueno y un malo, y un normal y un anormal, un correcto y un incorrecto, un ganar y un perder, un apropiado y un inapropiado. Una creencia subjetiva que convertimos en certeza a partir de la cual nos relacionamos con el prójimo.

Si nuestra dinámica de comunicación se vincula con el “¿quién tiene razón?” en lugar de “¿qué necesita?”, perdemos la oportunidad de dar, que en última instancia es nuestra mayor fuente de bienestar.

Un conflicto es una interacción que se fundamenta en necesidades no cubiertas. Lo más común es evaluar el comportamiento del otro por medio de un análisis que implica incorrección. Esto únicamente nos aleja de nuestro auténtico propósito, que es ver cubierta nuestra necesidad. Además, juzgar un comportamiento como inadecuado es una forma de agresividad emocional que incrementa sustancialmente las posibilidades de tener una respuesta defensiva-agresiva.

Cuanto más conocemos a la otra parte, más nos sentimos en el derecho de evaluar su comportamiento. También hay que tener mucho cuidado con palabras que son diagnósticos y que a menudo se confunden con emociones y que más bien definen más a la persona que a su comportamiento. Me “siento” incomprendido, usado, intimidado, manipulado, rechazado, ignorado, juzgado, traicionado o criticado son algunas de estas expresiones. Estas palabras hablan más de la interpretación del comportamiento que específicamente de la propia conducta.

Nos han educado para que no solo tengamos tolerancia hacia la violencia, incluso en esta sociedad se llega a entender como algo entretenido o divertido. La política y la religión llevan cultivando la idea de que hay un verdadero y un falso, un correcto y un incorrecto. Durante siglos han hecho buen uso de la culpabilidad y del “divide y vencerás”. Nos han entrenado para que solo vemos la imagen de nuestro enemigo. No logramos ver la diferencia entre una opinión y un hecho, tanto a nivel individual, a nivel social, a nivel nacional y a nivel global. Eso oscurece la realidad, no vemos el comportamiento.

Puede parecer sencillo, pero ya lo dijo el filósofo Krishnamurti “observar sin evaluar es la forma más alta de inteligencia humana”.

Dadas estas circunstancias la próxima vez que alguien te hable desde la ira, te insulte, te trate con desprecio, piensa que simplemente está utilizando “trágicas expresiones suicidas de ‘por favor’” como las define el propio Marshall.

¿Cuál es la fórmula mágica para lograr conectar cuando existe un contexto de tal violencia? La empatía. Si logras leer entre líneas y ver qué necesidad se esconde detrás de esa violencia y se la comunicas, aún hay una oportunidad para conectar.

Roserberg recalca la importancia de que la conexión se produzca motivada únicamente por un deseo sincero de dar donde el amor es el motor del comportamiento. Si nuestro comportamiento lo motiva un sentido del deber, el miedo a que nos abandonen, la culpabilidad, o cualquier sentimiento que difiere del amor, la entrega nos es más que una condena que castiga al que da y al que recibe.

Ha sido todo un regalo ver de forma tan clara lo poco práctico que resulta evaluar el comportamiento de los demás en términos de incorrección. Aprender a observar la conducta específica que está bloqueando la satisfacción de una necesidad sin que sea preciso el juicio, y lograr entrever el “por favor” que se esconde detrás de cada crítica a mi comportamiento son, por tanto, las claves de la comunicación no violenta.

Hacer vs. Ser

Nuestra identidad se construye desde nuestra infancia en función de nuestra conducta. A su vez, nuestro comportamiento es una respuesta en primera instancia a nuestras necesidades básicas, y en segundo lugar, a las creencias centrales con las que interpretamos los estímulos externos que denominamos realidad.

El comportamiento de nuestros progenitores durante nuestra gestación y primeros años de vida determinan la formación de nuestras creencias. El estado emocional de nuestra madre durante el embarazo determina la inercia hormonal que condicionará en gran medida nuestro carácter de por vida. El equilibrio entre los niveles de estrógeno y testosterona, por ejemplo, va a delimitar cómo conectamos y nos relacionamos con nuestra parte femenina o masculina. Una descompensación en este sentido tiene implicaciones tanto en nuestro aspecto físico, como en nuestra personalidad. Parte de lo que somos se define entonces.

Por otro lado la conducta de nuestros padres en los primeros años de nuestra vida condiciona nuestra primera interpretación de la realidad y será el origen de la construcción de nuestras creencias centrales. Se trata de las primeras verdades inherentes a nuestra existencia y al entorno con el que nos relacionamos.

En los primeros años de nuestro desarrollo llegamos a un punto en que nos hacemos conscientes de nuestra dependencia. Es un momento en el que se hace visible que nuestra integridad física se vincula con la disposición de nuestros padres. Ellos por tanto son nuestra primera forma de divinidad. Tienen un poder absoluto sobre nuestra subsistencia. Su comportamiento a partir de ese momento determinará que percibamos bien que nuestra vida corre peligro, bien que, por el contrario, podemos confiar en su apoyo incondicional.

¿De qué depende que como padres dinamicemos un estado de estrés crónico o un estado de seguridad, compenetración y conexión con nuestra estirpe? En gran medida, de nuestra propia visión de la realidad.

¿Crees que estás en peligro? ¿Tienes miedo? ¿A qué exáctamente? La primera vez que nos enfrentamos a esta disyuntiva es, como mencionaba previamente, en el momento en que nos preguntamos de qué depende que nuestros padres no nos abandonen. Este es un punto de inflexión que determina el origen de gran parte de la potencial disfuncionalidad a la que tendremos que hacer frente el resto de nuestros días.

Si de las señales y el comportamiento de nuestros padres interpretamos que nuestra integridad física depende de nuestro comportamiento, entramos de cabeza en una espiral de duda que nos lleva inequívocamente a padecer estrés crónico. A partir de entonces el “hacer” se convierte en nuestro principal enemigo. El fallo es una parte inherente al aprendizaje. La respuesta y la actitud de nuestros progenitores hacia el error va a determinar en gran medida nuestra salud emocional. Tener unos padres que entienden y celebran el error, y que proyectan que su amor no depende del comportamiento ni de las decisiones que tomemos, facilita que nuestro amor propio solo dependa del mero hecho de ser, de simplemente existirPor el contrario proyectar decepción, impaciencia o malestar ante el error, siembra la sombra de la duda constante sobre si lo que hacemos o somos es apropiado.

El nivel de consciencia entre ambas construcciones de la realidad tiene en los niños unas implicaciones sociales inmensas. ¿Qué implicaciones fisiológicas y hormonales tiene que construya una creencia central que interpreta que estoy en un constante estado de peligro? El estrés es un sistema de defensa con una serie de implicaciones concretas que tiene un único propósito: canalizar todos los recursos energéticos disponibles para emplearlos en la huida del peligro al que nos enfrentamos.

En el núcleo de la pandemia disfuncional que vivimos se encuentra el estrés crónico. Vivimos en un contexto social en el que hemos superado los peligros asociados a nuestra integridad física. En términos generales en occidente nuestra subsistencia y nuestra superviviencia no están determinadas por la escasez de alimento, ni por la exposición recurrente a peligros externos. Sin embargo parece existir una percepción general de la realidad como un lugar violento y hostil.

La sensación de constante peligro es la responsable de nuestro estrés crónico. ¿Qué implicaciones tiene vivir en un estado permanente de miedo? Muchas y variadas. En primera instancia si percibimos un estado de peligro donde se conecta el estrés, la  segregación de todas las hormonas que estimulan nuestros centros de placer se paran de inmediato. Nuestro cuerpo debe enviarnos la señal inmediata de incomodidad para que se active un estado de alerta y huida inminente. Además se concentran  los recursos físicos y se prepara el cuerpo para la huída por medio de segregación de las hormona corticotropina (CRF) y adrenalina.

Hasta aquí todo bien, ¿pero qué pasa cuando un sistema diseñado para ayudarnos a eludir un peligro puntual permanece activado en relación a una creencia central que percibe un estado constante de peligro? Pues básicamente que necesitamos una estrategia hormonal y emocional para compensar este desequilibrio.

Para compensar los altos niveles de cortisol nuestros sistemas se ven forzados a incrementar la producción de hormonas que nos generan bienestar como la dopamina, las endorfinas, la noradrenalina, la serotonina, etc…

El estrés crónico atrofia el correcto funcionamiento de nuestros centros de placer. Como cualquier otra alteración química en nuestro organismo, a largo plazo es necesario aumentar progresivamente la producción de hormonas del bienestar para tener el mismo resultado de confort.

¿Qué consecuencias tiene todo esto? Este desequilibrio químico, y dada la sobreestimulación que se requiere de nuestros centros de placer, pronto necesitamos nuevos impulsos externos que estimulen la segregación hormonal que nos hace sentir bienestar. Por tanto nuestra visión de la realidad básicamente nos hace más o menos proclives a las adicciones. Además el estrés genera el detrimento de nuestro sistema inmunitario y por tanto nos hace más vulnerables a la enfermedad.

No podemos controlar el comportamiento de nuestros progenitores. Solo podemos ser honestos con nosotros mismos y evaluar en qué medida percibimos la experiencia de la vida como una carrera hostil donde nuestras decisiones vienen determinadas por el miedo a ser aceptados, a mostrarnos vulnerables, a conectar, a amar y a ser amados.

Si la respuesta es sí, probablemente te esté siendo necesario utilizar mecanismos de compensación por medio de adicciones. Estas a su vez te generan una desconexión emocional que hace difícil conectar con el prójimo y contigo mismo, que en última instancia son la mayor fuente natural de bienestar. No solo hablamos de adicciones a sustancias químicas, quizá sean mecanismos emocionales como el control, el victimismo, la adicción al sufrimiento, o distintas dependencias sentimentales que usas para estimular tu bienestar y la sensación de seguridad y aceptación.

Desde mi punto de vista todo se reduce a erradicar la creencia central de que mi valor depende de mi comportamiento. Vivimos en un bucle donde nuestro bienestar depende de lo que se supone que debemos hacer y conseguir. Nuestra valía depende del resultado. La realidad es que lo que único que tenemos que hacer es ser. Somos una expresión del universo. Somos seres perfectos y merecemos amor por el mero hecho de existir. He pasado gran parte de mi vida perdido en la idea de que el resultado me haría ser quien anhelaba olvidando que siempre he sido perfecto, que siempre he tenido todo lo que necesitaba, que soy parte de un sistema inteligente que forma un todo genuino. He tomado la firme determinación de ser por encima de hacer. Ahora sé que no estoy en peligro y que nunca lo he estado. Solo soy, y siempre seré conciencia que en este punto experimenta la experiencia en este plano. Lo demás es historia.             

Responsabilidad

Responsabilidad, del latín responsum, es la habilidad de responder. ¿De qué? ¿Ante quién? En lo que a mí respecta se vincula con el cultivo de una serie de comportamientos que atienden a mis necesidades físicas, emocionales y espirituales. Parte de un proceso reflexivo donde me es posible identificar mis necesidades de forma independiente sin el filtro moral y social de mi contexto. De alguna manera ser responsable es aceptar el reto que supone asumir que voy a ser capaz de cuidarme con efectividad y afectividad el resto de mi vida.

Las necesidades físicas son las relacionadas con mi supervivencia. Estos instintos están ubicados en la parte posterior de nuestro cerebro, en una zona llamada cerebelo o cerebro reptiliano. Responden esencialmente a nuestra necesidad de seguridad. Se trata de impulsos primarios relacionados con la alimentación, la sexualidad, el cobijo, las relaciones sociales…

Me parece muy irónico que en un contexto donde se puede decir que nuestra vida ha dejado de correr peligro, esta zona siga controlando en gran medida la mayor parte de nuestras motivaciones vitales.

En lo relativo a las necesidades físicas cabe mencionar la importancia de realizar ejercicio con cierta regularidad. La ciencia ha demostrado que veinte minutos de deporte tres veces a la semana son suficientes. Hace tiempo escuché algo a Tal Ben Shahar en este sentido que me pareció revelador. Comentaba que practicar esta cantidad mínima de actividad física era una condición indispensable para aceptar en terapia a un nuevo paciente. Desde su punto de vista no es solo que el deporte fuera un antidepresivo natural, sino que el sedentarismo es un potente depresivo. Si lo pensamos la evolución nos ha regalado un cuerpo con una capacidad excepcional. Su potencial es extraordinario. Vivimos una auténtica pandemia de pereza y sedentarismo que tiene un precio social altísimo, no solo en términos del coste de la salud pública, sino sobre todo en lo que a salud emocional se refiere.

Otro aspecto fundamental es la nutrición. Llevo unos 4 años estudiando este campo. De nuevo se puede decir que he estado desconectado de este acto tan íntimo. La comida ha sido más bien una expresión de hedonismo o de huída emocional, que una forma de amor, respeto y respuesta a mis necesidades físicas. No tengo nada en contra de los placeres de la vida y sin duda este, para mí, es uno de ellos. Como de costumbre la clave es el grado de orden que tiene esta actividad en mi vida. El desinterés y la desinformación por lo que comemos es brutal. Es alentadora la nueva tendencia que ha abierto un debate y una profunda reflexión sobre la industria alimenticia.

Hay dos factores que se vinculan con una gestión adecuada de este aspecto: por un lado los beneficios emocionales que fortalecen mi autoestima al respetarme en este sentido. Por otro, cuidar mi alimentación es una garantía para prevenir mi integridad ante la enfermedad. Ya lo dijo Hipócrates en el año IV antes de Cristo: “que la comida sea tu medicina”.

La alimentación merece todo nuestra interés y toda nuestra atención. Tenemos una increíble capacidad de adaptación a nuestro ambiente. Somos máquinas perfectas. No hay mas que ver cómo se llega uno a adaptar ante comportamientos alimenticios totalmente suicidas. Eso no quita que los beneficios de una dieta saludable sean mucho más que encajar en un arquetipo estético. Para mí comer ha sido en ocasiones una fuente de desconexión de mis emociones. Al igual que otro tipo de adiciones son una forma de negación de mí mismo y una auténtica traición a mi cuerpo.

En cuanto a las necesidades emocionales se refiere considero esencial la autoevaluación de los hábitos de pensamiento vinculados a mis procesos cognitivos. Mis sentimientos y mis emociones son un síntoma de mis hábitos de pensamiento. A su vez en mi inconsciente están integrados los programas que se ejecutan de forma automática ante estímulos físicos y emocionales en el ámbito consciente.

De nuevo una de nuestras grandes virtudes puede ser una de las mayores trampas de las que tenemos que ser conscientes: nuestra capacidad de adaptación. Tenemos una increíble capacidad para adoptar estrategias que nos permitan eludir el sufrimiento. Construimos todo un mundo de creencias para compensar las carencias afectivas y emocionales en nuestra niñez. A partir de entonces nuestro sistema de toma de decisiones puede estar limitado por esta circunstancia. Revisar mi desarrollo para evaluar daños, enfrentarme a mis miedos y abrazar mi vulnerabilidad son las formas en las que expreso mi responsabilidad emocional.

La madurez es este estado mental en que soy capaz de permitirme pensar y sentir sin la necesidad de negar mis sentimientos y mi ser, por medio de las adicciones físicas y emocionales. Es una forma de celebrar mi humanidad. Es una conquista donde me doy cuenta de que no tiene sentido seguir huyendo de los miedos que yo mismo he inventado.

¿Ante quién he de responder? Ante mí y ante los demás. En relación al prójimo la correcta gestión de mis emociones se traduce en paz interior, en aceptación de mí mismo y en una celebración de la vida que se proyecta en el bienestar del conjunto. Descubrir y poner en orden mi necesidades es una forma de amor al prójimo.

Por otro lado la madurez emocional y la correcta gestión de los hábitos mentales permite que los acontecimientos más difíciles a los que tenemos que hacer frente no deriven en comportamientos tóxicos o violentos hacia el resto. Responder ante los demás es elegir la honestidad, el amor, la compasión y la gratitud como monedas de cambio.

Por último voy hablar un poco de lo que para mí significa atender a mis necesidades espirituales. Solo una vez que he puesto en orden los aspectos inherentes a mi humanidad me es posible conectar con espacios vinculados a lo que considero divino. Esta es una faceta reservada para aceptar mis limitaciones cognitivas y mi impermanencia física. Es un estado de conciencia pura.

No creo que sea posible llegar a los estados que anhelo sin haber lidiado con toda mi oscuridad. Puedo aproximarme, pero mis miedos no resueltos me encadenan a lo mundano.

Me gustaría recalcar en este punto algo –desde mi punto de vista– importante. En ningún momento estoy hablando de deseos y necesidades. Quiero transmitir la idea de que el responder antes mis necesidades en gran medida tiende a tener bajo control mi deseo.

Me da la sensación de que principalmente el deseo tiene mucho que ver con la negación de mi ser y con el bloqueo de emociones que me hacen sentir malestar. La soledad, la tristeza, la culpabilidad, la vergüenza o la ira son algunos de los síntomas de un sistema de creencias que me hace sentir que no soy capaz de cuidarme o que no soy digno de amor. El deseo nos empuja a un círculo vicioso en que el bienestar siempre viene de lo externo. Dar prioridad a identificar y satisfacer mis necesidades marcará un precedente que eliminará en gran medida el yugo del “quiero”. Al menos eso creo..

Vulnerabilidad

Este año he tenido una auténtica revelación. He descubierto que gran parte de mi sufrimiento proviene del sentimiento de no encajar en mi propia idea de perfección. Este excepcional momento se produjo mientras admiraba la belleza de un imponente bosque en pleno otoño. La mayor fuente de belleza que he encontrado es la propia naturaleza. Mientras observaba la armonía de este escenario me di cuenta de que no era preciso que todos los árboles tuvieran una estructura concreta. No era importante que los troncos estuvieran especialmente rectos, ni fueran especialmente altos. Todos y cada uno de ellos eran perfectos a su manera como parte un todo llamado bosque. Incluso los que habían caído al suelo tenían un propósito y alimentaban el suelo que pronto arroparía nueva vida.

Hemos construido muchas creencias colectivas que no son más que la ilusión de que la perfección es posible o deseable a nivel personal. Este es el caldo de cultivo que está generando la mayor pandemia de falta de amor propio que haya existido hasta el momento. Este marco de referencia define un modelo físico, material y emocional que delimita lo que se supone que debería ser. Si no encajo es que no soy lo suficiente, o bien, lo que soy no debe de estar bien. Esta sensación en última instancia degenera en la necesidad de desconectar por medio de distintas adicciones de la sensación de vacío y vergüenza que siento al experimentar que no soy lo suficiente y que me van a rechazar por ello.

En lo que nunca había reparado es que si uso alguna sustancia o conducta para anestesiar las emociones con las que no deseo conectar, por extensión bloqueo el resto de las emociones, entre ellas todas las que me pueden facilitar el bienestar. Las adicciones no inmovilizan emociones de forma selectiva. En este saco no olvidemos incluir toda la química legal que se prescribe en la psiquiatría y para la que parece ser suficiente el cese del sufrimiento en lugar de anhelar la plenitud del individuo.

Toda forma de dependencia química o emocional generalmente lleva consigo un profundo sentimiento de culpa. En el fondo tengo claro que estoy atentando contra mi propia integridad.  Esta última es una poderosa palabra. Hace pocos días escuchaba a la investigadora Brené Brown compartir su propia definición tras su desacuerdo con las existentes. Para ella la integridad se reduce a elegir la el coraje frente al confort, a escoger lo correcto en lugar de lo que es más fácil, rápido o divertido para mi. Tiene que ver con la importancia de poner en práctica mis valores por encima de únicamente profesarlos. En pocas palabras vivir una vida de ejemplo donde no hay espacio para el juicio, ni a uno mismo, ni a los demás.  Lincoln dijo que la disciplina es elegir entre lo que quieres ahora, y lo que de verdad quieres.

¿Para qué estamos aquí? Creo que sin duda parte del sentido de la vida se relaciona con conectar con uno mismo y con los demás. En el proceso de evaluación y crecimiento personal en el que estoy inmerso me he dado cuenta de que la mejor forma de conectar es aceptando, compartiendo y celebrando mi  vulnerabilidad. Crea un espacio de confianza, tolerancia y admite que las limitaciones son inherentes a mi propia naturaleza. Cuando dejo de pretender ser lo que debería ser y me permito ser lo que soy. Es aquí donde empieza el verdadero amor propio.

Estoy tumbando muchos mitos. Toda mi vida he adoptado la certeza de que la vulnerabilidad era un signo de debilidad. Ahora me doy cuenta de que es el mayor síntoma de fortaleza.

Por fin estoy empezando a dejarme ver, con mis limitaciones, con mis miedos y con mis defectos. Lo que soy se esconde detrás de todas mis capas de autosuficiencia. Estoy muy lejos de ser perfecto. Ahora comprendo que no hay ningún problema en ello sino todo lo contrario. Esto requiere coraje, del latín cor, corazón. Para ser uno mismo se requiere mucho corazón.

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Atención e intención

La atención es una concentración voluntaria de una cantidad relevante de energía mental, emocional o física en una tarea o actividad concreta. La intención es el objetivo o propósito de tal acción.

La atención puede desconectarnos o conectarnos a nosotros mismos y a los demás. Cuando vivo en el modo automático mi atención fluctúa a menudo sin un propósito concreto y se diluye tanto en conjeturas sobre el futuro, como en revisiones del pasado.

En cuanto a la intención de las acciones hay dos impulsos básico: dar y tomar. Estoy en una profunda transformación que va de uno a otro.

He invertido mucha energía en mi vida en trata de tomar lo que deseaba de los demás. También una ingente cantidad de atención en vigilar y juzgar el comportamiento de otros, en especial de mis parejas. Juzgar y amar son acciones asíncronas. Ahora descubro que cuanto hago un uso más inteligente de mi atención tengo capacidad de crecer y crear un mundo con mayor armonía.

Las preguntas que me hago crean mi realidad. Si cambio las preguntas, cambian las respuestas. Dónde decido centrar mi atención construye la imagen que tengo del mundo. Si focalizo mi energía en apreciar los beneficios de mi contexto me convierto en un optimista.

Ser optimista alarga la vida. Así lo demuestra de forma contundente un estudio de 1991 que se realizó en 180 monjas y que relacionaba la esperanza de vida con el grado de positividad que se apreciaba en los diarios que las religiosas habían mantenido a lo largo de sus vidas. No fue posible encontrar una correlación ni con la climatología, ni con la genética, ni siquiera con la alimentación. La única relación directa que se pudo observar en cuanto a longevidad se vincula al optimismo que se apreciaba en sus escritos.

La resilencia es la capacidad de aprender y salir fortalecido de las situaciones más delicadas a las que nos tenemos que enfrentar en la vida. Para mí es sin duda otra de las claves del éxito

Vivir en armonía pasa por afinar de forma recurrente la vibración emocional que emito. En lo que a mí respecta pasa por recrear las vibraciones corporales de la compasión, la gratitud, el amor y la alegría que generan un sincronismo directo con mi psique. Para mí estos son los tonos que regulan mi integración con un nivel de consciencia ampliado.

Ya he comentado en varias ocasiones que he sido, y sigo siendo, un pensador compulsivo. Voy mejorando en este sentido, pero tengo claro que invierto demasiada energía en procesos que no tienen ni un propósito ni una intención específica. No anhelo un estado constante de atención, pero definitivamente quiero dejar de dilapidar mi energía.

Siempre he tenido mucha ansiedad con la comida. Estaba más preocupado por lo que llegaría después, que en disfrutar de ese acto tan íntimo. Para mí era un hábito común comer con alguna distracción audiovisual. Ahora, cuando me concentro en cada bocado, en los aromas, en masticar, en reconocer el milagro de cada uno de los sistemas que entran en funcionamiento cada vez que realizo esta función vital, cuando agradezco a cada alimento su disfrute y reflexiono sobre el proceso que ha existido hasta que ha llegado a mi boca, esta actividad se convierte en todo un acontecimiento. Este potencial se extrapola a cada una de las acciones en las que me comprometo a ser consciente.

También existe un cambio radical cuando cargo mis palabras de atención y de intención. Cuando concentro absolutamente toda mi energía en que cada palabra tenga un propósito. Cuando escucho “a los ojos” sin pensar en lo que voy a decir a continuación.

En todo esto, como de costumbre, hay una parte que tiene que ver con la química. Tenemos un apetito insaciable de entretenimiento. Internet ha supuesto una gran revolución en este sentido. Nuestros sistemas de recompensa se han adaptado a un medio donde existe una cantidad ingente de impactos. Los centros de placer se activan al ver algo que nos estimula, pero pasados unos segundos, el chute se desvanece y sin ningún control, nos abalanzamos hacia el siguiente. A veces no puedo ni terminar de ver un vídeo que realmente me está encantando. Soy un adicto a ese delicioso chute de inmediatez.

Este patrón de consumo de contenidos ha mermado mi capacidad de concentración y mi capacidad de atención. La meditación está siendo una auténtica desintoxicación en este sentido. Además he adoptado varios hábitos y varias rutinas que delimitan un marco más productivo. Entre ellas desconectar todos las alertas acústicas de todas las aplicaciones en el teléfono. También he optado por eliminar redes sociales que comprometen mi atención en el presente. Tengo la sensación de que esta tendencia va seguir en aumento.

He reflexionado mucho sobre esto. Me he dado cuenta de que me he autoimpuesto un ritmo de vida que en ocasiones no me permite “oler las flores”. Cuando me creo esa mentira pasan desapercibidos muchos milagros cotidianos.

Entrenar la atención y la intención están garantizando una experiencia vital con más contrastes, con más oportunidades, con más gratitud hacia muchos aspectos que se me escapaban porque estaba corriendo para conseguir lo que quería. Ahora me comporto como si el tiempo no fuera un problema. Ahora comienzo a estar más atento..

Mi revolución II

Hay momentos que lo cambian todo. Para mí uno de ellos fue la primera vez que se leían en voz alta los patrones de codependencia en mi primera reunión de CoDA. Había llegado por casualidad. Yo era feliz. No estaba sufriendo. No había tocado fondo. Y eso, precisamente eso, hace que este proceso aún sea más especial para mí.

Me identifiqué con varios patrones. Pero la lectura de las características de los patrones de control tambalearon mi conciencia:

“Los codependientes creen que la mayoría de las personas son incapaces de cuidarse. Tratan de convencer a los demás de lo que deben pensar, hacer y sentir. Ofrecen consejos y guía sin que nadie se los pida. Se resienten cuando los demás rechazan su ayuda o consejos. Despilfarran en regalos y favores para las personas sobre las que desean influir. Usan el sexo para obtener aprobación y aceptación. Tienen que sentirse necesitados para tener una relación con los demás. Exigen que los demás satisfagan sus necesidades. Utilizan el encanto y el carisma para convencer a los demás de su capacidad de ser cariñosos y compasivos. Usan la culpa y la vergüenza para explotar emocionalmente a otras personas. Se niegan a colaborar con otros, hacer compromisos o negociaciones. Adoptan una actitud de indiferencia, impotencia, autoridad o rabia para manipular. Usan jerga de recuperación en un intento de controlar la conducta de los demás. Fingen estar de acuerdo con los demás para obtener lo que desean.”

Releo y siento de nuevo ese escalofrío que subió por mi espalda. No tenía ni un atisbo de duda: soy un controlador. ¿Y ahora qué?, ¿Por qué y para qué controlo?.

Como la gran mayoría de los trastornos emocionales y la mayor parte de la disfuncionalidad en mi vida parten del mismo punto: la falta de amor. He desarrollado estrategias que tienen un único objetivo…que me quieran. Si deposito en los demás el poder para sentirme querido básicamente dejo de ser libre.

Mi bienestar proviene en gran medida de la calidad de las relaciones emocionales que tengo con los demás. El único problema es que si no tengo una relación sana conmigo mismo, cualquier relación que trate de establecer con los demás, estará condicionada con esa circunstancia. Esta falta de responsabilidad proyectará mis carencias en los demás. Precisamente esta fraternidad se llama Codependientes anónimos, y no Dependendientes Anónimos, porque que yo no me haga responsable de mí mismo, no solo me genera una dependencia a los demás, además fuerza a otros a ser responsables de lo que yo soy incapaz de gestionar, por tanto es una forma de violencia. Ahí precisamente empieza la disfuncionalidad.

He aprendido en este proceso que el sufrimiento en gran medida viene ligado a hacernos responsables de algo más que nosotros mismos. Si nos centramos en nuestros comportamientos y nuestros sentimientos, todo fluye. No es egoísmo, es amor. Si cultivo un estado de serenidad, aceptación, compasión, gratitud y amor hacia mí, esto es lo que tengo que ofrecer a los demás. Somo espejos. Estamos diseñados así.

Acabo de compartir mi primer paso del programa con mi padrino hace unos días. El primer contacto con este proceso de introspección tiene que ver precisamente con el control. En él “admitimos que éramos impotentes y que nuestra vida se había vuelto ingobernable”.

No ha sido fácil para mí ya que la autosuficiencia ha sido una de las características principales de mi carácter. Admitir que no puedo gestionar yo solo mis defectos de carácter ha sido la primera lección de humildad necesaria hacia mi transformación.

He aprendido mucho escribiendo mi primer paso. Me he dado cuenta de cómo, por qué y para qué trato de controlar a los demás. ¿Cómo controlo? Hay varias formas. Uso mi capacidad  dialéctica,  mi inteligencia y mi cultura para tratar de imponer a los demás mis ideas. Si me paro a pensar quizá haya escogido dedicarme al marketing y a la comunicación por la capacidad de manipulación e influencia que me daban sobre el resto.

También he intentado cuidar a los demás para hacerles dependientes de mí. He buscado en ocasiones parejas a las que creía poder ayudar, mujeres a las que entendía que necesitaban ser salvadas. He usado el aprecio “condicional” por el cual si no se adoptan mis consejos u opiniones proyectaba que la otra persona no iba a ser digna de mi cariño.

Me envuelvo de arrogancia y autosuficiencia para marcar una distancia y controlar que la gente no pueda ver mis inseguridades, mi falta de autoestima, mi pereza, y mi miedo al rechazo. Controlo el evitar conectar con sensaciones de angustia, culpabilidad, vergüenza, vacío y aburrimiento usando distintos tipos de adicciones o desconexiones. Congelo mis sentimientos y no me permito sentir emociones que me generan malestar.

¿Por qué controlo? Creo que tiene que ver con la creencia de que no soy lo suficiente. ¿Para qué controlo? Para evitar la vergüenza de que descubran lo que realmente creo que soy.

Ahora empiezo a sentir que no hay nada que temer. Me doy cuenta de que lo que soy es perfecto tal y como es. Que no tengo que ser, ni tengo que hacer absolutamente nada para tener valor. Lo que soy es ya, ahora, algo precioso.

En la fraternidad a este proceso se le llama la rendición. Creo que se denomina así porque se abandona la lucha interior en la que me castigo por mis defectos de carácter; acepto que no tengo el control sobre lo que acontece en mi vida.

Este es un proceso por el que estoy dejando atrás todo lo que no soy. Estoy adquiriendo unas herramientas tremendamente útiles que me están permitiendo percibir lo que realmente soy: un ser libre e importante.

Hay una palabra que tengo muy presente ahora: dignidad. Me he dado cuenta de que si trato de controlar a los demás no les concedo la dignidad de que se hagan responsables de sí mismos.

Este es un proceso que he emprendido con la ayuda de un colectivo que ha adquirido ese mismo compromiso. Me he embarcado en un viaje en el que otras personas que han logrado transformarse y adquirir esas herramientas comparten lo que les funciona. Es un camino donde se me permite sentir y compartir las victorias y las derrotas diarias en un entorno seguro que me recuerda que cada día se puede entender como el triunfo de toda una vida.

Soy Javier, y soy codependiente.

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Voluntad

La voluntad es una forma de amor propio que materializa una intención específica en forma de un comportamiento o conducta. Tenemos una clara tendencia a la pereza. Mahatma Gandhi dijo que la acción expresa las prioridades. No puedo estar más de acuerdo.   

Para mí ha sido fundamental la comprensión de este fenómeno. El primer error en el que se suele incurrir en lo relativo a la voluntad es pensar que se puede ejercitar. La ciencia ha demostrado que no es posible desarrollar esta capacidad. Pero lo importante no es eso. Da igual que tengas mucha y poca voluntad, si la utilizas con inteligencia te puede llevar a donde desees. ¿Cómo? Ordenando tus prioridades.

Somos animales de hábitos. Es realmente impresionante lo fácil que es tanto adoptar como perder un buen hábito. La voluntad es la energía que nos permite adoptar nuevas rutinas. Una vez superada la fase de adaptación nuestro cuerpo y nuestra mente interiorizan el nuevo comportamiento, lo incorporan a nuestro modo automático, y lo demandan como parte inherente a nuestro proceso vital. No se ha llegado a ningún consenso en cuanto al tiempo que se tarda en adquirir un nuevo hábito. Hay dos cifras que se repiten en las recomendaciones que la psicología menciona: 21 días y 90 días respectivamente. Personalmente me ayuda delimitar un periodo específico en el que concentrar mi energía a la hora de incorporar nuevas prácticas.

El gran problema con la voluntad es que no establecemos prioridades. Somos tremendamente ambiciosos. Vivimos en una sociedad donde el grado de opciones que se nos presentan literalmente colapsa nuestra capacidad de decidir y dirigir nuestra intención. Ocurre tanto a nivel profesional como a nivel lúdico. En un contexto así y dadas las limitaciones de nuestra voluntad, tratamos de adoptar nuevos hábitos de una forma muy caótica y simultánea. El resultado no puede ser otro que la frustración y la falta de seguridad en nosotros mismos.

Hace poco que me he dado cuenta de algo tremendamente revelador: la diferencia entre fuerza de voluntad y la buena voluntad. La fuerza de voluntad es una intención que abordamos con resistencia y con violencia. Nos genera un fastidio que en ocasiones se convierte en un auténtico suplicio. Se trata de una auténtica lucha interna. A diferencia de la fuerza de voluntad, la buena voluntad es un proceso donde se acepta la incomodidad como parte inherente de cualquier transformación. Es un proceso sin resistencia que deja de amplificar la angustia del proceso por medio de su mentalización gracias a la comprensión de que se trata de un proceso de amor hacia nosotros mismos y hacia los demás. Aceptando la incomodidad como parte del proceso pedagógico.

El fenómeno del coaching literalmente ha explotado a lo largo y ancho del planeta. No es más ni menos que un síntoma de nuestra limitación a la hora de definir un plan de acción. La pregunta que ahora me hago de forma recurrente es ¿qué cambio supondría un mayor incremento en mi nivel de bienestar en mi vida? Concentro toda mi energía en ello y “aparco” el resto de deseos para más adelante.

Hay un ejercicio que se suele utilizar en coaching llamado el círculo de la vida. Lo primero que se ha de hacer es elaborar una lista con los pilares fundamentales en tu vida: el amor, la familia, las amistades, la profesión, el crecimiento personal…. Una vez elegidas dividimos un círculos en los segmentos correspondientes al número de elementos en nuestra lista. Posteriormente delimitamos el grado del 1 al 10 de cada factor en relación al estado actual en este preciso momento de tu vida. El 10 se vincula con un estado ideal de ese aspecto que has definido como relevante en tu vida. El 1 con una necesidad imperiosa de mejorar en ese tema.  Una vez definida la matriz, pasaremos a elegir cuál es el aspecto al que tenemos que atender con más urgencia.

Ahora que ya tenemos un mapa de nuestras prioridades y hemos elegido el aspecto que tiene mayor importancia en nuestra vida, se ha de definir un plan de acción. Es importante establecer objetivos realistas, muy específicos, y definir un plazo para su consecución.

Me gustaría acabar con una frase que siempre me ha encantado en lo relativo a prioridades: “Si es de verdad importante para ti encontrarás un camino. Si no lo es, encontrarás una excusa”. ¡Basta de excusas!

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Sincronía

Se trata de un fenómeno predominante en la naturaleza: la profunda tendencia espontánea hacia el orden. Es posible detectarlo desde niveles subatómicos hasta en el comportamiento del propio universo. Se trata de toda una ley universal.

Es evidente que nos afecta a nivel personal y grupal de forma contundente. ¿Cómo? Creo que a varios niveles.

A nivel químico los neurotransmisores, los neuropéptidos y las hormonas sincronizan nuestros pensamientos con lo que sentimos. Los neurotransmisores transforman la información química que hace que nuestro sistema nervioso y nuestro cerebro se puedan comunicar. Los neuropéptidos son los mensajes, se generan en el hipotálamo y se transmiten por medio de la glándula pituitaria para posteriormente ser liberados con instrucciones específicas para el resto del cuerpo. Viajan por el torrente sanguíneo y se adhieren a las células de distintos tejidos (principalmente a las glándulas). Estas a su vez generan hormonas que nos inducen a sentirnos de una forma en particular.

Por tanto, a partir de una serie de pensamientos se produce toda una cascada química que nos hace experimentar una sensación específica. De esta forma podemos identificar las sensaciones de alegría, gratitud, tristeza, gratitud…

Pero ahora viene lo bueno: lo que funciona en un sentido, funciona en el otro. Llevo ejercitando por medio de la meditación el camino contrario. En base a nuestra experiencia es posible evocar sensaciones corporales específicas. Cada mañana reproduzco la sensación de la compasión, la gratitud, el amor y la alegría. Esta carga química que estimulo por medio de mis sensaciones físicas me prepara mentalmente para tener una inercia hacia el pensamiento positivo y la conexión con un estado de serenidad. Desde hace un tiempo trato de ser muy consciente de las sensaciones físicas cuando experimento bienestar para poder replicarlas de forma muy concreta.

La sincronía entre lo gestual y lo emocional no es algo nuevo. Siempre se ha dicho que si quieres sentir alegría basta con que sonrías. Un dato curioso en este sentido, por ejemplo, se descubrió al estudiar a corredores ciegos de nacimiento. A pesar de que nunca habían visto a nadie levantar los brazos al llegar a la meta, reproducían este gesto como expresión de la euforia de la victoria. Si tienes una entrevista de trabajo enciérrate en un servicio y reproduce este gesto durante dos minutos. Tu cuerpo producirá las sustancias químicas que te harán sentir más seguro.

Otro aspecto de la sincronicidad es la entropía. Es un principio procedente de la termodinámica que anticipa que si dos trozos de metal a distinta temperatura se juntan, existirá una tendencia a equilibrar la temperatura entre ambos. Básicamente es un principio por el que el universo tiende a distribuir la energía uniformemente.

Nuestro estado emocional no es más que una vibración energética específica. Creo que es evidente que este mismo principio sucede en lo relativo a nuestras interacciones personales. La emoción predominante se contagiará al resto.

Me pregunto muchas veces hasta qué punto y en qué escalas nos afecta ese principio. Creo que la proximidad entre las fuentes de energía es evidentemente relevante, pero quizá hay niveles emocionales que provienen del inconsciente colectivo a escala local y a escala global. Creo que la política del miedo mediático nos mantiene en un estado de alerta que impide que la esperanza, el optimismo, la compasión,  la paz y la ilusión tengan más espacio en el planeta.

Una actitud es una serie de pensamientos conectados a un sentimiento, o viceversa. Si crees que necesitas cambiar de actitud, prueba a cambiar de pensamientos.

Tenemos tendencia a alinearnos, nos atraemos los unos a los otros. Creo que las redes sociales ponen en evidencia este fenómeno. Nicholas Christakis realizó un estudio en el que se determinaba el grado de influencia que tienen sobre nosotros los comportamientos de nuestros amigos. Si tienes amigos obesos, tu riesgo de serlo es 45% mayor que si no lo fueran. Si los amigos de tus amigos son obesos, el riesgo de que tú tengas obesidad es 22% mayor; y si los amigos de tus amigos de tus amigos son obesos, tu riesgo es 10% mayor. El estudio se realizó en relación a la obesidad, el tabaquismo, el divorcio y la felicidad con semejantes resultados. Nuestro comportamiento por tanto es una poderosísima influencia en los demás, para bien y para mal. Más nos vale ser responsables.

Carl Jung acuñó el término de “Sincronicidad” referida a «la simultaneidad de dos sucesos vinculados por el sentido pero de manera acausal». En otras palabras, definía un marco en el que existía una correlación entre eventos sin una causa concreta. Todos hemos experimentado cómo personas o acontecimientos llegaban “mágicamente” a nuestras vidas justo en el preciso momento en el que las necesitábamos. Nos incomoda hablar de ello ya que tememos percibir un falso misticismo en lo que puede ser una mera casualidad. En base a mi experiencia, y en relación a una cuestión meramente probabilística, mi impresión es que la cocina cósmica nos prepara precisamente lo que necesitamos con un tempo muy preciso.

Voy a acabar con una reflexión relativa al sincronismo. Tiene que ver con una metáfora que escuché en una charla de Emilio Carrillo  relativa a tres páginas que dedicó Nietzsche en Así habló Zaratustra a la descripción de la transformaciones y la evolución del espíritu humano. En ellas se habla de tres estadios por los que el alma ha de evolucionar: el camello, el león y el niño.

El camello representa a un hombre obediente que acepta las creencias que se han forjado a lo largo de su vida. Su joroba está cargada con los valores de otros. Como decía Emilio, es un hombre que vive en el “debo” y en el “tengo”, un ser que nada a contracorriente en el río de la vida.

El camello que llega a nivel superior de consciencia se convierte en León. Es un punto en que existe un impulso que trata de liberarse de la moral predominante. Se trata de un ejercicio de autodeterminación. Es un alma que vive en el “quiero”, un espíritu que ha comenzado a nadar a favor de la corriente.

Por último el niño es un punto donde el ser se ha librado del sentimiento de autosuficiencia. Es un lugar donde es posible vivir libre de prejuicios y donde se genera una nueva tabla de valores. El niño es juego, es inocencia, es un ente creador espontáneo. Es el momento en el que dejamos de nadar en el río y nos dejamos llevar por la corriente hasta que entendemos que somos el mismo río.

Si todo tiende al equilibrio y al orden, no debemos tener miedo a fluir en el río de la vida. Empeñarnos en nadar solo va a dejarnos agotados y va a aplacar nuestra capacidad de crear y de amar de forma saludable. No lo confundamos con pasividad, es la responsabilidad de vibrar en un estado donde proyectemos, amplifiquemos y generalicemos la serenidad, la confianza y el amor..

Felicidad

La felicidad (del latín felicitas, a su vez de felix, “colmado de suerte o fortuna”). Su propia etimología pone en evidencia la idea, desde mi punto de vista del todo errónea, de que la felicidad tiene que ver con un contexto propicio, en lugar de una actitud vital.

Hay una persona que me ha ayudado a comprender qué es la felicidad. Se trata del monje budista Mathieu Richard. Define la felicidad como “Una serenidad, un sentimiento de realización, un estado que impregna y subyace en el resto de los estados emocionales, en todas las alegrías y penas que aparecen en el camino”.

A pesar de que la felicidad es algo que todos anhelamos, creo que hay mucha confusión a la hora de definir algo tan importante. En occidente, creo que por inercia, pensamos que seremos felices si llegamos a “tener todo lo que necesitamos”. Por tanto se externalizan los elementos necesarios para nuestro bienestar.

Por otro lado, y en una sociedad predominantemente materialista, se equipara la felicidad con el placer. Hemos aceptado esta ilusión. Creo que son cosas muy diferentes. El placer, a diferencia de la felicidad, no es una constante. Se trata de picos hormonales que estimulan nuestro cerebro por medio de “chutes” de dopamina, serotonina y endorfinas. Torrentes químicos que riegan nuestro sistema y que proporcionan una intensa sensación de bienestar.

La realidad es que son solo eso, instantes de placer. En un abrir y cerrar de ojos necesitamos la siguiente dosis. En este sentido aparece un término psicológico que me encanta: hedonismo adaptativo. Es un fenómeno por el cual la intensidad de las hormonas relacionadas con el placer que se producen cuando realizamos una actividad que estimula nuestros centros de recompensa, baja drásticamente en un corto espacio de tiempo. Si comieras tu plato favorito cada día, pronto acabarías aborreciéndolo. Por tanto, si piensas que ese trabajo, ese coche, esa casa, ese viaje, esa relación, esa cosa, te va a hacer feliz para siempre, te equivocas. De nuevo veo en este sistema toda una moraleja que nos indica que el bienestar ha de partir del interior, que se encuentra en el sentimiento de unicidad.

Identificar la felicidad con el hedonismo te lleva a una espiral interminable de insatisfacciónNo voy a negar que hay un grado de influencia en nuestro bienestar relacionado con nuestro contexto material. Pero la realidad es que hay personas que supuestamente lo tienen todo en este sentido, y se sienten tremendamente insatisfechas. Hay otras, sin embargo, que con recursos muy limitados proyectan una ilusión y unas ganas de vivir excepcionales.

Como decía para mí la felicidad es un rango. Es insustancial plantearse la pregunta ¿soy feliz? No hay una respuesta. Se trata de un nivel y siempre podemos incrementarlo.

En cuanto al sentimiento de realización, creo que se relaciona con sentirse útil para los demás de alguna manera. Es solo eso, una sensación, y no depende de la actividad que se desarrolle, sino de cómo se entienda que favorece al bienestar de otros.

Quizá tenga que ver con encontrar una motivación vital, un propósito que dé sentido a mi vida. Picasso dijo: “el sentido de la vida es encontrar tu talento, el propósito de la vida es entregárselo al resto”.

La verdad es que pienso que es una idea bastante “romántica” que puede generar mucha angustia a todos lo que no tengan la suerte de haber recibido esa “llamada”. Creo que con una buena actitud, uno se puede sentir útil para los demás desarrollando absolutamente cualquier profesión. Somos un punto energético en una marea sensorial. Nuestra vibración, nuestra energía, alimenta para bien o para mal al resto de personas que interactúan con nosotros. Siempre podemos elegir servir a los demás con ilusión. No es una cuestión de aptitud, sino de actitud.

Pero vivimos en una sociedad donde la presión está muy presente en un modelo donde la competitividad es protagonista. No se tiene en cuenta ni se celebra que seamos seres únicos. Me parece más bien un modelo abocado a adoctrinarnos, a convertirnos en dóciles entes productivos que se adaptan a un sistema rígido lleno de reglas.

Es curioso, la palabra “competición” proviene de Grecia. Consistía en un juego que motivaba a los corredores a ser mejores. Esa hermosa idea, que entendía la superación personal como un juego, se ha desvirtuado totalmente.

Hay un factor hormonal que no se suele tener en cuenta. Tener una vocación o una pasión concreta significa invertir una cantidad ingente de horas desarrollando esa actividadLa excelencia viene de la mano de la repetición. Sin embargo hay un patrón hormonal que hace que algunos individuos no encuentren satisfactorio dedicarse exclusivamente a una tarea. No es una cuestión de preferencias personales, es algo  relacionado exclusivamente con una tendencia química. En este tipo de personas se ha detectado que los niveles de dopamina bajan drásticamente cuando no se exponen constantemente a diferentes tipos de aprendizaje. Si eres una de esas personas a las que no les gusta exclusivamente una cosa, no te castigues, quizá estés predestinado a desarrollar más de una capacidad.

Hemos vertebrado una cultura que presupone que alcanzar la excelencia en lo que hacemos debe ser nuestro principal objetivo. Debemos elegir una tarea y desarrollarla hasta alcanzar nuestro máximo potencial. Estas ideas de perfeccionismo son del todo tóxicas. Creo que es mucho más importante que la vida no sea una carrera, sino un agradable paseo. Que nuestra profesión sea una forma de juego, y no un pulso para medir nuestra valía.

Otro elemento clave parece ser la calidad de nuestras relaciones personales. Conectar con los demás nos hace sentir bien. Tener una red de afecto donde nos podamos sentir libres, expresar aprecio, crecer y compartir. La psicología positiva hace especial hincapié en este factor. El sentimiento de pertenencia, el sentir que se nos tiene en cuenta en la toma de decisiones, es vital para nuestro bienestar. En este sentido, y en relación a nuestros mayores, creo que hacemos muchísimo daño psicológico al considerar que dejan de ser útiles por el mero hecho de no seguir encajando en los ciclos de productividad. Es todo un síntoma de una civilización poco compasiva por un lado, y además bastante ignorante. Aprovechar su sabiduría y escuchar lo que tienen que decir y enseñar es un regalo que les hacemos a ellos y a nosotros.  Es un forma de ayudarles a que sientan que su vida aún tiene un propósito: transmitir su experiencia.

La felicidad también tiene que ver indudablemente con el altruismo. ¿Por qué? Para empezar, si doy algo a los demás, me estoy enviando varios mensajes. El primero, que tengo algo que ofrecer, por tanto me digo que tengo valor. Cuando hago algo por alguien sin esperar nada a cambio, me estoy diciendo que soy una buena persona. Es una forma de conectar conmigo mismo y con los demás. Quizá lo que tenga que ofrecer sea un poco de paciencia, una sonrisa, un abrazo, una disculpa, un ‘gracias’. Siempre hay algo que puedo decidir ofrecer. Todo suma. Que no te importe la sutilidad del acto. Además no te olvides de tí. Ofrécete cosas. Cultiva buenos hábitos que emitirán un mensaje claro: me quiero, me aprecio.

Matt Killingsworth, desarrolló un estudio en el que, por medio de una app, se analizaba qué hábitos hacían sentir mejor a las personas. Los mayores niveles de felicidad se detectaron cuando las personas sentían que estaban “presentes” en el momento. Cuando dejaban a un lado los saltos hacia el pasado y hacia el futuro, cuando se centraban en aquello que tenían frente a sus ojos. Recientemente he encontrado en este hábito una fuente de felicidad excepcional. He dejado de empeñarme en controlar lo externo. Me he desprendido de la ilusión de que tengo esa capacidad. Simplemente tengo confianza en que lo que llegue me va a permitir seguir creciendo. Me dedico a cultivar la atención en el ahora. Además ejercito la compasión, la gratitud, la felicidad, el humor y, en general, el amor, cada día. Como dice Mathieu, “el entrenamiento emocional va a determinar cada instante de mi vida y va a condicionar la calidad de mi experiencia”. Considero que la serenidad procede en gran medida de la decisión de pararse en seco en la carrera del “tengo”, el “debo” y el “quiero”.

Rabí Hyman Schachtel en 1954 escribió un libreo llamado “El verdadero placer de vivir”. En él sugería que la felicidad no consiste en tener lo que queremos, sino en querer lo que tenemos. Creo que ser feliz es mi mayor responsabilidad. Lo quiera o no, voy a proyectar lo que soy con mi pensamiento y con mi comportamiento. Tenemos mucha más influencia en los demás de lo que imaginamos. Si no encuentro un antídoto para salir de los estados de miedo, angustia, ira,  odio, celos, arrogancia, deseo obsesivo, avaricia…eso es lo que voy a darme a mí y a los demás. Esos estados merman la visión y la consideración que tengo de mí mismo. Si les doy espacio en mi corazón, estoy entrenando mi capacidad para conectar con esas emociones; químicamente estoy engrasando todas las reacciones biológicas que me hacen sentir malestar. 

Me he comprometido a centrarme en mis fortalezas y dejar de una vez de entender la vida como una carrera en la que corregir mis debilidades. Claro que hay que mejorar, pero sin prisa, sin castigarme todo el tiempo. La felicidad quizá sea esa sensación de que progreso. Para mejorar he aceptado que es necesario dejar de tener miedo a cambiar. Estoy aprendiendo lo importante que es equivocarme mucho.   Voy a disfrutar del camino y no proyectar felicidad en ninguna meta futura. Lo que soy ya tiene valor. Decido ser feliz ahora y celebrar esta increíble experiencia que es vivir.

José Ortega y Gasset proclamó la afamada sentencia: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Creo que me ha llegado el momento de ser más yo, y menos mi circunstancia.

 

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Ego

¿Qué es?  Creo que es esa vocecilla interior que me habla. Yo soy el que escucha. Mi espíritu atiende a mi mente. Además no tiene ningún interés en contestar. Se dedica a sentir en sintonía con mi diálogo interior.

Una de mis grandes pasiones es el diseño. Siempre lo ha sido. Mi gran inspiración es la naturaleza. A esta corriente se le denomina biomímesis (de bio, vida y mimesis, imitar). Imitar los mecanismos de la vida. Me parece que no puede haber nada más obvio.

¿Por qué me refiero al biomimetismo? Mi impresión es que ciertas formas en la naturaleza encierran un mensaje preciso. Voy a hablar un poco del órgano más sofisticado que la evolución ha desarrollado: el cerebro humano.

Físicamente consta de dos hemisferios totalmente independientes; dos fuentes cognitivas muy diferentes. Si pudieras sostener en este momento tu cerebro  entre las manos, cada hemisferio caería hacia un lado por su propio peso. Este órgano sigue siendo un gran misterio para la ciencia dada su complejidad. En cualquier caso, se han descubierto algunos aspectos muy interesantes.

Para empezar, y volviendo a la voz en mi cabeza, se puede afirmar que el ego vive en el hemisferio izquierdo. Las personas que sufren daños en este área, pierden las habilidades del lenguaje así como la noción de su propia identidad.

Esta zona del cerebro piensa lineal y metódicamente. Seleciona detalles muy específicos del presente para registrar momentos. Asocia las nuevas experiencias con todo el pasado, y proyecta hacia el futuro todas nuestras posibilidades. Básicamente organiza, categoriza, y almacena nuestras vivencias. Piensa en entidades y fragmenta para poder etiquetar cada parte. Además sufre el sesgo de mis creencias: decide quedarse con lo que considera importante, lo que ayuda a validar lo que creo ser. Delimita la consciencia de mi espacio físico. Es lo que define mi identidad en base a mi experiencia vital.

A diferencia de este, nuestro hemisferio derecho tiene que ver con el momento presente, el aquí y el ahora. Es el receptor de toda la ingente cantidad de información que percibimos por medio de nuestros sentidos a cada instante. Piensa en imágenes y aprende cinestésicamente mediante el movimiento de nuestros cuerpos. Es un lugar sin fronteras físicas.

Nuestra individualidad procede únicamente de una mitad de nuestro cerebro. La otra fluye en una mar de energía sensorial.

Creo que vivimos en la ilusión de que somos predominantemente nuestro hemisferio izquierdo. La meditación, por ejemplo, nos conecta con nuestro hemisferio derecho, donde nos es posible sentirnos parte de un todo.

Creo que además se tiene la tendencia a mirar al cerebro como el órgano por excelencia, y considero que existe una interacción mucho más compleja de lo que pensamos con otros órganos. Hace poco más de un año leía atónito que en nuestros intestinos hay una red de más de cien millones de neuronas. A nivel energético, por ejemplo, el corazón es unas 100 veces más potente que el cerebro eléctricamente y 5000 veces más potente a nivel magnético. Disciplinas ancestrales como el yoga llevan hablando miles de años sobre los chakras. Ahora parece que la ciencia  empieza a validar estos conocimientos.

Sinceramente creo que estamos en la antesala de una revolución cognitiva. Llega un cambio de consciencia. Estamos en un punto de confluencia holística entre todas las tradiciones espirituales y la propia ciencia. Al menos así lo siento.

La gente con un pensamiento predominantemente científico me dirá que lo que somos tiene que ver con nuestra actividad cerebral. La realidad es que la ciencia no ha localizado la consciencia. Hace tiempo escuché una metáfora en este sentido que me encantó.Quizá nuestro cerebro es como un ordenador. Cuando desconectamos el enchufe, el ordenador deja de funcionar. Eso no quita para que la corriente siga ahí, y lo que nosotros somos , tal vez sea esa energía universal.

He pensado durante mucho tiempo que el ego era algo malo. Ahora veo que es parte de lo que somos. El problema son los “ismos”.Vivimos en el Ego-ismo. La geometría de nuestro cerebro nos habla de equilibrio.

El ego va ganando la batalla entre nuestros dos hemisferios. Le llevo toda mi vida entregándole mi poder. Quiere controlarme , y para eso no duda en usar todas las herramientas de manipulación de las que puede hacer uso. Me habla con desprecio, me intimida para generarme dudas sobre mi valía, me convence para que me instale en la pereza y en el miedo. Es como un niño malcriado y caprichoso que suplica atención. Quiere siempre más control sobre mí.

Ahora entiendo que la raíz del conflicto no está en el ego en sí mismo, sino en el “ismo”. Estoy en un proceso de domesticación de mi ego. Lo contemplo. Lo comprendo. Lo siento. Tengo compasión con él, pero no permito que me defina. Soy el que escucha, no el que habla. En cualquier caso las palabras, y en general el lenguaje, tienen un increíble potencial para hacer el bien, en nosotros, y en los demás. Nos ayudan a comunicarnos y a colaborar. Son otra herramienta muy poderosa para relacionarnos con parte de lo que somos.

Todos somos unos. Por tanto soy la propia energía del universo. No encajo en algo tan pequeño como el ego.

Es irónico que precisamente la derecha se vincule a la unión, y la izquierda a la individualidad. Vivimos en el mundo al revés..

Relaciones sanas

Hace poco hablaba del contexto, de los precursores, y de los principios intelectuales que dieron origen a la psicología positiva.

En el marco de esta disciplina, y con objeto de entender los comportamientos esenciales de las parejas que perduran en el tiempo, John Gottman and Robert Levenson (Berkeley) comenzaron un brillante estudio en 1983.

Con una entrevista de 10 minutos grabada en su laboratorio fueron capaces de predecir las parejas que acabarían en divorcio en la siguiente década con un acierto de nada más y nada menos que del 92 %.

En las dinámicas simplemente se incitó a las parejas a hablar de las preocupaciones a la que estaban haciendo frente en su día a día, así como de sus conflictos dentro de la pareja.

En los 10 años siguientes realizaron un seguimiento de las relaciones donde se pudo comprobar que efectivamente existían cuatro comportamientos que inequívocamente predecían el fracaso de la relación. Con cierta ironía los llamaron “Los cuatro jinetes del apocalipsis”.

El primer comportamiento es el de la superioridad o desprecio. Este factor se relaciona con expresiones verbales y gestuales que hacen ver que el compañero no es lo suficiente. En uno de los miembros de la pareja se establece por tanto un rol de superioridad que condiciona la dinámica de comunicación en la convivencia. Puede relacionarse con motivos económicos, intelectuales, sensibilidad emocional o de cualquier otro tipo. Es un contexto en el que no se dignifica ni valora al miembro que queda en posición de inferioridad.

El segundo comportamiento tiene que ver con una inercia hacia la crítica en la dinámica de pareja. En lugar de tener un espíritu de colaboración, existe una tendencia a quejarse, a culpar, y a responsabilizar al otro de los problemas.

El tercer aspecto tiene que ver con la tendencia a “defenderse” ante las opiniones o las críticas. Frente a una actitud de comprensión y escucha activa en relación a lo que lo que la pareja intenta comunicar, el mensaje se entiende como un “ataque” personal al que se responde por medio de un reproche u otra crítica a un comportamiento del miembro que ha comenzado la interacción.

La última característica es la rigidez : es una actitud que predomina en los hombres y tiene que ver con negarse o “cerrarse” a la hora de buscar soluciones a los conflictos que se dan en la pareja. Llamaron a esta característica “Stonewallen” o muro de piedra.

Las parejas donde era posible identificar estos cuatro comportamientos estaban condenadas al fracaso.

Me parecen muy interesantes los resultados de este estudio. A nivel personal me gustaría contarte algunos de mis recientes descubrimientos. Por un lado me he dado cuenta de que me he pasado gran parte de mi vida adoptando  el rol de superioridad. Tenía más que ver con una falta de autoestima que disfrazaba de autosuficiencia y capacidad intelectual. Detrás había miedo al rechazo y al abandono.

Además he utilizado la dialéctica y el control  para manipular y convencer a mis parejas de lo que debían ser, lo que debían sentir, o lo que debían hacer. He estado más centrado en hablar que en escuchar y en entender.

Es evidente que este no es el camino. Cuando hay amor  poco importa quién tiene razón . He entendido, lamentablemente hace no mucho, que tiene mayor importancia cómo se siente en todo momento la persona que amo. Mi anterior tendencia solo me llevaba a que ellas se sintieran frustradas e incomprendidas. Tenía la sensación de que “ganaba” , cuando en realidad perdía una oportunidad para el entendimiento y el acercamiento emocional . Darse cuenta de esto es duro.

Este comportamiento es de nuevo una manifestación de violencia y de separación. Cuanta más proximidad emocional, empatía y amor propio, menos necesidad de imponer y controlar al otro.

Y de nuevo volvemos a la autoestima. Aprender a quererme y aceptarme tal y como soy  es el principio para que pueda tener una relación sana, ya sea en pareja, con la familia, de amistad, profesional o de cualquier otro índole.

En la actualidad por primera vez estoy aproximándome al amor en pareja desde un ángulo totalmente distinto. Me he dado cuenta de que el amor es vulnerabilidad. Puedo ser yo mismo, con mis virtudes y mis defectos. Con esta premisa se crea un clima de sinceridad, apoyo incondicional, lealtad y, en general, de amor, que alimenta la relación. Se expresan necesidades y se definen límites. Hay también espacio para el error, ya que nos permitimos ser humanos y equivocarnos. Se aceptan los conflictos como parte de la evolución de la pareja.  Pero el propósito es crecer juntos, ser libres y aún así decidir compartir nuestra vida no por necesidad, sino por buena voluntad.

Hay un dicho que me encanta: “¿Qué prefieres, tener razón, o ser feliz?” Cuando me importa más tener razón que ser feliz, ahora entiendo que lo que de verdad necesito es sentir que lo que soy y lo que pienso tiene valor. Si esa valoración proviene de lo piensan otros, estoy entregando mi poder y mi libertad. Esto no es más que una manifestación de mi falta de aprobación.

Por otro lado, cuando pensaba en “relaciones” me pasaba algo parecido a lo que  sentía cuando hablaba de “amor”. Mi inercia era asociarlo a las relaciones íntimas. Estoy transformando esta dinámica. Ahora el amor empieza con la relación que tengo con mi persona. Cuando tengo una relación sana conmigo , el amor fluye a partir de ahí.

Creo que los mismos principios que se describen en la investigación de Gottmany Robert Levenson, pueden funcionar para absolutamente cualquier relación. Creo que estas inferencias se pueden trasladar a cualquier interacción social.

Esto me ha hecho reflexionar mucho en otros aspectos de la sociedad, como por ejemplo,  la política. Si analizamos la dinámica de la  relacionan entre los partidos políticos, creo que se rigen por unos comportamientos y unos hábitos que no son precisamente sanos . Se cumplen a raja tabla todos los patrones disfuncionales del estudio. A nivel individual, uno se identifica con las personas que defienden sus ideales, y se aceptan y asumen los roles tóxicos por extensión que generan separación en el conjunto de la sociedad. Otro  problema en este sentido es la superioridad vinculada a los privilegios de la clase política.

Si lo pienso, toda la violencia que veo en este ámbito tiene poco o ningún sentido. Al margen de nuestras ideologías, todos nos dedicamos a velar por nuestros intereses. Los que más tienen, protegen su estatus; los que menos, anhelan tener más.  No hay nada extraño en ello. El problema surge de un contexto en el que dos ideologías tan polarizadas no encuentran un punto en el que entenderse. Ese punto se llama  bien común. Para nutrir este punto de encuentro en el que se construye, en el que no hace falta hacer uso de la violencia, en el que convivimos en armonía y nos relacionamos con amor, los cuatro jinetes del apocalipsis se han de desterrar de nuestra sociedad. Además creo que una fuente de consenso siempre  es el propio comportamiento. Cuanta más sintonía exista entre lo que pienso y lo que hago, mayor grado de credibilidad tendrá mi discurso. Predicar con el ejemplo siempre es la mejor herramienta.

Hay quien dirá que es una utopía. Creo que es nuestra evolución natural. Es difícil. Como lo es tener una relación sana con una madre, con un hermano, con un amigo, con un jefe, con un colega de trabajo, con una pareja, con un desconocido, y sobre todo, con uno mismo.

Creo que en una sociedad construida sobre ilusiones, sobre cuentos de príncipes y princesas, sobre finales felices de película que suelen ahorrarse el esfuerzo que conlleva que las cosas ocurran, se ha olvidado que la dificultad precisamente es lo que nos hace crecer. A mayor dificultad, mayor recompensa.

Oigo constantemente “si, pero es muy difícil”. El “pero” anula la potencialidad de la premisa anterior. Dejémonos de peros. Dejémosnos de excusas. Si no, estaremos asumiendo la dificultad como un elemento disuasorio, a pesar de la importancia que pueda tener el cambio. Me he dado cuenta de que la complicación que entraña transformarse, tiene que ver en gran medida con la actitud que tengo hacia el cambio.  Si mi determinación es clara, en mi cabeza se generan una serie de cambios hormonales y fisiológicos que facilitan mi proceso de aprendizaje. M. Scott Peck decía que la pereza es el pecado original en el hombre. No puedo estar más de acuerdo.

Para mí la confianza en un premio como el de vivir en una sociedad sana y basada en el amor es suficiente como para comprometerme a ser un poco mejor cada día. Sin prisa. Sin pausa..

Psicología Positiva I

Para entender qué es la psicología positiva, es necesario revisar sus orígenes. Se trata de una  rama de la psicología humanista o “tercera fuerza”,  una vertiente de la psicología que surgió en los años 60 a modo de reacción a las disciplinas o “fuerzas” predominantes al principio del siglo XX: el conductismo y el psicoálisis.

La primera fuerza, o conductismo (behaviorism), es una disciplina de origen en el principio del siglo XX que comprende al hombre como un conjunto de comportamientos. Asume que nuestro “motor” interno se fundamenta en el castigo y la recompensa. Según esta disciplina estamos sujetos a una serie de fuerzas que nos incitan a comportarnos de una forma u otra. Sus principales representantes son Skinner, Watson y Thorndike.

La segundo fuerza es el llamado psicoanálisis. Se trata de una práctica terapéutica fundada por el neurólogo austríaco Sigmund Freud alrededor de 1896. La principal premisa es que nuestro comportamiento es una respuesta directa a los procesos del subconsciente. Por tanto “ataca” a nuestro malestar emocional por medio de la comprensión e interpretación de este pilar cognitivo. La hipótesis se fundamenta en que desgranar nuestros mecanismos de defensa, nuestros instintos biológicos, nuestras neurosis, y en general el compendio de “fuerzas oscuras” que operan a nivel subconsciente, nos ayudará a tener más capacidad para enfrentarnos a la vida. Esta práctica se transformó y evolucionó en gran medida a los largo del siglo XX con Jung y Adler como máximos exponentes.

En ambas aproximaciones se entiende que  somos en cierta medida unas “víctimas” de nuestro contexto. Para muchos faltaba una vertiente donde se pudiera presuponer el concepto de libertad en el hombre.  Por otro lado,  considerar la posibilidad de que junto a la  mente, fuésemos también un “espíritu”. De alguna manera creo que se intentaba dar algo de dignidad a lo que somos.

La psicología humanista se vincula en gran medida al estudio del bienestar, el optimismo, la amabilidad, la moralidad, la virtud, el amor, las relaciones, la empatía o la autoactualización.

El problema: la falta de rigor a la hora de aplicar el método científico al analizar tales cuestiones.

Se trataba de ideas evidentemente interesantes,  pero sin rigor académico. Y ya sabemos que sin rigor epistemológico la ciencia rápido pierde el interés y pronto el estudio de esta disciplina se quedó fuera de las universidades. La psicología humanista se transformó poco a poco en el movimiento de la autoayuda que evidentemente ha tenido un tremendo calado en el pasado siglo.

Pero muy pronto, y a modo de evolución natural de la psicología humanista, se sentarían las bases intelectuales de la disciplina psicológica que nos ocupa.

Se puede decir que Abraham Maslow, Karen Horney y Aaron Antonovsky fueron los abuelos de la psicología positiva.

En 1954, Abraham Maslow, en aquel entonces Presidente de la Asociación Americana de Psicología, publicó el artículo “Hacia una psicología positiva”. En el escrito se ponía en evidencia la necesidad de promover el estudio de la amabilidad, la bondad, la felicidad y el optimismo, haciendo uso de una metodología más riguroso.

Karen Horney, que había dedicado su vida a tratar a pacientes por medio del psicoanálisis, sentía que este enfoque para tratar a sus paciente era ciertamente negativo. Ayudar únicamente por medio de la comprensión de las neurosis y las psicosis en los enfermos ya no era suficiente. Por tanto dedicó el resto de su vida a estudiar qué funciona en el hombre sano.

Por último, Aaron Antonovsky, profesor de medicina sociológica, introdujo un término que cambiaría en gran medida el paradigma de la medicina contemporánea: salutogénesis (saluto: salud – génesis- origen)

¿Qué pasaría si en lugar de centrarnos en las enfermedad nos centrásemos en la salud? Este concepto no solo se reducía al ámbito de la psique, sino que traza una nueva línea de trabajo en lo relativo a la bienestar físico por medio del estudio de la medicina preventiva.

Si estos tres profesionales fueron decisivos en el nacimiento de esta disciplina, la psicología positiva tiene un padre indiscutible: Martin Seligman.

En 1998 fué elegido Presidente de la Asociación Americana de Psicología. Delimitó dos líneas de trabajo para su mandato: la primera era el trabajo para generar accesibilidad al conocimiento de la ciencia de la piscología. La segunda era la introducción y dinamización de la psicología positiva.

A partir de este momento ya no solo se estudiaría la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia o la neurosis. También se estudiarían los hábitos que funcionan. Se crearía a partir de entonces una red de estudiantes concentrados en comprender el amor, las relaciones, la autoestima, la motivación, la resilencia y el bienestar, por medio del método científico.

 David Myers comparó  el número de estudios vinculados a la psicología entre el año 1960 al  2000.  Enumeró  5.000 estudios sobre la ira, 41.000 en relación a la ansiedad, y unos 50.000 vinculados a la depresión. Frente a estas cifras, pudo observar que  únicamente se habían realizado  415 sobre la alegría, 2.000 en lo relativo a la  felicidad y 2.500  estudios sobre la satisficación. Los datos mostraron una contundente estadística de 21 a 1 en relación a estudios que se centraban en la enfermedad e investigaciones enfocadas en la salud. La comunidad científica estaba concentrada por tanto en lo que no funciona.

Sin embargo hoy en día se puede hablar de una pandemia global de depresión. Las cifras  indican que se ha multiplicado por 20 desde 1890. Puede que en gran parte esta cifra tenga que ver con que hoy en día se controla y se diagnostica en mayor número. Lo que no deja lugar a dudas es el incremento contundente de los casos de suicidio en todo el planeta en el siglo XX. Más de un millón de personas se quitan la vida al año, y se prevé que en 2020 esta cifra llegue al millón y medio.

Las cifras hablan por si mismas. Nadie dice que no sea importante estudiar la enfermedad, pero sinceramente creo que equiparar el número  de estudios vinculados a la salud tiene todo el sentido.  Como apuntaba Seligman,  a una persona que esta sufriendo emocionalmente, no solo debe bastarnos con repararla. Nuestra responsabilidad además debe ser construir las bases que le permitan ser feliz.

Seguiré hablando de esta disciplina en próximas entradas, pero me gustaría acabar este artículo con algunos pensamientos.

El primero sobre el que me gustaría reflexionar es sobre nuestra tremenda torpeza. Hemos tardado 130.000 años en darnos cuenta de la importancia en analizar  los hábitos físicos y emociones de las personas sanas.

A veces me pregunto si es que existe una inercia genética y biológica hacia el pesimismo por alguna razón. Quizá el haber estado expuesto miles de años una tremenda violencia física y una gran hostilidad en lo relativo a la superviviencia, nos condiciona en este sentido. La realidad es que somos ineptos, cerrados, obtusos, negados, incompetentes, nulos, inútiles, cerriles, unos zotes, unos zopencos, vamos un desastre. 

En cualquier caso soy optimista. Hemos tardado, pero estamos llegando a sitios muy interesantes. Solo espero que nuestro egoísmo no siga siendo el mayor freno en nuestra evolución intelectual y espiritual.

¿Qué hay de una economía positiva, una educación positiva,un gobierno positivo? ¿Y una sociedad positiva? ¿No sería posible generalizar los modelos de gestión que mejor funcionan en el planeta? Habrá quien piense que culturalmente somos muy diferentes y que esta idea nos es posible. Más ego. Más separación. Más violencia. Si algo he aprendido en los últimos años es que tenemos mucho más en común de lo que imaginamos..

Mente ≠ Espítiru

Recientemente me he dado cuenta de la diferencia entre saber y comprender. Creo que saber tiene que ver con ser consciente de algo que antes desconocía. Comprender sin embargo para mi implica una respuesta ante esta toma de consciencia.  Se trata de una transformación necesaria para ser coherente con el nuevo conocimiento que he adquirido.

En los últimos meses he comprendido varias cosas que ya sabía. La más reciente tiene que ver con la diferencia entre el mundo espiritual y el mundo emocional.

Las emociones tienen que ver con procesos tanto conscientes, como inconscientes. Los pensamientos son el origen de toda emoción. A su vez estos se articulan a través de nuestras base de creencias. Estas se vertebran a través de varios componentes. Entre ellos: lo que hemos visto y hemos oído repetidamente a lo largo de nuestro infancia y desarrollo (con especial relevancia del comportamiento de nuestros padres, entre ellos, y con nosotros), los acontecimientos de intensa carga emocional en nuestro vida (situaciones traumáticas, muertes, enfermedades, comportamientos violentos etc…) y por último la carga genética que heredamos. En lo relativo a este último aspecto, la ciencia no tiene muy claro hasta qué punto la carga genética condiciona nuestra base de creencias. Hay quien opina que es un 5%, otros un 50 %. Personalmente creo que no tiene mucho sentido delimitar hasta que punto nos condiciona este aspecto. Creo que la genética es una aspecto relevante, ya que considero posible que a nivel celular se puede transferir una inercia hormonal que proviene de sentimientos cronificados en nuestros antecesores.

A diferencia de las emociones, la espiritualidad poco o más bien nada tiene que ver con los procesos cognitivos. Desde mi punto de vista tiene que ver con una aproximación a una verdad no filtrada por la mente. Se trata de un proceso de integración con el concepto de unidad.

Por tanto el entrenamiento emocional, y el entrenamiento espiritual, no son lo mismo. Los dos suponen un proceso evolutivo, cada uno en distintos aspectos. Además son totalmente complementarios y creo que el uno sin el otro tienen poco sentido.

En este sentido experimento una tremenda gratitud al ser consciente de una limitación enorme que he tenido a la hora de comprender  la realidad. Me he dado cuenta de que me he pasado la vida tratando de explicar a través de la mente. Cuando pienso, pienso “acerca de”, es decir, fragmento una entidad y elijo uno de sus aspectos para dar sentido al conjunto. Cuando pienso acerca de alguien o de algo, pienso en algún aspecto específico de ese algo o de ese alguien. Puedo seleccionar un rasgo de su carácter, como su intolerancia o su sentido del humor, su sentido estético, su torpeza. La revelación ha sido ser consciente que no se puede comprender nada a través de la fragmentación de sus partes, ya que la totalidad de las mismas es básicamente infinita. Por tanto es del todo ingenuo aproximarse a la comprensión de una entidad extrapolando la interpretación de uno de sus fragmentos a su totalidad.

Y es aquí donde aparece una palabra clave: interpretación. Nuestra verdad no es más que una interpretación de ese fragmento filtrada por nuestra base de creencias. Hacemos juicios en base a interpretaciones subjetivas, lo que no tiene ningún tipo de rigor.

¿Para qué sirven los juicios? Creo que los utilizamos para validar nuestras creencias.  En este sentido podemos realizar dos clasificaciones básicas en lo que a perfiles psicológicos se refiere: los que tienen una tendencia a la neurosis, y los que la  tienen a los trastornos de personalidad. El neurótico generalmente se siente responsable de todo lo “malo” que acontece en su vida. Se castiga y se siente culpable de su dolor. Las personas con trastornos de la personalidad sin embargo suelen responsabilizar al resto de personas o circunstancias de su sufrimiento. Esta aproximación es más propia de complejos narcisistas. En cualquier caso  ambos son manifestaciones de una falta de amor y expresiones de separación y desconexión.

Esta actitud vital no se produce en términos absolutos, y es posible la convivencia entre ambas predisposiciones, pero generalmente una de ellas prevalece en términos generales.

 El neurótico por tanto, va a hacer juicios que le sitúen en condición de inferioridad sobre el resto de personas con objeto de autoafirmar sus creencias. Las personas con trastornos de la personalidad a diferencia de los neuróticos, van a tener una tendencias a realizar juicios que potencien su valía a través de las descalificación y la condición de inferioridad de las personas que se crucen.

En ambos casos detrás de estas conductas no hay más que una falta de amor propio y una dificultad para aceptarse a uno mismo.

En contraposición a todo lo anterior, el entrenamiento de la “no mente”, supone experimentar la vida sin necesidad de un constante juicio de la realidad. Si “apagamos” la mente, y experimentamos la vida sin necesidad de interpretar, nos conectamos a un estado de consciencia donde no es relevante validar nuestras creencias, y nuestra individualidad para a una segundo plano. Entrenar esta capacidad abre un espacio donde experimentar el concepto de unidad. Un plano donde no es necesario separarme del prójimo para validar mi identidad.

Si estamos equipados de una mente, es que la mente tiene sentido. No quiero que se malinterpreten mis palabras. El pensamiento ocupa un lugar esencial en lo que somos, pero personalmente elijo que no sea mi única fuente de comprensión dadas las limitaciones mencionadas anteriormente. La virtud será por tanto encontrar el equilibrio entre el tiempo que ocupa la mente y la no mente,  lo emocional y  lo espiritual en nuestras vidas..

Mi revolución I

Me gusta el concepto de acupuntura. La idea de extrapolar este método a otros contextos no es mía. Hace ya muchos años un gran amigo me prestó el magnífico libro Acunpuntura Urbana del genial arquitecto Jaime Lerner. A partir de entonces creo que este pensamiento me ha perseguido. Se basa en el mismo principio por el cual cambios en lugares muy específicos, generan una inercia que transforma y equilibra el conjunto.

En este espacio voy a compartir mis impresiones en lo relativo a algunos posibles pequeños cambios que quizá podrían generar una inercia hacia un mundo más equilibrado.

Sin duda creo que el mayor cambio se produciría al transformarnos a nivel individual. Tomar consciencia y ser responsables de nosotros mismos para mi tiene el mayor potencial de transformación que existe. Cada uno de nosotros somos un poderoso punto energético que se integra en el conjunto de la sociedad. Por esto he decido empezar este espacio hablando de mi transformación personal.

El papel en blanco impone. Más si cabe cuando se ha de ordenar y resumir un proceso que ha supuesto una auténtica revolución interior. Si me paro a pensar, el principio de este camino se gesta en gran medida en mi anterior relación. Ella me contagió el amor por la psicología. De esto hace ya unos 4 años. He dejado de creer en la casualidad. Todo es causalidad.

A partir de entonces mi interés en este campo no ha dejado de crecer. En especial por la psicología positiva. No voy a profundizar mucho en este aspecto, ya que muy probablemente lo haré en un futuro. Simplemente diré que ha sido una fuente de inspiración relevante a la hora de adquirir hábitos que han incrementado mi nivel de bienestar.

Dada mi inclinación por la psicología, y gracias a un gran amigo, me sedujo la idea de asistir a una de las reuniones de  Codependientes Anónimos. Se trata de una fraternidad de mujeres y hombres cuyo objetivo es tener relaciones sanas con ellos mismos y con los demás: un entrenamiento emocional y espiritual que nos libera de la necesidad de utilizar a otros como nuestra fuente de identidad y aprobación.

Me pareció especialmente interesante que la metodología de trabajo de los 12 pasos la compartan cientos de miles de personas en el planeta en un sinfín de fraternidades  (Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos, Comedores Compulsivos Anónimos, Sexo Adictos Anónimos…). Mi ánimo por tanto era comprender porqué este sistema era capaz de ser una fuente de recuperación común y, saber qué verdad escondía, me producía una enorme curiosidad que se tradujo en la asistencia a mi primera reunión.

No podía imaginar que ese sería el comienzo de un viaje donde iba se iba a gestar una auténtica toma de consciencia sobre mi persona, y un análisis de los comportamientos que tenía para conmigo, y hacia los demás.

Las palabras son poderosas. En mi caso, la verbalización de algunas de las experiencias de los miembros de CODA han encendido una luz interior que ha iluminado un aspecto de mi mismo del que no era consciente. Y no hay vuelta atrás.

Además del trabajo de los 12 pasos, en CODA el cultivo personal se realiza a través de la asistencia de reuniones donde los miembros comparten en primera persona su proceso de análisis interior. El resto de miembros escucha sin que haya ningún tipo de respuesta ni juicio a la persona que comparte. Esto crea un espacio seguro, una atmósfera de aprobación, apoyo, respeto y amor, que no deja indiferente. Escuchar sin que haya nada que decir es una auténtica liberación tanto para el que habla, como para el que escucha, y toda una forma de terapia en sí mismo. Gracias a ello me ha dado cuenta de que al margen de nuestra procedencia, sexo, profesión etc… todas las personas sufrimos generalmente por cosas muy semejantes.

Hablar de mis fantasmas y expresar mis limitaciones en un entorno seguro,  transforma mis preocupaciones en algo más pequeño, menos avergonzante.  Hay un dicho que escuché hace poco: “La luz no conoce la sombra”. Compartir ilumina mis problemas y los empequeñece,  ocultar mis miedos los magnifica.

Y aquí está una de las claves que me ha aportado el proceso: soy lo que alimento. Esto es un compromiso de toma de consciencia donde apago el automático y analizo qué me estoy dando, y qué estoy dando a los demás. En mi comportamiento reside la verdadera visión que tengo de mi. ¿Dónde decido poner mi tiempo y mi energía?¿Por qué?¿Para qué?

No es tarea fácil. No se puede apagar el automático de golpe. Tengo una inercia física, química y psíquica que se ha consolidado a lo largo de mi vida. Este es un proceso al que he de enfrentarme con paciencia, mucha compasión y comprensión.

Otro aspecto que  forma parte de este viaje, es definir y acotar el significado de palabras en cuya dimensión en ocasiones no había reparado: el amor, la felicidad, la alegría, la compasión, la gratitud, dios, sufrimiento, dolor, el ego…

“¿Qué es amar Javi?” No hace mucho una buena amiga me hizo esta pregunta poniendo en evidencia que nunca me había planteado algo tan importante. Había mucha confusión en una terminología que es clave en mi bienestar. Creo que en cierta medida es el primer paso a la hora de hacerme responsable de mi mismo. 

Este es también un proceso de contemplación. Es una proceso en el que se para de mirar hacia a otro lado cuando las sensaciones de angustia, ansiedad, vacío, soledad y tristeza llegan a mi vida. Es un proceso en el que deja de tener sentido escapar de esos sentimientos a través cualquier tipo de adicción o desconexión, ya que empiezo a ser consciente de que no hay nada que temer, y que huir solo me aleja de comprender y paliar esta sensación de vacío. Trabajo en no rechazar ninguna emoción, y las experimento como parte inherente del proceso de despertar interior. Dejo de catalogarlas y amplificarlas por medio de procesos mentales. Vivo cada emoción como una pista hacia un autoconocimiento. Las empiezo a entender como oportunidades de crecimiento.

Creo que este tipo de sensaciones  tiene que ver en gran medida con la angustia que me produce no saber si las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida han sido o no han sido acertadas. Tiene que ver con la ansiedad que me genera pensar que no soy lo suficiente, que no he hecho lo suficiente, que no he sacado todo el jugo a una vida que se me escapa entre las manos.

Aparento saber quién soy y qué quiero. En lo más profundo de  mi corazón soy muy consciente de esta ilusión y la realidad es que en la mayor parte de las ocasiones no tengo ni la menor idea de porqué ni para qué estoy aquí.

Dadas estas circunstancias y que me incomoda esta realidad, generalmente decido delegar mi poder para definir mi identididad y lo deposito en otras personas u otras cosas (bienes materiales, adicciones emocionales o químicas…).

De este fenómeno se deriva el tremendo éxito por ejemplo de las religiones, de los medios de comunicación o de los sistemas de propaganda publicitaria. De golpe y plumazo se me exime del doloroso proceso que conlleva decidir. Una opción anula el resto. ¿Será la correcta? ¿Será la buena?

Precisamente aquí está en gran medida la raíz del problema: la individualidad (o lo que es lo mismo la indivisible dualidad). Aquí empieza mi proceso de división. Aquí empieza mi violencia. El origen de mi conflicto reside en gran medida en este proceso de separación. Cuando nací, me “separaron” de mi madre. A partir de ese momento se empieza a construir la ilusión de separación e independencia. A los pocos meses se empezó a forjar mi identidad.

La física cuántica ha demostrado una serie de eventos que validan precisamente lo que algunas tradiciones ancestrales como el hinduismo llevan apuntando desde hace millones de años: somos uno. Los físicos lo llaman el campo unificado. Me encanta el término. “Campo” me evoca naturaleza, y “unificado” el nexo de todo. Dentro del mundo de posibilidades nuestro consciente colectivo materializa una realidad específica.

Si en mi consciencia dejo de una lado la ilusión de separación y trabajo en la comprensión de la unidad, la dualidad dejar de tener sentido. Ya nada es bueno ni malo. Ya nada es correcto e incorrecto. Todo es armonía. Todo es perfección. Todo es amor. Todo simplemente es. 

Para comulgar con esta visión no niego que hace falta sentir una gran dosis de confianza. En esta visión de la realidad absolutamente todo tiene un propósito, todo es una oportunidad que me acercar a un nivel de consciencia de unicidad y  amor.

Quizá sea un buen momento para definir cómo entiendo el amor. Para mi es un deseo de prosperidad, un apoyo y una aceptación incondicional fuera de todo juicio donde no hay espacio para el control, ni para el apego. Es un impulso de unión.

En el individuo hay siempre una duda vinculada a la dualidad. En la unidad no hay duda. En el individuo hay imperfección, la unión solo puede ser perfecta.

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